Crónicas

Stravaganzza: El dulce regreso del sobrecogimiento

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Sala La Riviera, Madrid

Como un volcán dormido que termina por despertar, la banda de metal sinfónico capitaneada por Leo Jiménez y Pepe Herrero entró en erupción despidiendo las toneladas de calidad, poderío sonoro y pasión que habían estado macerando durante siete años de letargo que meses atrás llegaron al fin a su conclusión con el anuncio de su regreso.

Stravaganzza11Bien claro tenía Stravaganzza que su vuelta no podía ser una cualquiera, sabedores también que la popularidad del grupo ha crecido durante su ausencia mucho más que mientras estaba en activo y a la sombra de otros proyectos. Llegó el día, o al menos eso parece, del fin de la infravaloración de una banda titánica cuya obra, especialmente sus dos primeros compactos, fue tal vez adelantada a su tiempo y no había gozado hasta ahora del reconocimiento merecido. Stravaganzza casi llenó uno de los grandes templos de la música en vivo de Madrid, la Sala La Riviera, y exprimió el emplazamiento como pocos con un despliegue humano y artístico estratosférico.

Stravaganzza4Siete años de luz, siete años de oscuridad”, inauguraba su discurso una voz en off que, a modo de intro, proclamaba “el regreso de un sueño eterno que nunca fue tal, porque el fuego que arde en sus entrañas nunca se apagó”. Aparecieron entonces tres bailarinas para allanar el terreno con un espectáculo de danza no exento de cierto barroquismo y la voz en off sentenció: “Comienza el espectáculo”. Sobre el escenario, cinco coristas – con la enorme Beatriz Albert de Ebony Ark entre ellos –, cuatro violinistas, teclista, guitarrista de apoyo y los cuatro componentes de Stravaganzza: el bajista Patricio Babasasa, el batería Carlos Expósito, el guitarrista y teclista Pepe Herrero y ‘La Bestia’ de la voz, el incombustible Leo Jiménez, ataviado de negro con una capucha. Todo listo para que sonase “Dios”, enlazada con la sosegada y formidable “En soledad me lamento”, espeluznante con las cuerdas llevando sus melodías hasta lo más profundo de nuestras almas. En ella, el espectáculo de danza continuó con varias bailarinas portando cadenas y completando visualmente una joya en la que, como en el resto del show, nada, absolutamente nada, sonó disparado. Metal sinfónico, sí, pero todo lo que se escuchaba estaba siendo interpretado en vivo y en directo, sin trampa ni cartón.

Leo, siempre próximo y afable con la audiencia, dio las buenas noches y comentó que estábamos asistiendo “a la resurrección de un ave fénix” antes de señalar a todos los presentes y apostillar: “Somos Stravaganzza”. La emoción desbordó los poros de la piel y nos puso gallina de piel, que diría Johan Cruyff, cuando Stravaganzza nos sumergió en “Mi tempestad”, una de las piezas más mágicas y majestuosas de toda su discografía. Puro sentimiento, lirismo, oscuridad y desgarro. Increíble. Concluyó ahí la excesivamente escueta representación que el ‘Primer acto’, publicado en 2004, tuvo en un repertorio que avanzó cronológicamente a través de los cuatro álbumes del conjunto. Ese inolvidable debut merecía más, sin ninguna duda.

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“Estamos demostrando que con coraje sí se puedes, ¡podemos!”, arengó el siempre carismático y cercano Leo a las masas sin esquivar la doble intencionalidad de su mensaje, antes de que los violines y coros nos hicieran levitar mientras una única bailarina de blanco danzaba con exuberante expresividad. La melodía se tornó en la de “Esperanza” y la voz en off retornó para anunciarnos la llegada al ‘Segundo acto: Sentimientos’, otra barbaridad de disco lanzado allá por 2005. Fue precisamente “Esperanza” la pieza que escogieron para inaugurar esta fase del concierto, modificándola en algunas partes como la estrofa final.

