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Crónica de Bime Live: La inevitable dualidad

5 noviembre, 2015 2:55 pm Publicado por  1 Comentario

BEC, Bilbao.

Hay gente que se confiesa tímida en determinadas situaciones y no en otras. Aquellos que son incapaces de abordar a una desconocida en un garito, pero luego no tienen reparo a la hora de hacer entrevistas, hablar delante de cámaras de televisión o soltar cualquier insensatez ante un numeroso público expectante. Por algo decimos que el malditismo es el último refugio de los retraídos, una pose digna que alimenta la incertidumbre y permite justificar mil y un comportamientos extravagantes.

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Savages

Contagiados por ese espíritu ambiguo parecen los programadores del BIME Live, que juntan en un mismo cartel a grupos que están en la cresta de la ola con viejas glorias venidas a menos y propuestas alejadas de la más mínima comercialidad. Todo ello envuelto en un ambiente de guapitos, personal pudiente y hedonista al que solo le importa pasar un buen rato sin importar el grupo que toque en ese momento. Como si las actuaciones no fueran más que una acumulación de polvos desenfrenados que a la mañana siguiente ya se han olvidado.

Con una merma considerable de bandas respecto a la edición anterior y cierta reducción de infraestructuras, se habían levantado de nuevo un par de jornadas adicionales para rematar esa mastodóntica feria de la música llamada Bizkaia International Music Experience que reunió durante tres días a profesionales del sector. Como novedad puntera, la utilización de una pulsera futurista de Pay Pal que valió tanto para el condumio como para el merchandising y además servía para fichar al entrar o al salir igual que en cualquier fábrica estajanovista.

Antes de sumergirnos en esa suerte de búnker distópico catamos un par de cosillas destacables en los showcases previos al certamen. A saber, la interesante noche holandesa que montaron en la sala La Ribera De Staat, unos auténticos chalados que combinaban el indie rock bailongo a lo Franz Ferdinand con teclados krautrock y un cantante histriónico que hasta movía los pies como en una clase de claqué. La colega con la que íbamos los definió como “música de negros moderna” y no andaba del todo desencaminada, pues a veces se arrancaban con ritmos espasmódicos a lo James Brown, cualquier palo valía en su batiburrillo particular, bastaba escuchar su tema “Witch Doctor” para percibir la personalidad esquizoide de estos tipos. Muy grandes.

A continuación, los otros tulipanes The Deaf remitieron a The Hives por su actitud de prender fuego el reducido escenario y el desbordante carisma de su cantante rockabilly, que no dudó en preguntar a la audiencia: “¿Queréis hacer el amor con nosotros?” Cualquiera se metería de inmediato en su cama con su punk garajero a tope de revoluciones con la épica y los coros femeninos del soul de la Motown, aparte de unos guitarrazos escuela escandinava que podrían hacer palidecer a The Hellacopters o Turbonegro. La bomba de relojería “BBB-Bang” nos dejó con ganas de seguir retozando con ellos, que vengan cuanto antes con su propia gira, por favor.

LA PERTURBADA Y LOS FORMALES

Iniciamos ya propiamente la primera jornada del BIME Live, que reunió a casi 10.000 personas, con los locales Mamba Beat y su rock electrónico en la estela de New Order, que servía a la perfección para desperezar a las numerosas chicas guapas que pululaban por el recinto. Nos dio el punto sibarita y acudimos raudo al escenario del teatro, que había ampliado su aforo y ahora resultaba muy complicado sentirse exquisito con sus casi 2.000 personas de capacidad.

Allí oficiaba un tipo elegante llamado Gaspard Royant, con chaqueta blanca de camarero de garito de tela y una prodigiosa voz a lo Chris Isaak o Roy Orbison. Acompañado de una banda en estado de gracia, legó un colosal repertorio que remitía a la épica de Springsteen, el soul de quilates o el rock n’ roll añejo, temas del calibre de “All The Cool In You Is Me” podrían haber sido compuestos hace varias décadas sin perder intensidad por el camino. Pura emoción, ideal para escuchar en un descapotable con un lago al fondo a la luz de la luna.

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Stereophonics

Y se podría definir casi de cualquier manera el show, nunca mejor dicho, de Zola Jesus, excepto como convencional. Para los no versados en la materia, mencionar que tras ese enigmático nombre se esconde la cantautora rusa-americana de origen esloveno Nika Roza Danilova, una diva crepuscular que sigue la estela de Chelsea Wolfe al mezclar rock gótico, electrónica, industrial o rock experimental. Todo un desafío para el oyente a la que algunos ya han comparado con Kate Bush, Siouxsie Sioux o Lisa Gerrard de Dead Can Dance.

Ya intuíamos que aquello no iba a ser fácil de asimilar cuando apareció la chica encorvada con el pelo tapándose la cara como si fuera la criatura de ‘La Maldición’ y comportándose igual que una perturbada escénica que gritaba de improvisto o abandonaba furibunda el escenario cual cabreada con el mundo. Otras veces agitaba la cabellera o se tiraba al suelo como si se fuera a cortar las venas en una suerte de performance muy extrema no apta para todos los públicos.

