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BILBAO BBK LIVE: ¡QUE BAILEN LAS CHICAS!

14 julio, 2014 6:25 pm Publicado por  3 Comentarios

Kobetamendi, Bilbao

Franz Ferdinand

Hay cosas que cada uno hace a su manera. Con mayor o menor dignidad. Es lo que pasa entre el personal que va a conciertos, donde se huele a la legua a los primerizos y a los que tienen el culo pelado en tales lides. Y eso se advierte sobre todo a la hora de mostrar entusiasmo hacia un grupo en cuestión: los fans clásicos se limitan a canturrear a pleno pulmón, los guays levantan el dedo índice como autómatas, las parejitas se ladean de un lado a otro y los más grillaos giran cual torbellinos o lanzan katxis al aire, en el súmmum del pensamiento prehistórico.

Porque si algo caracteriza al BBK Live es que es el festival de la opulencia, el postureo, los tres o cuatro ‘hits’ de turno, o el ‘beganismo’ con b, tal y como rezaba sin pudor alguno el cartel de uno de los puestos de comida. Nada que ver por tanto en cuanto a infraestructuras ni tipo de público con el Azkena celebrado escasas semanas antes. Para empezar, abundaban por doquier los puntos de avituallamiento, con propuestas tan insólitas como comida tailandesa o paella, ‘typical spanish food’ para la multitud guiri que petaba el recinto. De hecho, por citar un dato, hubo más visitantes del Reino Unido que de Madrid, por ejemplo.

Y los urinarios, otra prueba de fuego en cualquier evento masivo, se tornaron insuficientes para acoger las 40.000 almas de cada jornada, alcanzando la cifra récord de casi 140.000 en la antesala de su décimo aniversario. Para los tíos no existe gran problema, pero a un servidor se le antojan algo tercermundistas esas tremendas colas que tienen que aguantar las mozas para aliviarse, máxime cuando aproximadamente el 80% de los asistentes eran féminas, lo cual siempre es motivo de alborozo. Sigo pensando que ser tía en un festi tiene que ser muy duro y que no te puedas librar de anormales ni siquiera al ir al baño.

 

LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA

Dado el carácter eminentemente comercial del cartel, nos centraremos solo en aquellas propuestas que se alejaban del pop blandengue de salón imperante tan del gusto del público británico, al que parece va dirigido la plancha estelar de las últimas ediciones. ¿Cómo se explica entonces esa inclusión de combos internacionales que poco o nada aportan al panorama musical, al margen de uno o dos temas resultones, cuando tenemos aquí en el terruño grupos que les barren de un plumazo a todos los niveles?

Lo primero a priori interesante de la jornada inaugural eran White Lies, encuadrados en el post punk revival a lo Joy Division, tan en boga de unos años a esta parte. Pero fueron un bluf en todos los sentidos: sonido horrible, que a veces parecía que se desmoronaría como un castillo de naipes, ellos muy sositos en el directo, y un repertorio mal planificado en el que echaron a granel en un principio temazos del calibre de “To Lose My Life”, “Farewell to the Fairground” o “There Goes Our Love Again”, piedra angular de su último lanzamiento ‘Big TV’.

Y ya se sabe lo que sucede cuando a un plato le quitas los principales condimentos, no es lo mismo ni de palo, y por lógica, el interés disminuye. Por mucho que la voz retumbante de Harry McVeigh a lo Ian Curtis fuera sobresaliente, las condiciones acústicas no daban la talla y la mayoría de canciones sonaban sin fuelle. Eso sí, este detalle tampoco importaría mucho a los guiris, que se emocionaron a tope y alguno hasta se quitó los zapatos. Vaya decepción.

Nos sorprendió empero el soul con vocación pop de John Newman, un tipo engominado con mechón rubio, pulcramente vestido y que se marcaba unos bailoteos al más puro estilo Michael Jackson incluyendo calcetines blancos. Acompañado de un par de coristas muy competentes, demostró que la comercialidad no tiene por qué estar reñida con la calidad, pues aquello sonaba de maravilla, el tipo cantaba con la emoción de los soulmen de antaño, pese al barniz contemporáneo de sus composiciones, y el personal se volvió loco con su éxito “Love Me Again”. Un señor con clase.