El único tema de todo aquel álbum cuyo sentimiento no tiene connotaciones oscuras, “Pasión”, fue el siguiente en liza, y nos hizo volar con sus hermosas melodías y con una nueva exhibición de danza en la que cuatro bailarinas que representaban cuatro disciplinar artísticas diferentes bailaban o se quedaban estáticas como mimos dependiendo del pasaje de la canción. Las guitarras de Pepe Herrero no dejaron de embriagarnos con una emotividad sublime y una profundidad inusitada, y la voz de Leo Jiménez rendía muy bien, algo especialmente reseñable teniendo en cuenta que han transcurrido siete años y que las piezas de Stravaganzza son, con toda seguridad, las más difíciles de defender de la larga creación musical del de Fuenlabrada. “Leo, Leo”, coreaba la gente antes de que el aludido cambiase las tornas: “No, no. Stravaganzza, Stravaganzza”. El público coreó entonces el nombre de un proyecto mucho más coral.

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Paradójico resultaba escuchar un tema denominado “Desilusión” en la noche más ilusionante de la banda sobre el tablado, pero lo cierto es que nos hipnotizó con sus diferentes pasajes y su melodía final fue ampliamente celebrada. Uno de los momentos cumbre de la gala llegaría justo después, cuando la bestial y oscurísima “Dolor” nos sumió en las tinieblas y nos arrancó de cuajo el corazón. Si el riff hubiera sonado aún más poderoso – y eso que contaban con un segundo guitarrista de apoyo –  habría sido incluso mejor, pero la ejecución y el nivel de gloria en ella fue tal y que cualquier pega se antoja caprichosa. Y ojo, porque hablamos de una de las canciones más exigentes para Leo.

La audiencia coreaba el nombre de Pepe y este se sentó al piano para, en un momento de sosiego tras la tormenta – “Stravaganzza siempre ha sido de contrastes”, señaló con acierto el frontman – interpretar con finura la melodía de “Nostalgia”, pista escondida al final del disco ‘Segundo acto: Sentimientos’ tras un largo armónico de guitarra. Leo y Pepe, solo los dos, nos cautivaron en esta breve pero preciosa composición.

Como interludio entre el segundo y el tercer acto cayó una de las canciones más coreadas de la noche, la archiconocida versión del “Hijo de la luna”, original de Mecano, una rutilante adaptación con méritos más que de sobra para su éxito cosechado en la que bailarinas con atuendos flamencos ponían la guinda visual y un destello de luz en medio de la oscuridad, que se volvía a cernir sobre nosotros durante la introducción que dio paso a la fase del concierto del ‘Tercer acto: Requiem’. La voz en off expelía su discurso mientras varias fúnebres danzantes aparecían en escena vestidas de negro y con farolillos justo antes de que arrancase la coreadísima “Deja de llorar”, abanderada de aquel álbum lanzado en 2007 con una producción radicalmente diferente a la de su predecesor.

Estaban viviendo un sueño hecho realidad, y Leo lo puso de relieve una vez más: “Ni os imagináis la cantidad de noches que hemos soñado con ver a tanta gente cantando nuestras canciones”, señaló no sin emoción, antes de dedicar el siguiente tema a todos los que ya no están con nosotros y que hemos perdido en los últimos tiempos en el ámbito del rock y el metal, pero especialmente a uno: “A nuestro hermano Simón”. Hablaba, claro, de Big Simon (Simón Echeverría), el gran productor que falleció en 2006. Sonó entonces la fenomenal “Grande”, sucedida por la sugerente “Máscara de seducción”, en la que el protagonismo visual recayó sobre la performance de Natalia Barrios, artista de body painting.

