Debería tener bastante mérito lograr conectar con un público en un idioma que la mayoría no conoce ni de refilón. Tal es la grandeza de la música con mayúsculas, aunar almas con un objetivo común, incluso aunque este sea el de trascender a un plano superior. No muchos conciertos ofrecen la experiencia de elevarse del suelo y dejar que los problemas y la asfixiante cotidianeidad se queden flotando por debajo.
La psicodelia que proponen los holandeses de ascendencia turca Altin Gün seguramente resulte tan marciana a cualquiera que se acerque a ella por primera vez, pues rescatan piezas de músicos a los que sería complicado escuchar fuera de su país de origen. Pero a la larga tradición del rock anatolio, que se remonta a la década de los sesenta, habría que añadir que cada vez más bandas procedentes de dicho lugar empiezan a acaparar la atención. En este sentido, nos acordamos del fenómeno gótico de She Past Away o el par de hermanas de Hipersona, a las que hemos podido ver ya en dos ocasiones en el festival Rebellion.
Que el concierto fuera en la sala grande del bilbaíno Kafe Antzokia nos dio a entender que se esperaba una multitud considerable más allá de cuatro freaks empapados de psicodelia. No imaginábamos que el recinto se llenaría de una mayoría femenina con tendencia bailonga, sobre todo por las primeras filas, que proporcionaría un ambientazo impresionante para una noche entre semana. Su aproximación al synth pop y a los ritmos de discoteca sin duda les ha abierto un nicho mucho más aperturista que los límites intrínsecos de su lisérgico género.
Altin Gün
Encontrarse con un escenario lleno de instrumentos y cachivaches varios anticipaba que el show de Altin Gün sería uno de esos de quedarse ojiplático a nivel instrumental, pues no todos los días observamos a un vocalista tan multifunción como Erdinç Ecevit Yıldız, con hasta tres filas de teclados y una especie de laúd turco o bağlama que pillaba de vez en cuando. Para meter en ambiente, las luces acompañaron al espectáculo y fueron de esas insufribles para fotógrafos, aunque si uno andaba un poco borracho o fumado, probablemente hasta disfrutaría dicho aspecto.
Comenzaron el tripi cósmico y anatolio con “Gönül Dağı”, una pieza procedente del bardo folclórico turco Neşet Ertaş, al igual que el resto de canciones que componen su último disco ‘Garip’, editado hace apenas un par de meses. Si en dicho lanzamiento tuvieron bastante ojo a la hora de escoger el repertorio de un tipo con una lista casi interminable de trabajos, en directo hicieron gala de un idéntico sentido del ritmo que hacía que en ningún momento se produjera una desconexión.
La gente movía la cabeza como si estuviera colocada en una comuna hippie y la verdad es que no parecía complicado entregarse a los aires espaciales de “Öldürme Beni”, que en ocasiones les emparentaba con la kinkidelia de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. “Leylim Ley” se aproximó todavía más al folklore turco, pero el puestazo se tornaba garantizado con una ejecución tan impecable, sin fisuras.
“¡Vamos, primos!”, les gritaron desde el fondo de la sala como si procedieran de una barriada tipo Las Tres Mil Viviendas. “Bir Sigara Iç Oğlan” demostró que también poseían una faceta guitarrera, a pesar de esa percusión que les aportaba un toque étnico que asociaríamos a la llamada world music. “Badi Sabah Olmadan” pisó todavía más el acelerador hasta acercarse a una especie de versión otomana de “L.A. Woman” de The Doors, pero bajo su peculiar perspectiva, por supuesto. Solo faltó que entonaran aquello de “Mr. Mojo Risin’”.
Con un estilo en apariencia tan libre en ciertos momentos, las coreografías que brotaban del respetable eran del mismo modo muy diversas, desde los que lo bailaban como si fuera flamenco hasta los que optaban por abandonarse a los exóticos ritmos como si fueran a entrar en trance. No se perdieron tampoco en las melodías extravagantes, pues de vez en cuando irrumpían elementos reconocibles por los melómanos, caso de ese inicio reminiscente del “Shine On You Crazy Diamond” de Pink Floyd de “Suçum Nedir”.
“Caney” proporcionó más material para que muchos se inventaran sus propias coreografías, al tiempo que la guitarra se abría paso sin dificultad entre la percusión y confirmara la naturaleza rockera de su propuesta. No había que esperar a que terminara una canción para que el personal valorara las muestras de talento, pues los aplausos estallaban a veces de manera espontánea. Fue vitoreado incluso un breve solo de batería.
Los gritos de “beste bat” fueron estruendosos antes de los bises, por lo que no tardaron en regresar con “Kırşehirin Gülleri”, con algunos extendiendo los brazos al comienzo. “Çiçekler Ekiliyor” reincidió en ese extenso catálogo de Neşet Ertaş que ellos trasladaban con tanta soltura hasta nuestros oídos. Y “Süpürgesi Yoncadan” apeló por la melodía de teclado a los queridos Rufus T. Firefly, sonidos de otra dimensión que teníamos en esta ocasión al alcance de la mano.
No cabe duda de que el directo era uno de los puntos fuertes de este combo internacional asentado en Ámsterdam con un estilo personal e intransferible, por mucho que picoteen bastante del folklore turco. Un tripi cósmico y anatolio que convierte sus conciertos en una puerta de entrada a otro mundo, otra cultura y otra perspectiva de las cosas. Las famosas puertas de la percepción de las que hablaba Aldous Huxley debían ser algo parecido a esto.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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