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Crónicas

Kadavar en Bilbao: Rompiendo Piedras

«Otros grupos piden escenarios descomunales para maniobrar y todo tipo de pijadas. Ellos con unos pocos metros podrían dominar el mundo.»

Sala Santana 27, Bilbao

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos: Marina Rouan

Hubo un tiempo en el que los tríos dominaron el mundo. No hablamos del actual furor contemporáneo que casi obliga a cualquier banda retro a apostar por este formato para ser tenida en cuenta, sino de aquellos lejanos sesenta y setenta en los que florecían formaciones del calibre de Emerson, Lake & Palmer, Beck, Bogert & Appice o los colosos Cream, que daban sopas con honda a la mayoría de su generación al elevar el blues progresivo a su máxima expresión y sentar las bases de un sonido apabullante que sería recordado hasta el día de hoy. Tres tipos que armaban gresca como si fueran miles.

Herederos de esa gloriosa tradición serían los alemanes Kadavar, que en un plazo breve han conseguido situarse en lo más alto de ese pódium de lo vintage gracias a la perseverancia y a patearse unas cuantas veces la península.

Por mucho que algunos insistan en la importancia de las redes sociales, es evidente que la más eficaz herramienta de promoción sigue siendo el boca a boca y el dejarse la piel sobre el escenario para que luego la gesta se extienda entre la afición. Nos atreveríamos a decir que pocos habrán salido insatisfechos de algún bolo de estos enérgicos germanos, si bien hay que saber pillarles el punto en determinadas ocasiones.

No llegamos a la actuación de Monolord debido a esos horarios infantiles que nos hacen polvo a los que curramos de tarde, pero los comentarios que escuchamos al respecto no puede decirse que fueran especialmente positivos. Ya conocíamos su espesura doom inherente, por lo que perdérnoslos no nos supuso un profundo trauma ni nada de eso, pese a que los habríamos aguantado por deber periodístico si hubieran tocado a una hora razonable.

Foto: Marina Rouan

En la capital del Estado Kadavar deben gozar de un tirón incontestable, a tenor de las oportunidades que ha habido de verles por allí de teloneros o con su propio show, pero por el norte tampoco puede afirmarse que arrastren ingentes masas, pues la entrada apenas alcanzaba la mitad del recinto. En una jornada entre semana y lluviosa tampoco cabe esperar milagros, aunque era reseñable la abundante presencia femenina y el grado de emoción de los fieles, que incluso llegaban a montar pogos. Lo nunca visto en dicho estilo.

A ellos la mayor o menor afluencia les daba un poco igual, porque no tardaron en meterse en faena con “Skeleton Blues” y el resto de piezas que componen su reciente disco en directo, pese a que tampoco respetaron el orden al milímetro. Lo que sí se palpaba es que tenían aquello más que estudiado, cada uno en su respectiva posición a sus labores formando un vórtice inexpugnable. La batería presidía la función desde su atalaya mientras se desencadenaban auténticas orgías guitarrísticas de wah-wah y demás efectos que nada tenían que envidiar a las que montaban Clapton, Ginger Baker y Jack Bruce. Recordamos al instante esa costumbre juvenil de fumar porros en una tienda de campaña, eso que llamábamos “hacer un burbujón” y cómo uno salía al exterior dando tumbos con una tontería considerable en la cabeza. Pues bien, estos tipos reproducen al milímetro esa placentera sensación cuando se tiene el día favorable para meterse en su rollo. De lo contrario, aguantarles se puede tornar una ardua empresa si no se anda con ganas de drogas.

Foto: Marina Rouan

En sus bolos sobran las palabras, la música habla por sí misma a través de sus interminables jams, que en ocasiones alargan tanto que hasta se pierde el hilo. Pero no resulta complicado volver a encontrarse, pegar unas caladas de nuevo y repantigarse en una especie de sofá mental. Eso sí, unos vatios más de sonido se hubieran agradecido para así equilibrar la saña que gastan ellos sobre las tablas con una capacidad sónica apabullante, en ese sentido otras veces les hemos visto lucir más. El tremendo muro que construyen en base a tres pilares impresionaría incluso a un volumen ridículo, su encomiable consistencia deja en la lona las edificaciones de otros combos retro aspirantes al pedestal.

“Tribulation Nation” sigue la senda ascendente antes de sumergirse en un momento tripi con luces psicodélicas sombrías, el único remanso de paz del concierto, un intervalo para flotar, mirar alrededor y perder la más mínima noción espacio-temporal mientras se escuchan de fondo ecos reverberantes. Un puestazo que se disipa a la señal del batería, esa bestia humana que se alza cruzando las baquetas en un fondo rojo en una suerte de diabólica estampa. El poso ocultista vía Black Sabbath siempre estuvo allí.

Su enfoque y contundencia poseen un pie en la época actual, pero no así sus maneras en escena, con una tendencia frecuente a arremolinarse en torno a la fiera de los palos y así demostrar que podrían montar una timba similar en un salón de casa. Otros grupos piden escenarios descomunales para maniobrar, que si luces así o asá y todo tipo de pijadas para envolver un oropel que en realidad no vale un pimiento. Ellos con unos pocos metros podrían dominar el mundo.

Si nos pusiéramos picajosos, les acusaríamos de facturar un recital demasiado medido, muy de oficio y con emociones las justas, pero uno miraba al personal saltando y montando pogos que ni en un bolo punk y casi podría pensar que se trataban de simples aprensiones personales. En los bises, “Die Baby Die” los consagró como auténticos dioses del wah-wah, una revelación a las seis cuerdas de lo inapelable de su evangelio. La prueba definitiva de fe.

Como hemos dicho anteriormente, resulta complicado abandonar un recital suyo con una sensación desagradable. El rollito que crean adquiere tal solidez que ni el hormigón armado, y nuestra fotógrafa hasta afirmó que parecía que estaban “rompiendo piedras”. Y lo cierto es que la cantera tuvo una actividad frenética aquella noche. La polvareda levantada por las ondas penetró el ambiente.

Este mes, en el número 408 de La Heavy encontrarás entrevista con la banda en la que, efectivamente, afirman que: “Podríamos girar por España cada semana”.

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Esta entrada fue escrita por Alfredo Villaescusa

2 comentarios

  • Juandie dice:

    Un placer haber leído esta interesante crónica de los cojonudos KADAVAR a su paso por Bilbao con ese Rock de raíz setentera que a su manera lo bordan al igual que en su concierto bilbaíno.

  • Paco dice:

    Vistos en Murcia. Geniales tanto Kadavar como Monolord (te tiene que gustar, claro).
    Por poner pegas… el horario infantil y los tiempos muy justos… Monolird 40 min y Kadavar 90 min)..
    Y a las 11 a la calle…

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