Hace unos 3 años conocí a La Piojera. Y el regusto que me dejaron con ‘Sin presión’ fue buenísima. Ahora regresan con ‘Mala yerba’; y siguen en la línea. Hay discos que piden permiso para entrar y otros que abren la puerta de una patada. El que nos traemos entre manos pertenece a los segundos, aunque con buenos modales: la patada llega con melodía, letra cuidada y la sonrisa de quien sabe lo que se trae entre manos.
Una calabaza con cara de pocos amigos, un corazón latiendo en mitad del barro y una portada que huele a cuento de terror de feria. Ya sé que a los discos no se les juzga por la cubierta, pero esta avisa de algo: aquí hay carácter; sin perdón. Porque ‘Mala yerba’ es de esos trabajos que se ganan la simpatía antes de llegar al primer estribillo. No vienen a reinventar nada ni a esconder de dónde beben. Vienen a hacer canciones, a hacerlas bien y a hacerlas con todo. Y en tiempos de discos pensados para el algoritmo, tiene mérito.
Se nota la experiencia. No tantean el terreno: hay oficio, hay colmillo, y hay una voz que cuenta las cosas como quien se las juega, con ese punto rasgado que mejora cuanto más fuerte suena. Miki Aulló es el timón, y conduce con pulso firme tanto cuando la cosa va a toda velocidad como cuando toca frenar para mirar por la ventanilla. Arranca el disco y te encuentras con “Dados trucados”, que ya te dice por dónde va la noche: golpe seco, mala leche bien administrada y un estribillo que se te queda pegado, aunque no quieras. Sin respiro llega “Interrogantes”, otra de las que levantan el ánimo, con ese gusto por la pregunta incómoda. Y la que da nombre al álbum remata el trío con una actitud de “aquí estamos, y no nos vamos a mover”.
“El monte de la niebla” es de esas canciones que piden auriculares y luces apagadas: atmósfera, tensión, y esa sensación de caminar por un sitio que no conoces. Ojo, que cuando levantan el pie del acelerador, también molan. “Papel de seda” juega con la fragilidad sin volverse blanda, que es un equilibrio de los que se dicen pronto y se consiguen poco. Ahí es donde descubres que esta gente tiene recursos. Y luego está la parte emocional. A ver, que yo no soy de ponerme sentimental con una guitarra eléctrica de por medio, pero “Pequeño vikingo” me ha desmontado el discurso a la primera. Una letra honesta, sin postureo, de las que tocan. “Ángel Azul” le hace compañía desde un lugar parecido, con ese poso que solo tienen las canciones escritas por necesidad.
Mención especial para la producción de Iker Piedrafita que, si mal no recuerdo, repite. Suena grande sin hincharse, limpio sin perder la suciedad, y deja que cada tema respire. Es un sonido que invita a subir el volumen. A veces el mejor trabajo en un estudio es el que se nota lo necesario. Se han tirado muy hacia los Barri; en su LP previo volaban sobre derroteros más variopintos, pero aquí la voz, la producción (la de los Barricada noventeros…) y mucha parte de la propia composición, recuperan ese brío de una banda que seguimos echando de menos.
Lo que queda al final es la sensación de haber escuchado rock sin adornos, canciones con las que identificarse. Y aquí hay unas cuantas. Pónselo a quien lleve años diciendo que ya no se hacen discos como los de antes. Y luego no le dejes opinar.
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