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Crónicas

Robe: Sensibilidad de culto

«Segunda parada en Madrid de Robe en lo que va de año y de gira, esta vez para darse un baño de masas en un festejo menos íntimo que el formato teatro»

11 noviembre 2017

WiZink Center, Madrid.

Texto: Javier Pérez. Fotos: Sandro Santos

Hay que hacer honor a la verdad y es de rigor decir que no llenó; aún así, muchos miles de fanáticos que ha ido amasando a lo largo de casi 30 años vivieron una noche que supuró magia, ingenio y agudeza.

Es Carlitos Pérez, violín en ristre, el encargado de tomar posesión de las tablas cuando cayeron las luces, para ir abriendo paso al resto de la partida hasta que Robe, puño en alto, nos saluda visiblemente dichoso. El sonido es potente, lustroso; bien empacado para situarse a la altura de las circunstancias, y no desmerecer un espectáculo que engalanó las almas y sentimientos de todos los asistentes que acabaron rindiéndose, una vez más, al Rey de Extremadura.

“El cielo cambió de forma” es la elegida para inaugurar el acto. Un torrente de emociones recorrió fulgurante el ambiente expectante, que con los brazos abiertos acogía “Querré lo prohibido”. Con la sutileza de inmortalizarle sin dar nombre, Robe se descubre con un “esta canción no va de fistros pecadores ni de pecadoras, esta canción habla de la guarrerida sexual”, sincero y sentido homenaje al gran Chiquito de la Calzada, que nos había dicho adiós horas antes. Para él fue “Por ser un pervertido”, allá donde esté.

Inciso para encumbrar a los músicos con mayúsculas de los que se ha rodeado: brillantes, implicados; con saber estar. Un lujo. A estas altura nuestro anfitrión ya se ha sentado en un pequeño tablado al fondo del escenario; más lejos aún que el micro principal, ya de por sí bastante alejado del foso, huyendo de cualquier amago de postín.

Desde esta tesitura desgrana con soltura “Donde se rompen las olas”, la declaración de intenciones que es “Hoy al mundo renuncio” y una sobrecogedora “Nana cruel”, dedicada a los niños refugiados que cruzan el Mediterráneo en busca de un futuro mejor, dando un giro a la letra para encajarla en el registro, cambiando el final que versa “prometió volver al amanecer” por un “aunque tú no estés”. Estremecedor. Justo después de ponernos los pelos de punta, nos saca del embelesamiento con una facilidad pasmosa, recriminando el uso de los móviles y pidiendo que no le enfoquen con flashes ni similares, que “salgo a la calle, cojo un saco de piedras, y a alguno doy”, asegurando que el show estaba siendo grabado para un DVD. Sin embargo, hasta estas amenazas sonaron caramelizadas. Robe estaba disfrutando de otra de sus grandes noches, y ni la irascibilidad crónica que le suelta la lengua ante lo que no le gusta, iba a empañar su semblante.

Robe con Alber Fuentes

Retoma su posición de pie en el micrófono frontal y nos regala uno de los tramos más exquisitos de la noche: “Destrozares”, “Guerrero” y “La canción más triste”, que le lleva a sentarse al borde del escenario, levantarse, volver al fondo del tablado y acabar tirando el pie de micro de una patada. Soberbio. He aquí un momento que se pueden ahorrar, y es que eso de hacer un parón de 20 minutos, manía que lleva arrastrando desde tiempos inmemoriales, me parece fuera de lugar. El caso es que luego la sensación que te queda es que ha ayudado a mantener la expectación arriba en todo momento… Curioso. En cualquier caso, creo que 10 minutillos harían el mismo servicio.

El retorno enciende al respetable con la entonación de los primeros compases de “Extremaydura” que usan de introducción para “Cartas desde Gaia”. “De manera urgente” y “Puta humanidad”, con su luminosidad musical, embriagan a artistas y congregados, instantes antes de que versos esparcidos del ‘Pedrá’ anuncien “Del tiempo perdido”. La virulencia de “Contra todos” es presentada como “una canción que teníamos que hacer”, y que nos dispone en la recta final del cónclave. Trecho que afronta con los acordes de “… Y rozar contigo”, y “Por encima del bien y del mal”. Con cara de satisfacción se larga tras un casi doloroso “hasta siempre, siempre, siempre”. El bis va directo al grano: “Si te vas”, única concesión concreta y firme a Extremoduro, y el cierre que echan con “Un suspiro acompasado”.

Poco más de dos horas reales que nos mantuvieron con el alma encogida, admirando, degustando y sufriendo cada tonada. Su pasado y su leyenda son incalculables; su futuro, elija el derrotero que elija, es ilimitado. Por siempre, Robe.

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