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Crónicas

Pim Pam Punk Festival: Un disfraz de por vida

«Quedaban bastantes irreductibles que preferían acudir a un festival punk para palpar algo auténtico que no necesita adornarse de ninguna manera»

Zorrotzako Gaztetxea, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Aparentar lo que uno no es se ha convertido en un hecho tan cotidiano en los tiempos actuales que ya hasta deja de sorprender. Por eso mismo, cada vez cobran menos sentido celebraciones oficiales en las que se ensalza precisamente eso, la fachada, el postureo y el tratar de impresionar en las distancias cortas en base a méritos que no se poseen o la ausencia de los mismos. De sobra es conocido que cuando no se logra destacar en nada y se tienen las mismas capacidades intelectuales que un protozoo, toca apelar a los bajos instintos, a la pura carnaza que siempre entra a la vista a la primera y no requiere sesudos estudios al respecto.

Pero en medio de la vorágine carnavalera, con la mayoría del personal sacando trajes poco creíbles que no se ponen el resto del año, todavía quedaban bastantes irreductibles que pasaban de esas mierdas y preferían acudir a un festival punk para palpar algo auténtico que no necesita adornarse de ninguna manera. No obstante, el ambiente festivo hizo una leve mella en el paisaje y por ahí se pudieron ver algunas monjas siniestras o hasta algún guardia civil con tricornio, hay que tener, desde luego, mala leche para optar por lo último.

Con un cartel variopinto, que va creciendo en cuanto a calidad en cada edición, y una cantidad muy respetable de gente, los madrileños Activos Tóxicos abieron el Pim Pam Punk Festival con una actuación un tanto sorprendente, en la que había hasta una persona encargada de traducir el concierto a lengua de signos. Pese a que reconocen influencias tan dispares que van desde Mamá Ladilla a Pantera y afirman hablar en sus letras de sexo, drogas y economía, lo cierto es que aquello sonaba más a rock urbano que a otra cosa y, a modo de entremés, no estuvo nada mal. No hace falta ponerse muy exigente para pasar el rato.

Mucha más solidez destilaban los navarros The Guilty Brigade, a los que ya habíamos visto unos añitos atrás, cuando apenas estaban empezando, y hoy en día se han convertido en una cosa muy seria, a medio camino entre el metal y el punk, en la onda Rat-Zinger. No en vano, en cuanto a estilo y tonos desgarrados, su vocalista podría ser una especie de heredero de Podri, pues demuestra una vitalidad desbordante sobre las tablas y esas bases contundentes resuenan como un cañón capaz de arrasar con todo. Himnos totales para gritar a pleno pulmón del calibre de “Como el hierro” o “Niños Dinamita” y el grado de entrega de la afición, certificaron que su trayectoria irá indefectiblemente hacia arriba en el futuro. Los discos cada vez son mejores, sus bolos cada vez más apabullantes y su actitud de comerse el mundo pone la guinda a una formación prometedora como pocas. Nietos bastardos de Roma.

Si en su anterior concierto en Bilbao ya proclamaron a los cuatro vientos que “odiaban la navidad”, Radiocrimen exhibió una simpatía similar hacia los carnavales y quizás en esta ocasión no superaron aquel bolo histórico en Santo Tomás, pero aprovecharon a tope su tiempo en escena y, sin duda, fue el combo que más entusiasmo desató entre el respetable. No sobró ni una pieza desde que arrancaran con “Terroristas”, grito de guerra fundamental para entender esta época actual del conmigo o contra mí, o “Control”, que eleva las gargantas hasta la estratosfera de inmediato.

El voceras Txarly se puso cultureta antes de “Buko” y aconsejó “comprar poesía”, en alusión al libro, ‘Un lunático con gafas de sol’, cuyo autor, Iñigo Riki, se encontraba en primera fila. “Cadenas rotas” y “Amar mata” impidieron tomar el más mínimo aliento, al tiempo que se incrementaba el delirio entre la parroquia. Mira que les hemos visto veces en lo que llevan de trayectoria y todavía no nos hemos topado con un concierto malo o mediocre. Al ser un festival, aquella noche tenían en contra los minutos, pero ni siquiera eso les impidió convertirse en lo más destacado de la velada.

