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Madrid Is The Dark: Corazones latiendo una vez más

«Debería considerarse toda una gesta lograr agotar entradas con un plantel en el que predominaba lo underground. La exquisitez nunca debería estar reñida con la rentabilidad.»

Del 7 al 8 de diciembre

Sala But, Madrid

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos: Irene Serrano

Llega un momento en el que has visto a algunos grupos tantas veces que hasta pierdes la cuenta. Es lo que sucede cuando uno ya tiene cierta edad, se ha recorrido unos cuantos festivales y dispone de un considerable bagaje cultural de escuchas aquí y allá. Ya nos advertían en aquellos legendarios comentarios de texto de selectividad acerca de la importancia de contextualizar adecuadamente al autor con su época y con obras anteriores y posteriores. Un hábito que en la actualidad se ha perdido por completo en generaciones capaces de leer algo y no entender nada de la misa la media.

Porque queda claro que no se puede juzgar de la misma manera a combos como Paradise Lost si los has seguido desde mediados de los noventa, cuando lo petaron con esa piedra angular que nos cambió la vida a muchos llamada ‘Draconian Times’, que si te has incorporado al culto ya en la época actual en la que parecen querer nadar y guardar la ropa. O lo que sucede con los black metaleros noruegos Borknagar, a los que vimos en un Wacken con corpse paint y toda la parafernalia sacrílega, allá también por el pleistoceno sin redes sociales, antes de sumergirse de lleno en el folk escandinavo que reivindican en su último disco.

Valga este preámbulo nostálgico para describir las sensaciones que nos producía acudir al festival Madrid Is The Dark, dedicado a sonidos que podrían casi ser la antítesis de lo comercial. Por eso debería considerarse toda una gesta lograr agotar entradas con un plantel en el que predominaba lo underground, salvo las dos o tres imprescindibles estrellas del género que actuaban como reclamo. La exquisitez nunca debería estar reñida con la rentabilidad.

Borknagar

Liturgia doom

Y sin más rodeos, vayamos al grano. Fue una auténtica sorpresa acudir a la sala But a horas intempestivas, a eso de las cuatro de la tarde, y descubrir que aquello ya estaba hasta la bandera con los excelsos catalanes Obsidian Kingdom, que lo mismo mezclaban black metal con rock progresivo y que cualquier melómano de pro debería ver en directo sí o sí. El evento no perdió clase tampoco con Hamferð, doom metaleros de las Islas Feroe que otorgaban a su estilo bastante dignidad eclesiástica hasta el punto de que aquello parecía casi una eucaristía con su liturgia específica. Y al igual que uno se puede emocionar con las procesiones de Semana Santa sin ser para nada religioso, también era factible disfrutar de este original combo por mucho que se reniegue del doom y derivados. Una experiencia mística no apta para superficiales.

Cambio de rollo con Daylight Dies, unos tipos de aspecto recio que agitaban la melena como si no hubiera un mañana y cuyos graves nos taladraban los oídos. El personal les acogió con buena disposición, según pudimos intuir por el headbanging colectivo imperante. Lo cierto es que se marcaban punteos encomiables y la voz limpia del bajista combinaba con sus ínfulas death metal, aunque pillarles el punto resultara complicado si no eras un fan acérrimo. Fijo que algunos discreparán, pero nos pareció que en estudio tenían más gracia.

Debido a la cancelación a última hora de SAOR por problemas con sus vuelos, algunas bandas alargaron ligeramente su repertorio, como por ejemplo los noruegos Borknagar, que probablemente junto a los cabezas del día ofrecieron el mejor concierto de la primera jornada. Se podrá decir que de black metal apenas les queda el blanco del ojo, pero esta reencarnación contemporánea en clave folk no está nada mal. Una fidelidad al terruño escandinavo de la que dieron sobrada cuenta cuando en la prueba de sonido interpretaron a capella el “Helvegen” de Wardruna, si no me equivoco. Siguieron apelando a las esencias vikingas con una intro para perderse por los bosques antes de adentrarse en canciones para hacer hogueras como “The Fire That Burns” o “Up North”, de su reciente ‘True North’.