Brad Wilk (The Last Internationale)

Los otrora iconos del llamado post punk universitario Franz Ferdinand, herederos de esa senda que inauguraran décadas atrás Gang of Four, confirmaron que eso de ser cabeza de cartel se les quedaba un tanto grande, pues en la actualidad apenas son capaces de convocar a unas 2.000 personas. Quizás por eso renunciaran a la aparatosidad escénica y apostaran por un minimalismo extremo hasta la desesperación.

Sobriamente vestidos y con instrumentos colgados a la manera de los Beatles, a excepción de sus ‘hits’ bailables “Do You Want To” y el archiconocido “Take Me Out”, consiguieron dormir incluso a las piedras por su falta de pegada y empatía en general. El colapso llegó al extremo de que cuando se retiraron previamente a los bises ni dios exigió nada y si se hubieran marchado nadie hubiera echado en falta su hilo musical. Tuvo que salir el voceras Alex Kapranos para preguntar a la peña si deseaban escuchar más, y sin que se lo pidieran, arrancarse con un “Fresh Strawberries” que remitía a los Fab Four y finalizar con “This Fire” de su decente debut. Pasa igual que con los porros, besos y cosas similares, cuando hay que andar mendigando, mal asunto.

Una de las joyas escondidas entre la plancha del día eran The Last Internationale, donde actualmente milita Brad Wilk, batería de Rage Against the Machine, que recientemente ha grabado asimismo su largo ‘We Will Reign’, previsto para el próximo agosto. Bajo una bandera anarquista estrellada y una intro que repetía incesantemente aquel eslogan de Gil Scott Heron de ‘La revolución no será televisada’, estos neoyorquinos legaron un recital de rock añejo difícil de encontrar en las campas de Kobetamendi.

Comandados por una fémina de rompe y rasga que agitaba la cabellera y se movía como hay que moverse en escena, superaron al resto de los concursantes de la jornada en un enclave reducido, sin montajes grandilocuentes y sin un excesivo volumen de personal, únicamente con actitud, sobrada técnica y unas descomunales ganas de romper la pana.

El espíritu de la contracultura americana quedaba reflejado en el tremendo bombazo a lo The White Stripes “Life, Liberty and the Pursuit of Human Blood”, donde nos alertaron del genocidio hacia los nativos perpetrado en la tierra de las oportunidades, y en “Fire” animaron a creer en la llama interna de cada uno. Un fulgor que siente sin duda la cantante Delila Paz, oscilante entre la visceralidad y fuerza poética de Patti Smith y el mesianismo evocador de Grace Slick (Jefferson Airplane). La cara combativa del retro rock.

Por coherencia con la línea editorial tal vez deberíamos pasar de largo de Crystal Fighters, pero su espectacular rave pagana de fijación vascuence bien merece unas líneas. Ataviados a la manera de dioses mayas y con una sacerdotisa con tacones, mezclaron el folk e instrumentos tradicionales como la txalaparta con la electrónica, los cánticos tribales y un leve halo industrial reflejado en un guitarreo que ni imaginaríamos en estudio. El personal estaba desatado, muchos tenían pinturas de guerra Sioux en la cara y danzaban sin descanso cual pieles rojas. La ofrenda a Manitú alcanzó su colofón en “Xtatic Truth” que podría petar las pistas de baile con más fundamento que bastantes bazofias que suelen sonar por esos lares.

 

EL REDUCTO POST PUNK

The Prodigy

Lo bueno que tiene acudir a un evento de estas características es que tarde o temprano te llevas alguna agradable sorpresa, solo hay que tener paciencia e informarse un poco acerca de las diversas opciones posibles. Una de ellas nos llegó con los catalanes Animic, toda una rara avis en el festi, pues le daban a los sintetizadores envolventes, el bajo a lo Joy Division y la voz a lo Siouxsie. En “The Others” cantaban “el cielo está azul mientras nosotros morimos”, a la par que repetían mantras y se entregaban a las atmosferas ruidosas y opresivas de The Velvet Underground. Valga a modo de anécdota para recalcar su naturaleza experimental que llevaban escrito en una funda ‘Neu!’, en referencia a uno de los combos más influyentes de la vanguardista escena krautrock de los setenta. Oscuros como un tizón.