En lo musical, se mostró bastante más vanguardista que su compi de rollo mórbido Chelsea Wolfe al combinar bases electrónicas tipo Depeche Mode con saxofón en plan chaladura total o acercarse al frenetismo discotequero en “Hunger”. Lo suyo era la pura provocación a diferentes niveles, como cuando se bajó de las tablas, pegándose una buena toba debido a su corta estatura, y se paseó descalza entre el respetable de forma similar a una ida que se hubiera escapado de un psiquiátrico. Acabó golpeando un timbal con una saña digna de su peor enemigo. Fan absoluto de las tías raras.

El negrata Benjamin Clementine tenía al piano una voz desbordante a lo Elton John, pero su palo excesivamente reposado para la subversión que habíamos experimentado hace nada se nos antojó demasiado espeso, por lo que no tardamos en desertar. Y por mucho que adoremos a los catalanes Odio París, fieles representantes del shoegaze patrio, jamás pillamos el punto al “flamenco espacial” de Los Planetas, soporíferos a más no poder, a excepción de su único tema con garra “Pesadilla en el parque de atracciones”.

Después de tanta pedantería y aire flamenquito guay, nos sentó a gloria disfrutar de Stereophonics y sus canciones sencillas, sin pretensiones, para tararear en la ducha, caso de su abrumador comienzo con el single “I Wanna Get Lost With You” y ese riff que en breve ya se convertirá en clásico. Emparentados estilísticamente con Ocean Colour Scene o Manic Street Preachers, de los que fueron teloneros en sus inicios, estos chicos con pinta de formales y de no desmadrarse mucho por las noches tenían bastante más espíritu rockero que los otros cabezas del cartel Imagine Dragons. Eran comerciales, sin duda, pero a la vez apelaban a la electricidad y a la esencia del rollo, y hasta presentaban temas como “Superman”, que trataban de “sexo y violencia”, según su explicación. Algo a años luz de ese buenrollismo pseudohippie que sufriríamos en repetidas ocasiones en el recinto.

El líder Kelly Jones se reveló con mimbres suficientes para sustituir a Bono en el terreno vocal, mientras que su compi Adam Zindani se esmeraba a los punteos. Alternaron con sabiduría los cortes tralleros con los reposados del estilo de “Have A Nice Day” o “Maybe Tomorrow”, aunque no aburrieron en ningún momento, pues irradiaban una clase tremenda a las tablas.

Espectacular en ese sentido fue “Mr& Mrs Smith”, con tantas subidas y bajadas como el “Blood On Blood” de Bon Jovi. De hecho, aquello se asemejó bastante a un bolo de los de New Jersey, con muchas tías bailongas y peña gritando o aullando. Y en su himno “Dakota” emularon la épica de Springsteen, las partes traseras de los coches, los garitos humeantes y esos amores puros de juventud. Enormes. Nos hicieron sentir únicos.

Imagine-Dragons

Imagine Dragons

No desagradó asimismo el multiculturalismo de The Go! Team, compuestos por una choni negrilla, una oriental friki con lazo rosa y vestido plateado de lentejuelas, una morenaza estilizada con flequillo e incluso un par de melenudos. Con semejante cuadrilla, esto olía a fusión a distancia, pues lo mismo cedían el protagonismo a las guitarras que sacaban flautas o hasta un organillo de esos de feria. Curiosa experiencia.

Y lo último reseñable de la jornada eran los tan en boga Crystal Fighters, que homenajearon desde el inicio a sus ancestros vascos paseando una ikurriña gigante o con una excesiva intro de txalaparta capaz de desencadenar bostezos por doquier. Al igual que la anterior vez que les vimos, su puesta en escena estaba cuidada al extremo, con pirotecnia, hojas verdes dominando el terreno y un cantante con túnica que espolvoreaba alguna sustancia a los fieles. Parecía una secta vegana que imponía su soniquete amoroso y buenrollista, ayudados además por esos balones de playa gigantes que soltaron para que la muchedumbre terminara por convertirse a su credo luminoso. La ceremonia a ratos entretiene, pero al de poco uno desea dejar ahí a esos chiflados con sus ritos.

FURIA POST PUNK Y POP ASEADO

El segundo día, con casi 15.000 personas, nos topamos de primeras con el vulgar indie rock de Astronautalis, con un palo similar al de otros mil grupos, nada novedoso, ni siquiera esa ocurrencia de bajar a desparramar con el respetable, creo que nunca lo hemos visto. Ja.

