Cuando parece que todos los recovecos de la originalidad han sido inundados por la creatividad humana, siempre aparece alguien dispuesto a girarnos la mirada hacia una esquina de la música que ni siquiera sabíamos que existía. Calva Louise parece haber surgido para recordarnos que no todo está inventado, que no todo lo que sabemos que existe es todo lo que existe. Por eso es una banda diferente la defensa de cuyas canciones en directo por primera vez en salas de nuestro país había que presenciar. Y no defraudaron.
Varias semanas antes del concierto en Madrid, último de un periplo de tres, se había colgado el cartel de entradas, y en el día de los muertos la sala Mon se llenó de vida y altas dosis de energía que empezaron a repartir con soberbia eficacia los madrileños Sons of Steel, una banda que enfoca el heavy metal desde un prisma moderno sin perder de vista los cimientos clásicos del género.

No favoreció a su comienzo la ecualización de la sala, con la voz excesivamente reverberada tapando los instrumentos, pero la tremenda pericia de todos los músicos en escena y una progresiva mejora de la nitidez desembocó en un concierto excepcional en el que sobresalieron las afiladas guitarras de Raúl de Marcos y Edu Zeballos, que, trepando la una sobre la otra en formidables pasajes doblados y solos de mucha altura, fijaron nuestra atención y abrillantaron canciones como “R.I.P.” o “Toxin”, el recién estrenado primer single de su esperado segundo disco.
Cuando estábamos metidos de lleno en una propuesta sin fisuras y en perfecta sintonía con Tommy The Gun, metidísimo en todo momento en el show, y compañía, el final sobrevino inesperadamente y demasiado temprano de la mano de la enorme “Call to Arms”, dejándonos con ganas de mucho más. Tendremos la oportunidad de resarcirnos cuando presenten ese próximo álbum que bien podría ser el resorte definitivo que les catapulte al protagonismo que merecen en la escena estatal.


Tras una espera aliñada con temas de Linkin Park y ante un local a rebosar en el que la expectación de los asistentes casi se podía respirar, Calva Louise irrumpió para hacer hervir el aire con “Tunnel Vision”, sucedida de la agitadísima “W.T.F.”, en la que el sobresalto y la cadencia tensa y penetrante conviven en inédita armonía.
Para entonces, ya estábamos alucinando de que la carismática e imperial guitarrista y vocalista del grupo afincado en el norte de Inglaterra, la venezolana Jess Allanic, preservase con soberbia facilidad la inverosímil versatilidad de su garganta. Cuando tenía que cantar delicado, acariciaba las melodías; cuando tenía que enfatizar, las arañaba con precisión de cirujano, y cuando tenía que demoler todo a la redonda con sus devastadoras voces guturales, se transformaba en una visceral fuerza de la naturaleza que abrasaba con aplomo y una consistencia que no muchos vocalistas de metal extremo alcanzan en vivo.

Además, Jess compatibilizaba la única guitarra en escena, ejecutada con firmeza y seguridad, con el teclado, que desplazaba hacia y desde ella según el momento aprovechando la plataforma rodante sobre la que se situaba. Haciendo proselitismo de su procedencia venezolana, agradeció con calidez y cercanía la presencia de todos y acometió “El umbral”, sucedida por “Over the Threshold” y la envolvente y absorbente “Under the Skin”, en la que el teclado aporta color, belleza y evocación, y el sensacional desempeño del bajista francés Alizon Taho y el batería neozelandés Ben Parker son garantía de que sus salvajes sacudidas rítmicas son reproducidas con precisión y poderío.
Aunque el repertorio no fue demasiado largo, el concierto dio para mucho, incluso para presentar el tráiler de un cortometraje que pronto estrenarán y que pone de relieve la multidisciplinariedad de una banda que no se aburre ningún día de su vida. Se proyectó en las pantallas que conformaban la decoración del escenario, elaborada, según la propia Jess, de forma artesanal por Alizon, a base de martillo y madera. Menudo artista.

La frontwoman también se mostró muy cercana, confesando que se sienten muy afortunados de vivir lo que estaban viviendo aquella noche mágica y con menciones especiales a familiares suyos presentes en la sala, entre ellos sus padres y unos primos a quienes no había vuelto a ver desde que salió de Venezuela. Además, nos contó que un neumático les reventó camino a Madrid en plena autopista, pero la pericia del conductor evitó males mayores y, tras arreglar el entuerto, pudieron continuar apenas veinte minutos después. Menos mal. “Nunca hemos suspendido un concierto, y mucho menos este”, proclamó Jess entre gritos de “arepa power”.
Volviendo al plano musical, “La promesa”, el recientemente estrenado primer single del que, ya en 2027, será su quinta placa de estudio, fue recibida con fervor por la audiencia, demostrando que se encuentran en plena cresta de la ola y que su receta, propia e intransferible, da para muchísimo más. “Con corazón” fue, acto seguido, de las más coreadas, demostrando que el idioma es un acicate y sus temas en el idioma de Cervantes suman puntos en nuestras latitudes.


La montaña rusa de Calva Louise siguió circulando sobre los raíles de un entusiasmo colectivo desmedido propulsada por “Hate in Me” e “Impeccable”, aunque el apogeo absoluto del show llegó con dos de sus temas más exitosos, uno en español y otro en inglés. El primero de ellos fue “Lo que vale”, con ese metal alternativo infiltrado tanto de post-hardcore como de elementos del folclore venezolano, y ese estribillo para dejarse la voz: “Dime a dónde voy, dime a dónde voy…” Íbamos directos al delirio colectivo, y en él nos instalamos de la mano de “Aimless”, su himno definitivo, un derroche de intensidad, adrenalina y, sobre todo, desahogo.
Fue “Oportunista” el tema que emplearon para dar carpetazo a un show de muchos kilates por parte de una banda a la que salas así se le quedan pequeñas incluso en su primera visita a una ciudad. Calva Louise está en plena efervescencia y es cuestión de tiempo que jueguen en la liga de Jinjer, Spiritbox o In This Moment.


Empecé a respirar rock desde niño, mi primer programa de radio lo hice con quince años y a los dieciséis monté una web. Comencé a escribir en MariskalRock, La Heavy y Kerrang en 2006, y en 2008 di el pistoletazo de salida a El Drakkar en MariskalRock Radio, que años después se transformaría en La Hora Argonauta. También presento festivales y pongo musiquita en sitios.
Mi vida está en Madrid, pero parte de mi corazón está en Castrocalbón (León) y en Oslo (Noruega).
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