Que la veteranía es un grado se notó en las descomunales tablas que poseían en las distancias cortas, con un batera apabullante que golpeaba con saña y los espectaculares tonos limpios a la voz que se marcaban tanto el bajista como el teclista. Y si a ello le sumamos un repertorio equilibrado en el que descendieron hasta las catacumbas de su segundo trabajo con “The Dawn Of The End”, poco más cabe añadir para realzar su actuación. Músicos con principios y sin complejos.

Alcest

Exigir calor humano en un concierto de Alcest se torna una utopía tan impensable como la implantación del comunismo en nuestro país, así que desde luego no esperábamos ningún recital para buenrollistas de salvar a las ballenas. Pero si alguna cualidad posee el conjunto comandado por ese compositor genial apodado Neige es que no hace falta ni presentar los temas para que lleguen a lo más profundo del corazón. Basta escuchar las primeras notas de “Kodama” para que a uno se le caiga el alma a los pies, una sensación compartida por una animada muchedumbre que incluso creaba coreografías para las partes lentas. Tremendos.

Bordearon el éter con “Sapphire” o “Protection” de su último lanzamiento y no descuidaron obras maestras como ‘Les Voyages de l’âme’ con “Autre Temps” o ‘Écailles de Lune’ con “Percées de lumière”, esto es, un somero repaso a casi toda su discografía. El apoteósico final con “Délivrance” fue como para irse a orar a un monasterio budista. El único fallo que les achacaríamos, aparte de su conocida falta de empatía en directo, es que con la peña solicitándolo a pleno pulmón no se dignaran a regresar con un mísero bis, aunque por lo que nos comentaron posteriormente eso se debió más bien al horario limitado de la sala. Que vuelvan cuanto antes. Dioses.

La bruja pelirroja

La segunda jornada se iniciaba también con un llenazo considerable a eso de las tres de la tarde. No habría margen alguno para una pesada sobremesa con la personal propuesta de Darkher, una chica de prodigiosa voz y asombrosa pelambrera que le daba a un doom atmosférico con muchos momentos litúrgicos. Se acompañaba únicamente de un tipo encapuchado a la batería, pero eso ya valió para que su ritual funcionara a pleno rendimiento. La colega Rebeca lo definió así: “Vaya invocación, la bruja pelirroja, va a salir Satanás”. Y no podemos estar más de acuerdo.

Los alemanes Disillusion mantuvieron el interés con su mezcla de black metal, doom, e incluso algunos destellos de gothic metal. Llevan en el panorama desde mediados de los noventa, pero era su primera vez en la península, tal y como anunciaron con cierta emoción. Apelaron a la fugacidad de la vida y seguramente sus fieles saldrían satisfechos con un breve recital finiquitado recordando su vertiente más trallera. Agradable entremés.

No conseguimos, por otra parte, pillarles el punto a los británicos Esoteric, unas leyendas del llamado funeral doom, en pie desde hace más de dos décadas y cuyos directos solo podrían ser disfrutados por los muy cafeteros del estilo. Eso sí, se esforzaron por recrear una atmósfera lúgubre con una voz gutural que parecía surgida de catacumbas espectrales y ritmos tan lentos que casi había que sujetarse los ojos con pinzas para aguantar aquello, encima a la hora de la merienda. La pantalla de fondo que a veces mostraba motivos psicodélicos reforzó esta sensación de colocón de oscuridad. Como fumarse un porro en un cementerio.

The Gathering

Después de semejante sopor, se agradeció que los noruegos In The Woods imprimieran algo más de movimiento al asunto y hasta que su simpático vocalista, que chapurreaba castellano, nos preguntara si estábamos “borrachos”. Con su enigmático símbolo de apariencia masónica presidiendo la función, no tardaron en conectar con una peña ávida de tralla sin renunciar a la experimentación que ofrecían cortes como “Empty Streets” o “Substance Vortex”. El final con el tema que da nombre a la banda que apelaba a sus esencias black dejaría buen sabor de boca a más de uno.