El folk rock amable a lo Dylan o Springsteen de Conor Oberst también era entretenido con sus glorificaciones a la vida nómada y unos coros muy conseguidos, pero los siguientes que nos epataron fueron |EP|, con una suerte de fusión progresiva con intervalos funkys en plan The Mars Volta. De quedarse anonadado las habilidades de este trío con sus subidas y bajadas por el mástil, redobles inesperados y casi imposibles cambios de tercio. Toda una ironía que a pocos metros las multitudes abrazaran sin pudor el pop ramplón y comercialoide de Bastille, destinados a ser eso que los británicos llaman unos ‘one –hit wonder’, por mucho que su sencillo “Pompeii” haya vendido más de un millón de copias y sirviera para anunciar los partidos del Mundial en la tele.

Y a pesar de que los madrileños con líder vasco Izal arrastraran cantidades desorbitadas a la carpa del Escenario Sony, su rollo cantautor con cierto aire a lo Quique González no nos sedujo demasiado, la verdad es que en estudio tenían mejor pinta, lo mismo que Foster the People, otro de esos grupos gafapastiles con aspecto de oficinistas.

Puede que a estas alturas de la película a los electropunks The Prodigy se les haya pasado tanto el arroz que su caché esté por los suelos en comparación con otras estrellas colindantes, pero siguen conservando cierta habilidad para servir de perfecta banda sonora al puestazo de speed, MDMA o cualquier otra mierda semejante. Aquello se transformó en un inmensa rave en la que algunos saltaban como si sufrieran repentinos ataques de pulgas mientras los katxis se desparramaban a diestro y siniestro.

Realzados por una guitarra y con una puesta en escena que antaño sería futurista aunque hoy ya no sorprende demasiado, fueron a lo seguro con “Breathe”, uno de los temas más populares de ‘Fat of the Land’, álbum con el que pegaran el pelotazo hace ya casi veinte años, y pusieron el pie en la modernidad con “Jetfighter”, para que no desentonara la silueta del caza de combate que se veía al fondo del escenario.

“¿Dónde están mis fiesteros”, preguntaba continuamente el líder de aspecto cani Keith Flint, antes de que arreciara con saña esa tormenta de flashes y niebla que dificultó sobremanera el trabajo de fotógrafos. En honor a la verdad, pocas veces hemos visto un juego de luces tan espectacular, absolutamente mareante y un elemento más para inducir al éxtasis colectivo, a la par que sonaban temazos de cuelgue sintético tipo “Firestarter”.

Pero lo que todo el mundo esperaba era ese “Smack My Bitch Up” tolerante con la violencia de género y glorificador de las drogas, que les quedó niquelado con riffs de guitarra intercalados. Y finalizaron con un toque reivindicativo en “Their Law”, que hace referencia a la ley británica que en 1994 prohibía las fiestas de “ritmos repetitivos”. Un colocón más entretenido de lo esperado.

Había ganas de cierto guitarreo tras el ambiente pastillero y los navarros El Columpio Asesino colmaron las ansias al respecto con lírica siniestra deudora de Parálisis Permanente y marasmos ruidosos a lo The Jesus & Mary Chain. Eran otros dignos representantes de ese reducto post punk del BBK recibido como una bendición entre tanta propuesta endeble, pues su bolo resultó de una fortaleza encomiable. Lo más cercano al gótico que había por ahí con sus hipnotizantes atmósferas cold wave en “Escalofrío” o el homónimo que da nombre a su último material “Ballenas Muertas en San Sebastián”.