“Alcohol barato” siguió calentando el paladar y la mecha no se apagó en “Contenedores”, antes de la cual Luis Punk confesó que “no era amigo de Arzallus”, en relación al supremacista vasco fallecido hace escasos días. Y “el carnaval va a la basura” afirmó el vocalista, Txarly, antes de que glorificaran a la inmundicia que se atreve a salirse del sistema en “Mundo basura” y se desataran los pogos descontrolados por el recinto. Un fiestón.

La versión de La Broma de SSatán “Ahógate en el W.C.” sonó tan apabullante como siempre y además estuvo reforzada por el “hijo de puta” que soltó al inicio el guitarra Luis. La traca final con “Los chicos ya no quieren llorar”, “Todo el que manda” y “En las cloacas” terminaron de legar más momentos irrepetibles, como cuando el punk grandullón que se suele subir a cantar con ellos llevó a Txarly a hombros hasta la mitad de la sala por lo menos. “¡Esto sí que es un gran disfraz para llevarlo toda la vida!”, así resumió el carismático cantante un espíritu que no entiende de celebraciones estúpidas o modas pasajeras. Enormes. Larga vida.

Había un tanto de polémica respecto a Sham 69, puesto que, en base a su actual formación, algunos seguidores del grupo los llaman “los falsos”. El caso es que el líder natural, Jimmy Pursey, tiene una banda con algunos miembros originales, mientras que Neil Harris, otro de los fundadores fallecido a comienzos del año pasado, también reunió a otra gente por su cuenta y así se dio la surrealista situación de tener dos combos utilizando idéntico nombre, si bien la facción de Pursey añadiendo la coletilla de “formación original de 1977”, a la par que los otros aluden a su vocalista Tim V.

Al margen del debate sobre la conveniencia de venderse como leyendas del punk británico cuando el personaje principal anda en otro sitio, la verdad es que aquello estuvo a ratos entretenido y otros cursó como un ensayo a medio gas sin demasiada pasión. Uno miraba alrededor y la sensación era de que a la mayoría se la pelaba todo eso, pues el cacareo era mayoritario e indiscriminado, por lo menos por la parte de atrás. En las primeras filas, empero, el ambiente sí se tornaba más de concierto, con jovenzuelos punks flipando por escuchar en directo piedras angulares como “Ulster” o “I Don’t Wanna”, algo comprensible, por lo que entendemos a los que alucinaron con su recital.

A nosotros no se nos quedó la cara de haber visto a una formación mítica, sino más bien a un grupo de versiones, pese a que Tim V tampoco es que lo haga excesivamente mal. El tipo se lo curra e intenta hacerse el simpático, incluso preguntando el nombre directamente a los seguidores, pero el alma parece que se perdía por el camino. Dedicaron a Trump y a los políticos “Tell Us The Truth” y hubo también palabras de agradecimiento para la chavalada que ponía la emoción que faltaba encima del escenario. “Los punks no mueren, el pelo se cae”, dijo el voceras a modo de reivindicación del movimiento.

Y por supuesto recordaron al fundador, Neil Harris, en “Hersham Boys”, donde la peña despertó un poco a la par que ruló el micro por ahí. Y en un arrebato en plan ‘Braveheart’, consciente del lugar en el que estaba, el cantante aseguró que “la libertad era nuestra, no de España ni de ningún otro gobierno” antes de terminar de exaltar los ánimos del personal con un eslogan casi de autoayuda: “¡Vosotros sois el gobierno!”. El derecho a decidir y tal.

“If The Kids Are United” en los bises supuso el colofón en cuanto a hermandad colectiva, con varios espontáneos invadiendo el escenario, y lo suyo hubiera sido finiquitar con ese sabor de boca por todo lo alto, pero prolongaron la agonía al regresar por segunda vez sin darse cuenta de que, a partir de descargar su mayor himno, cualquier cosa se tornaría prescindible. Fallo de cálculo.

A pesar del pinchazo de los cabezas de cartel, por lo menos se quedó una interesante velada que mereció de sobra la pena por la solidez de Radiocrimen y The Guilty Brigade. Si a ello le sumamos esa voluntad de ir contracorriente y de adoptar un disfraz de por vida frente a los que cambian de chaqueta a la primera de cambio, el respeto está más que asegurado. Los principios no se pueden fingir.

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