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DOCTOR DESEO: "CABARET IMPOSIBLE"

25 mayo, 2010 11:51 am Publicado por  – Deja tus comentarios

Kafe Antzoki, Bilbao

Hay algo de singular en aquellos lugares de colores llamativos donde uno entra y se encuentra, sin pretenderlo, con improvisados conciertos o jam sessions que se alargan durante horas. La tradición del llamado café cantante iniciada en los albores del siglo XIX y que llega de forma difuminada hasta nuestros días e incluso a veces se entremezcla con el ambiente gótico de algunas ciudades. Establecimientos en los que lo mismo se incluye música a pelo y espontánea como espectáculos de burlesque u otras artes escénicas.

Ese mismo espíritu bohemio y noctívago preside gran parte de la trayectoria de los bilbaínos Doctor Deseo, banda inclasificable ya desde sus comienzos en plena efervescencia del rock radical vasco. Por aquel entonces no les contrataban en gaztetxes por ser ‘políticamente incorrectos’ y ‘demasiado amariconados’, en sus propias palabras. Posteriormente, el rock siniestro de los inicios se fue abriendo hacia el flamenco, jazz o los aires orientales de su último trabajo ‘Cartografía imposible’, pero no han perdido un ápice de ese carácter provocador indisoluble a sus principios fundacionales.

Puede que los más estrechos de mente los consideren ajenos al rollo, aunque hayan teloneado a Extremoduro (quizás por su matiz urbano) y su estilo para nada admitiría la calificación de tranquilo. Por eso la multitud que colgó el cartel de entradas agotadas durante dos noches seguidas no se formaba de un único bloque homogéneo, sino que la componían rockeros, ‘borrokillas’ (por los temas en euskera), familias con hijos, y chicas, muchas chicas, algunas ni siquiera habrían nacido cuando empezaran su carrera los bilbaínos a principios de los 80.

El escenario, con pantallas en el centro y en los laterales, así como una cuerda que bajaba desde el primer piso, presagiaba un evento espectacular, a pesar de la limitada capacidad del Kafe Antzoki. Y así, tras una intro oscura cual trozo de carbón digna de cualquier megaestrella internacional, la velada arrancaba con el ambiente psicodélico de “Hambre y sed...de ti” y el rock aflamencado de “Destrozos, Promesas y arrepentimientos”.

El centro de atención recae de inmediato sobre el ambiguo Francis, vestido para escandalizar de negro y rojo, con liga de cabaretera, ojos y labios pintados y hasta un lunar en la mejilla. Cualquiera que no lo haya visto en directo, ni siquiera se acercaría a imaginar lo que supone contemplar de cerca a semejante torbellino de pasión, que busca constantemente el contacto con el público para recitarle las letras al oído en sus frecuentes paseos o que incluso no duda en marcarse bailoteos con las tías que encuentra a su paso. A una la enganchó con unas esposas y se la llevó secuestrada al escenario para marcarse unos movimientos la mar de sugerentes y que sería complicado relatar.

Al igual que en los espectáculos de variedades de antaño, la cosa no se queda simplemente en la música, interpretada con convicción y un sentimiento casi hasta estremecer, sino que las proyecciones acompañan los diferentes cambios de registro del recital. Se pasa en un momento de la discoteca de “Dancing In Hell” y la siniestra “La Química Precisa”, que podría sonar en un garito gótico después de Depeche Mode, al tono rockero de “Fugitivos del Paraíso” o el vals cabaretero de “Que amanece de nuevo”, sin olvidarse de la poesía callejera de entrepierna que Francis declama en cuanto la ocasión lo pide. Por ejemplo, en “Antes de que me salve el olvido” habló de la terapéutica necesidad de pasar página y de “un olvido que no significa borrar del disco duro, sino recordar sin ira, con ternura”.

Y otra pieza clave en la música de Doctor Deseo es el mundo de la noche y los personajes que uno se topa a partir de cierta hora, imposible de comprender para aquellos que nunca hayan experimentado la sensación de volver a casa a eso de las 6 de la mañana con la tripa revuelta y la boca reseca. Entre esas criaturas no desentonaría el travesti de “A mi Pequeña María”, parte junto a putas y yonkis de la fauna habitual de las canciones de los bilbaínos.

Tras un extenso repertorio que incluyó temas de diversas épocas, con especial predominancia de ‘Cartografía imposible’, que era lo que venían a presentar, al fin y al cabo, se produjo el primer parón. El retorno fue por todo lo alto, literalmente, pues el líder Francis apareció encaramado de la cuerda que colgaba del techo y bajó de esta guisa hasta el escenario envuelto en boa de plumas y cantando “Lagrimas de Placer”. Ni Liza Minnelli.

En “Una Mujer Rota” se acordaron de las 29 víctimas de la violencia machista en lo que va de año que los ministerios inútiles parecen incapaces de frenar y no dejaron el tono sombrío en “Gotas de Dolor...Un Charco de Olvido”, con sus reminiscencias a los primeros Héroes del Silencio. Pasaban las dos horas y Francis seguía pegando tragos en copa de vino, antes de que su voz resonara con profundidad en “Suspira y Conspira” y se le desatara la vena poética con “La Hermandad de los Perros sin Dueño”. Y, por supuesto, tampoco iba a faltar su himno “Corazón de Tango”, el tema que les dio a conocer al gran público.
Un nuevo descanso preludiaba más sorpresas. El enigmático título “Deseo: Cartografía Imposible” evocó a los Marea en su vertiente sosegada y el colofón “De nuevo en tus brazos” sirvió para echar la persiana de la manera más digna posible: homenajeando al Bilbainismo y esa ciudad mítica pero también real que los vio nacer, esa urbe decadente y gris previa al ‘efecto Guggenheim’. “Nos moriremos cada noche de nuevo en tus brazos”, advirtieron y sellaron de esta manera su compromiso con la entregada parroquia local.
Se echaron de menos algunos clásicos como “La chica del batzoki” o “Tracy Lords”, pero después de un conciertazo de casi tres horas como mandan los cánones no es cuestión de quejarse. La sensación fue de haber contemplado a una banda con un nivel altísimo de profesionalidad, aunque no por ello exenta de cierta dosis de provocación. Todo un cabaret imposible en el que caben diferentes ambientes, declamaciones y hasta números acrobáticos con la cuerda como protagonista. Y encima acompañados de una puesta en escena realmente cuidada, ¿qué más se puede pedir?

Texto y fotos: ALFREDO VILLAESCUSA

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