Leo Jiménez no cesaba de animar al público y nos hizo gritar de lo lindo antes de ponerse más serio y volver a acordarse de Simón así como de todos los que se han quedado en el camino antes de la majestuosa, laberíntica y opresiva “Requiem”, en la que concurrieron bailarinas portando lápidas y los abrumadores coros nos aplastaron hasta trascender una suerte de dimensión paralela en todos nosotros. En uno de sus solos, irrumpieron varias danzantes de blanco en contraste con las que iban de riguroso luto, desplegando un espectáculo visual igualado en soberbia calidad al musical. Si te lo pensaste y decidiste no ir al concierto, yo en tu lugar rabiaría de envidia al leer estas líneas.

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Pepe Herrero se volvió a sentar frente al piano para trazar la melodía de otra breve y límpida pieza, “Inmortal”, que fue el preludio para una nueva introducción que promulgaba la llegada del ‘Cuarto acto: Raíces’, tal vez el más flojo de los esgrimidos hasta ahora. “Cuestión de fe” retumbó con Natalia Barrios de nuevo en escena y tras ella, Leo bromeó con el batería Carlos Expósito, que al parecer le estaba dando órdenes. Todo ello antes de dar paso al que, a su juicio, era el tema más bonito del disco, “Sin amar”, en la que las bailarinas irrumpieron esta vez haciendo girar unos paraguas y danzando elegantemente con ellos.

El momento más caótico del show llegó con “Impotencia II’, heredera de aquella del ‘Segundo acto’, de la que toma algunas partes añadiéndoles otras. Para ella contaron con la colaboración de Mero Mero, líder de Cuernos de Chivo, que irrumpió siendo él mismo, con una estética completamente discordante con respecto al resto de músicos en escena, y golpeándose en el pecho. No termina de convencerme este corte, que se antojó algo desordenado e impreciso.  “Un millón de sueños” recondujo la situación y precedió, aplauso a los coristas y violinistas mediante, a la mejor canción sin duda del que hasta ahora es el último plástico de Stravaganzza, la bautizada como “Raíces”. De intensidad cambiante y prodigiosa emotividad, tuvo a todas las bailarinas en escena y nos condujo a un paraíso sonoro que trajo tras de sí un largo silencio. Y es que la espera antes de los bises – y después de que Leo presentase a todo el elenco de músicos, incluyendo al teclista Eloy, al segundo guitarrista ocasional y a los cuatro componentes de la banda – fue muy, muy larga.

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La gente aclamaba una y otra vez el regreso a escena del grupo, y su deseo fue finalmente concedido cuando el entregado bajista Patricio Babasasa nos hizo poner a prueba nuestras cuerdas vocales antes de que la música volviese a sonar. Pero no de la manera que muchos esperaban o hubieran querido, no con más temas de cosecha propia, sino con una dupla de versiones más inesperada. Pero eso también es Stravaganzza, no cortarse ante nada, no renunciar a nada. Apertura de miras hasta rebasar cualquier línea roja, que para ellos son solamente ficciones impuestas que jamás dejarán que restrinjan su creatividad. Así, acometieron “Desátame” de Mónica Naranjo, cuyo director musical es, precisamente, el genio del pentagrama Pepe Herrero. Complacido por la respuesta de la audiencia, Leo resolvió: “Esto demuestra que siempre tuvimos razón y que no hace falta ser tan duro para ser metalero”. Aquello ya era una fiesta, el desenfado había suplido a la oscuridad, y por eso “Vivir así es morir de amor”, de Camilo Sesto, desató el jolgorio como punto y final del concierto.

Todos y todas los y las protagonistas permanecieron después durante un buen rato saludando a una audiencia entusiasmada que lo estuvo más aún cuando Leo aseguró que “queda mucha Stravaganzza”. Volvió a presentar a unos y otros, elogiando también al técnico de sonido, y a corear un eslogan con significado secundado por un sector de la sala: “Sí se puede”. Ellos sí pudieron, tras siete años de ausencia, saborear la más dulce miel del éxito.

Texto: Jason Cenador
Fotos: Paco García

 

Jason Cenador
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Jason Cenador

Periodista y redactor at Mariskalrock
Periodista musical por vocación y Licenciado en Periodismo. Apasionado del rock y el metal en toda su riqueza. Libertario convencido.
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