Los que sí consiguieron epatar fueron Nudozurdo, ese combo del que todo el mundo habla en el ambiente moderno y descubrimos enseguida por qué. En un recinto rebosante de felicidad, sorprendió encontrar a unos tipos lánguidos, con letras caústicas de a punto de suicidarse y que lo mismo evocaban a Joy Division o The Cure que al post rock o a la new wave. No sabemos si por casualidad el nombre del grupo tiene algo que ver, pero la voz de Leopoldo Mateos nos recordó sobremanera a la de Fernando Márquez ‘El Zurdo’ (Kaka de Luxe, Paraíso, La Mode), el mayor compositor de La Movida Madrileña, que en realidad era algo más aparte de Alaska y cuatro petardos.

Las amazonas londinenses de Savages eran quizás lo que más deseábamos contemplar de todo el cartel y no defraudaron lo más mínimo. Un recital apabullante de furia post punk cuyos guitarrazos a buen seguro volarían unas cuantas gafas de pasta. Con una vocalista viva imagen de Siouxsie Sioux  y un descaro tampoco nada habitual a las tablas, consiguieron dar que hablar y que la gente no olvide su nombre por lo menos  en una temporada.

A pocos se les borrará esa imagen de su voceras caminando como una equilibrista sobre la barra de contención, acercándose para sentir el sudor de los fieles, mandando bajar los móviles o llevándose a un seguidor de la mano de un lado a otro del recinto. Y a su vera, otras tres féminas vestidas de negro impoluto, entre las que destacaba la batería con coleta que pegaba con saña o esa guitarrista elegante punteando a la altura de John McGeoch.

Su repertorio, procedente de su hasta ahora único largo ‘Silence Yourself’, condensó la rabia en “Hit Me”, el poso gótico de “Shut Up” o el tono reivindicativo de “Fuckers”, que dedicaron a las mujeres a la par que aconsejaron “no dejéis que los cabrones os jodan”. Y “She Will” sonó como un cañonazo a las mentes de los bienpensantes, un corte a la yugular antes de desangrarse, un ejercicio de autenticidad sin paliativos. Porque se puede ser punki y tener clase.

Pasando de largo de los hipsters de Supersubmarina, nos topamos con el antaño guaperas Richard Ashcroft y que hoy en día parece sacado de Proyecto Hombre o alguna clínica de desintoxicación, por algo prohibió a los medios realizar fotos durante su bolo. Con los viejos éxitos de The Verve como telón de fondo, el voceras se presentó únicamente acompañado de una guitarra acústica para deleitarnos con piezas de su trayectoria en solitario del calibre de “A Song For The Lovers” o esas canciones que no necesitan demasiada presentación, caso de “Bitter Sweet Symphony”. Un formato intimista que se tornó demasiado espeso para un festival, aunque en el aspecto técnico su chorro de voz era desbordante. Para los muy cafeteros.

Y el momento ansiado por la inmensa chavalada que llevaba horas esperando a Imagine Dragons no fue para tanto. Es otro de esos ejemplos en los que se encumbra a un grupo que no se sale lo más mínimo del tiesto ni ofrece nada nuevo, da simplemente lo que esperan los seguidores: un poquito de épica por aquí, unos estribillos luminosos para abrazarse y darse piquitos en la boca por allá, la consabida percusión indie que siempre triunfa o las recurrentes revisiones al cancionero ochentero, como cuando rescataron el “Forever Young” de Alphaville. Algo muy encomiable, si no fuera porque la mayoría de los asistentes ni siquiera habían nacido cuando arrasaban los alemanes en las listas de éxitos.

Lo suyo se trataba de simple pop aseado, como el de esos políticos trajeados que te venden el cambio sensato y la regeneración democrática apoyando directa o indirectamente a los responsables de la corrupción reinante. Unos vendedores de humo que no clarifican su propuesta por conveniencia y para abarcar el máximo posible. Es lo que la gente decente demanda, dicen.

Por los chillidos estridentes, gritos de “guapos” y demás cualquiera diría que aquello era una boy band al más puro estilo noventero. De rock únicamente les quedaba la melena del guitarra y ese intervalo con “I’m So Sorry” y un solo previo en el que aluden a Led Zeppelin con tan poca convicción como ciertos partidos a la hora de defender una memoria histórica que no sea la suya propia.

No extrañaba por tanto que aquel personal tan poco acostumbrado a las melenas y a la electricidad se lo pasara en grande con sus sonidos prefabricados, destinados a agradar, como las dependientas de los centros comerciales. Nos faltó ver a peña haciendo con las manos el símbolo del corazón. Aquello hubiera sido ya el culmen. Sobredosis de almíbar.

Y hasta aquí dio de sí para nosotros esta edición de un festival de inevitable dualidad, de convivencia imposible entre unos grupos y otros, situados casi en las antípodas. Tal vez sea un reflejo de esa tendencia bipolar del ser humano que nos lleva a comportarnos de una determinada manera y luego en una situación similar hacer justo lo contrario. El Ying y el Yang. Jekyll y Mr. Hyde. Dios y Lucifer. ¿Quién se aclara?

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

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