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Crónica de Os Mutantes: Fumada tropical

16 junio, 2016 10:18 am Publicado por  Deja tus comentarios

Kafe Antzokia, Bilbao.

Despojarse de complejos debería ser el primer escalón en la senda del crecimiento personal. Hacer caso únicamente al propio interior y volar por libre si los colectivos acaban convirtiéndose en prisiones. ¿Qué sentido tendrían unos principios revolucionarios si al final sus miembros sucumben a un borreguismo ajeno a cualquier tipo de pensamiento crítico? Los gulags estaban llenos de valientes que cuestionaban dogmas y no tenían reparo alguno en expresar verdades incómodas cayera quien cayese.

Desde que conocieran a Gilberto Gil y los introdujera en el movimiento Tropicalia a finales de los años sesenta, los brasileños Os Mutantes sufrieron de primera mano los costes de una individualidad marcada con las amenazas del gobierno militar de la época y luego con la intransigencia de ciertos sectores de izquierda que no veían con buenos ojos los experimentos musicales de los tropicalistas.

La cosa llegó al punto de que en un Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro les lanzaron huevos, verduras y algunos hasta les dieron la espalda, a lo que los propios artistas respondieron con idéntico gesto de desprecio.

Casi medio siglo después no suelen suceder eventos extraordinarios de ese calibre en sus bolos, aunque siguen conservando el espíritu transgresor de los inicios y su legión de fans ha trascendido fronteras culturales y estilísticas, con una tropa de admiradores que va desde el malogrado Kurt Cobain, que escribió una carta solicitando una reunión, a Flea de Red Hot Chili Peppers o David Byrne de Talking Heads, ambos declarados embajadores de su música más allá del Amazonas.

Os-Mutantes

Era la primera vez que se acercaban a la capital vizcaína y para una propuesta tan inusual sorprendió que se concentraran alrededor de unas 100 personas, demasiado para una chaladura de semejante envergadura. Un personal variopinto que se movía en trance al ritmo de la percusión tribal mientras de repente un solo de guitarra rasgaba de un plumazo el ambiente de sambódromo y nos sumergía en un marasmo eléctrico.

Lo cierto es que por la foto de promo esperábamos un mayor despliegue escénico, pero nos encontramos a Os Mutantes con una formación básica, esto es, el líder Sergio Dias, con túnica púrpura cual maestro de logia masónica, y a su vera, también a las voces, Esmeria Bulgari, con plumas en el pelo y aire hippie. Completaban el combo con los habituales bajista y batería que se integraban en el conjunto sin estridencias y un teclista que también hacía sus pinitos en el aspecto vocal con tonos melódicos.

“Fuga Nº2” sirvió a modo de introducción con una atmosfera embriagante que incitaba a abrazar de inmediato su culto antes de que “Fool Metal Jack” rompiera la tónica con su rock progresivo y siguieran con la contemporaneidad de “Time and Space”, perteneciente a su último álbum en estudio de 2013. Pero el respetable parecía venir con la lección aprendida y las primeras notas de su clásico “A Minha Menina” fueron recibidas con jolgorio por parte de la afición, hasta sonó por ahí algún irrintzi, que encajaba como un guante en la estampa multicultural y provocó las risas del orondo vocalista.

Un servidor acudía a la velada con cierto reparo pensando que la faceta folk tradicionalista prevalecería sobre la vertiente psicodélica y rockera, pero para nada, mantuvieron los tropicalismos a raya y la sensación era la de contemplar a Genesis, Pink Floyd o cualquier otro nombre de los grandes del género sinfónico. Eso por no mencionar el desbordante talento a las seis cuerdas de Sergio Dias, que se marcaba unos solos de escándalo, a la altura de David Gilmour, sin exagerar lo más mínimo. Para dejarte ojiplático.

Reincidieron en la percusión tribal con “Bat Macumba” y evocaron cadencias del Cono Sur con “Cantor de Mambo”, a la par que se revelaban como unos virtuosos del mestizaje musical equilibrado, ese que concede igual importancia a las guitarras eléctricas que a los tonos característicos del terruño. Y “Top Top” desató contoneos por el recinto igual que si aquello fuera un desfile de carnaval brasileño.

Añadieron poso épico y crítica social con “El Justiceiro”,  donde Sergio suplicó al “señor Obama que insuflara amor en los corazones”, espíritu hippie sin medias tintas, como para cantárselo a Donald Trump. Tal pieza fue quizás una de las cimas del recital al fundir la melancolía de Nancy Sinatra en “Bang Bang” con esa atmósfera fronteriza que tan competente han explotado en un rollo similar The Mars Volta o Carlos Santana.

Y hasta se tornaron contemporáneos con un lirismo que traía de inmediato a colación a Muse o Queen en “Balada Do Louco” antes de entregarse a una suerte de guateque psicodélico en “Ando Meio Desligado”, uno de sus imprescindibles clásicos. Y de idéntica manera a la de los grandes profesores de antaño, las divagaciones con referencias a The Beatles, Rolling Stones o Led Zeppelin fueron magistrales.

La peña acabó tan satisfecha que se solicitaron bises a grito pelado, aunque al principio los de Sao Paulo no se enteraron demasiado de la historia ya que interpretaron el inevitable “beste bat” (una más, en euskera) como “¿Quién será”?, según nos confesó a la vuelta partiéndose de la risa el bonachón líder. La opción para finiquitar el bolo no cabría apelación posible, su tema bandera “Panis Et Circenses” compuesto por Gilberto Gil y Caetano Veloso que iniciaba su mítico debut de 1968. Todo un final lisérgico.

Mira que no somos muy aficionados al multiculturalismo perrofláutico, pero nos pareció sumamente interesante la fumada tropical que llevan ofreciendo estos tipos desde hace casi medio siglo en su limbo particular ajenos a la comercialidad y a las modas pasajeras. ¡Que vuelvan cuanto antes!

Texto y foto: Alfredo Villaescusa

Redacción
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