Sorprendió que con un estilo tan inclasificable que lo mismo bebe del rock alternativo, el post punk o la electrónica muchos los asimilen con simplismo al vocablo indie, aunque en términos de público seguramente les beneficie tal incorrección. Sea como fuere, lo cierto es que petaron la carpa a altas horas de la madrugada y consiguieron que el suelo temblara literalmente con su himno a las noches de desenfreno “Toro”, que podría pincharse sin pudor en cualquier sesión gótica aperturista. De enmarcar.

 

Los Enemigos

I LOVE BURGOS

Mucho folk se concentró en la tercera jornada del festi, quizás demasiado. Ya de entrada teníamos un plato interesante con el country rock de querencia crepuscular de Elliot Brood, difícil de apreciar a pleno sol, pero que logró juntar a una selecta muchedumbre a temprana hora. Eran unos tipos auténticos, de esos que parecen vivir en su rancho, llevar poncho y mascar tabaco. Tal sabor genuino se percibía hasta en la distancia y alguno no pudo evitar gritar ‘yihaaah’. Y no era para menos con cortes como “Write It All Down For You”, ideal para calzarse sombrero, pillar un caballo y tirar millas. La esencia del lejano Oeste.

Con la de truñazos guiris que nos tuvimos que tragar, nos produjo una tremenda satisfacción que Belako, un grupo de aquí al lado, de Mungia para ser exactos, demostrara que en cuanto a calidad, técnica y actitud no tienen nada que envidiar a nadie de fuera. Y probablemente tampoco de dentro de Euskadi, pues su palo con bajo taladrante a lo Joy Division y sintetizador ensimismante es toda una rareza en el panorama vasco.

La carpa abarrotada hasta a los topes recibió a estos muchachos de pinta agradable, pese a que algún desinformado les gritara ‘hipsters’ cuando su música se parece tanto a Vetusta Morla y similares como un huevo a una castaña. Ya les hemos catado en ocasiones anteriores, pero a uno le sigue flipando la forma de tocar la guitarra de Josu, en la tradición de grandes del género como John McGeoch o Keith Levene, minimalista y expresando lo máximo con lo mínimo, o la versatilidad de Cris a la voz, a la que se notó un tanto acalorada en el recinto, pero cuyas habilidades apenas sufrieron mácula. Alternaron la rabia post punk de “Vandalism” con el aire new wave de “Beautiful World”, entonada con mayor solvencia que Deborah Harry hoy en día. Y su himno “Sea of Confusion” atronó en la carpa y certificó que el público en esos momentos comía de su mano. Toda una estampa la que legaron en cuanto a poder de convocatoria, un peldaño más en su prometedora carrera. Antológico.

Un tanto desubicados aparecieron Los Enemigos, que algunos asistentes calificaban como “puro rock”, aunque probablemente tampoco habrían escuchado nada más en ese estilo. Josele y compañía, a pesar de hallarse en una zona hostil proclive a no simpatizar con sus postulados, no se salieron del guión que les hemos visto en otros festis. Esto es, su versión del “Señora” de Serrat o ese “John Wayne” que los modernos escuchaban con estupefacción. Digeribles.

El soporífero folk rock de Band of Horses se antojaba un tanto indigesto, por lo que nos acercamos de nuevo hasta el Escenario Sony para el rock alternativo noventero a lo Soul Asylum de Kuroma. Los temas no eran memorables, pero bien valían para pasar el rato con fundamento sin bostezar. Agradables.

Y tras el tedioso recital de The Lumineers, llegó ese instante estelar que muchos andaban esperando y que sin duda justificaría un ingente desembolso presupuestario. Sí, hablamos de las estrellitas del momento The Black Keys. O cómo un par de tipos que no se pueden ni ver dejan de lado sus diferencias irreconciliables por amor. A la pasta gansa, se entiende.

Pero seamos justos, pese a que Dan Auerbach y Patrick Carney oficiaran en ocasiones con alma de funcionarios grises que desean acabar su jornada laboral cuanto antes, brillaron muy por encima del resto de cabezas de cartel. Rindieron homenaje al primitivismo absoluto desde las pantallas que alternaban imágenes del concierto con motivos psicodélicos, para reforzar el delirio místico, hasta ese cable vintage que colgaba de la guitarra. Nada de moderneces.