Y volvíamos al bajón con The Gathering, que este año precisamente celebraban sus tres décadas en el negocio. Antes de seguir, debemos admitir que nunca conectamos con su propuesta, ni siquiera en los tiempos en los que andaba su carismática Anneke Van Giersbergen al frente, por lo que este sucedáneo de reunión con la noruega Silje Wergeland tampoco nos convenció en exceso, pese a que la chica posea una voz impecable no muy diferente de la de su predecesora.

Pero por lo que comentamos con algunos aficionados, el repertorio no incidió lo suficiente en obras pretéritas del calibre de ‘Mandylion’ o ‘Nighttime Birds’, que apenas se vieron representadas. Su acercamiento al rock alternativo se palpó sin tapujos en “Saturnine” o “Meltdown”, piezas que tal vez pudieran calar más en un ambiente indie que en el de la velada. A nosotros nos resultaron más pesados que una vaca en brazos, pero para gustos, colores. Doom de comuna hippie.

Después de haber visto a Paradise Lost en todas las circunstancias posibles desde mediados de los noventa, ya sabíamos que el tú a tú no era especialmente su fuerte, pues en otras ocasiones se limitaban a dar la barrila con el disco nuevo en cuestión y poco más, con un Nick Holmes más o menos inspirado dependiendo del día. Pero esta vez brillaron hasta la estratosfera con un recital impecable en el que no sobró nada, sonaron contundentes y hasta el voceras bromeó con “la largura de sus penes” en los tiempos del ‘Draconian Times’.

Los históricos de Halifax sabían desde luego a lo que venían y ya de primeras se metieron en el bolsillo al personal con el glorioso “Enchantment”, cuya intro de piano incluso fue coreada por la afición. Siguieron sacando a relucir artillería pesada en “Hallowed Land” antes de recordar la época en la que juguetearon a ser Rammstein con “Isolate”. Cuando se arrancaron con su clásico “As I Die”, el recinto pudo venirse abajo. ¿Qué más faltaba?

Paradise Lost

Pues un Nick Holmes bromista, algo casi tan raro de ver como un eclipse solar, y que esa noche anduvo sembrado y muy pendiente de lo que demandaba la concurrencia. Como por ejemplo cuando alguien gritó “Embers Fire” y se arrancaron de inmediato a complacer al susodicho. Tuvieron su momento solemne cuando anunciaron su intención de “recrear la atmósfera de un cementerio del norte de Inglaterra” en “Beneath Broken Earth” previamente a incendiar la pista de baile con “Erased”, que hoy en día continúa sonando potente de veras.

En los bises tampoco erraron con “No Hope In Sight”, temazo contemporáneo que vale de sobra para mantener la atención antes de un inapelable “Say Just Words”, con el que rompieron la pana, y un “The Last Time” para tocar el cielo con los dedos. No imaginábamos ni de lejos que se cascarían semejante demostración de poderío, probablemente ha sido el mejor concierto que hemos visto suyo, y eso que por lo menos superan la decena, hace tiempo que perdimos la cuenta.

Un broche inmejorable a un Madrid Is The Dark con los corazones latiendo una vez más, como si fuera la última, y demostrando que la nostalgia adereza cualquier actuación hasta el punto de convertirla en algo histórico, por lo menos para cada uno en su interior. El que lo experimente desde fuera, no lo verá así. “Lo esencial es invisible a los ojos”, que decía el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry.

Redacción
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Esta entrada fue escrita por Redacción

1 comentario

  • Juandie dice:

    Pedazo de concierto por parte de 4 de las mejores bandas de Metal Gótico europeas en la Sala But madrileña y que cada cual a su manera estuvieron muy a la altura.

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