A un servidor le pareció poco menos que un prodigio contemplar ese maremágnum de 40.000 personas flipando con un estilo tan vetusto y que podrían escuchar los padres de gran parte de los presentes. Existe empero una elegancia inefable en el blues rock añejo de “Next Girl”, el poso soul a la vieja usanza de “Tighten Up” o el rollo a lo Hendrix de “Same Old Thing”.

La guitarra, con deje reverberante cercano al stoner rock, marcaba la pauta, sin robar protagonismo a la voz ni excesos ombliguistas. Y la batería, tres cuartos de lo mismo, nada de estruendosos redobles, las canciones terminaban en seco, como si alguien hubiera desenchufado de improvisto la corriente. Había también un bajista y un teclista, pero con tanta relevancia como el marido de Angela Merkel, al que por su discreción conocen como ‘El Fantasma de la Ópera’. En pocas ocasiones se sintió la presencia de los espectros.

The Black Keys

El manejo del tempo no era una de las virtudes de los de Ohio y los temas se sucedían uno detrás de otro sin demasiada importancia. La peña parecía escuchar, de vez en cuando bailoteaba, y solo despertó en la recta final con el sensual ritmo de “Fever”, una de esas piezas que Auerbach clava con su tono cálido. Y por supuesto el entusiasmo alcanzó su cénit con el trilladísimo “Lonely Boy” y que reflejaba el perfil habitual de los que subían al monte Cobetas, gente que paga una cantidad considerable para pillarse una buena cogorza y cantar tres o cuatro cosas. De hecho, después del megahit, casi la mitad de la parroquia se piró pensando que se había acabado el concierto, o bien que ya no necesitaban permanecer un segundo más. Habían cumplido el ritual del postureo.

Al contrario que otros cabezas, no tuvieron que mendigar ellos mismos su vuelta, pero retornaron con actitud similar a cuando se atisba un rasgo de empatía en un banquero o en uno de esos seres gélidos y te habla como un ser humano. “Little Black Submarine”, con su aire épico al “Stairway To Heaven” de Zeppelin, se antojó perfecta para introducir los bises y en “I Got Mine” intentaron recuperar esa esencia minimalista de los dúos roqueros, aunque ni de lejos se observara un mínimo de complicidad.

Quién diría que en el 2004 tocaron en la sala Azkena de Bilbao ante unas escasas ochenta personas. Y en la actualidad, según algunas fuentes, cobran pastizales cercanos al millón de euros. Con esos datos, su amistad tiene visos de ser inquebrantable. Qué bonito.

Y para finiquitar el festi estaban La Maravillosa Orquesta del Alcohol, un valor seguro a altas horas de la madrugada y garantía absoluta de fiestón. En progresión ascendente, la presencia de estos muchachos de la meseta castellana empieza a ser habitual en eventos multitudinarios y su cóctel de inspiración irlandesa con gotas de Johnny Cash, Dropkick Murphys o The Pogues no deja indiferente.

Tal vez por la abundancia de guiris, iniciaron el bolo con temas en la lengua de Shakespeare, incluyeron una peculiar versión del “It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock N’ Roll)” de AC/DC, con el saxo haciendo las réplicas de guitarra, y para “Nómadas” las gargantas ya estallaban al unísono en la carpa. Y cual terremoto en escala Richter, el suelo tembló con “Gasoline” mientras los ohhhs del estribillo se escucharían hasta en kilómetros a la redonda. Como bien dijo una amiga, tras semejante demostración de poderío en directo, daban ganas de pillarse una camiseta que rezara ‘I Love Burgos’. Más grandes que su catedral.

Es un hecho incontestable que en la coyuntura actual bandas surgidas en los últimos quince años puedan gozar de mayor aceptación que figuras históricas antaño intocables. Hay sin embargo una máxima inapelable desde los albores de la humanidad que posibilita que se llenen recintos, bares y hasta que se consuma con mayor entusiasmo: ¡Que bailen las chicas!

 TEXTO: ALFREDO VILLAESCUSA

FOTOS: MARINA RUANO

 

 

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