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Crónicas

Z! Live Rock Fest 2018

«La sobrecogedora puesta en escena de Stravaganzza fue, sin duda, el mayor despliegue logístico y humano de todo el evento. Once coristas, violinista, teclista y bailarinas con mucha clase que ilustraban diversas canciones con atuendos de acorde a su temática »

Del 15 al 16 de junio de 2018

Zamora

Texto: Jason Cenador Fotos: Hughes Vanhoucke

La valentía, el tesón y la pasión son los catalizadores más infalibles para sacar adelante un festival en una ciudad como Zamora, que volvió a acoger con los brazos abiertos una nueva entrega del Z! Live Rock Fest, probablemente la mayor celebración de alto voltaje que ha contemplado la hermosa provincia, olvidada por algunos pero amada por autóctonos y visitantes.

Bandas de renombre internacional y nacional desfilaron por el modesto pero eficaz escenario instalado en el Auditorio Ruta de la Plata, que gozó de una magnífica acústica durante prácticamente todo el evento. El epígrafe “The Last Chance” acompañaba al nombre de, festival en esta tercera edición, que sin congregar a grandes masas de público sí gozó de una acogida algo mejor que en ediciones pretéritas. Tras la experiencia vivida, el deseo de una cuarta edición es un clamor colectivo que, esperamos, pueda ser logísticamente viable responder.

El astro rey fue generoso en exceso y abrasaba el recinto cuando el power metal de los madrileños Third Dimension comenzaba a emanar trepidantemente de los altavoces ante los pocos que podían hacer acto de presencia a las tres de la tarde de un viernes. Parecidas circunstancias se dieron en el show de Débler, cuyo power metal aliñado con un violín que tizna su propuesta de sinfónico y folk según el pasaje fue respondida por unas primeras filas que traían la lección bien aprendida desde casa, denotando que las canciones del combo madrileño reúnen cada vez a más acólitos.

Aunque de fronteras para fuera es de las primeras bandas españolas que menciona un amante del metal sinfónico, los navarros Diabulus in Musica eran, para una parte importante de los presentes, unos desconocidos que no tardaron en tornarse en una agradable sorpresa. El potencial y la calidad suprema de la que hacen gala bien merecen una mayor repercusión en nuestro país. En Zamora sacaron a relucir su exquisita lucidez interpretativa para completar un concierto que pocos olvidarán y que, además, encajaba perfectamente en el plantel de la jornada.

Orphaned Land.

El power metal volvió por la puerta grande de la mano de Dünedain, banda que sigue teniendo en las habilidades sobresalientes de su guitarrista y principal compositor, Tony Dünedain, uno de sus mayores alicientes en directo. Temas de su época más reciente como las inaugurales “Legado” o “Bola de cristal” convivieron con cortes más antiguos como “Fiel a mi libertad” o “Por los siglos de los siglos”, quedando bien claro que han alcanzado una gran etapa labrada sobre una trayectoria que ya tiene su tiempecito y en la que poco a poco han logrado abrirse hueco en las cotas altas de nuestra escena. Por lo disfrutado aquella calurosa tarde, con todo el merecimiento del mundo.

El cambio de tercio sonoro fue radical cuando los argentinos A.N.I.M.A.L. comenzaron su visceral descarga de agresividad sonora y mordaces letras. La veterana banda, que lleva desde 1991 plantando cara con su abrasivo metal de influencias punk ante aquello que no les gusta, portando un mensaje combativo, de justicia social y de orgullo latino, comulgó con el público desde el minuto uno, y es que un concierto suyo no se entiende sin la interactuación constante y desenfada entre el vocalista y guitarrista Andrés Jiménez y el respetable. De hecho, y ante el inmediato partido entre Portugal y España en el Mundial de fútbol, el locuaz frontman se deshizo en elogios a los presentes, si bien los que estaban viendo el encuentro no quedaron tan bien parados, puesto que no escatimó en insultos de alta graduación hacia ellos, precedidos de un deseo: que pierdan los dos.

Incitaron al público a “montar el caos” y echaron gasolina al mosh pitt constantemente mientras arreciaban temas de la crudeza de “Poder latino”, “Revolución” o “Cop Killer”, versión de Body Count que dedicó sin titubeos a la policía, recordando cuando la tocaron en una prisión y casi se quedan ellos dentro debido a su letra. Combativos y auténticos, los sudamericanos ofrecieron un show sin mordazas ni vacilaciones.

También es eminentemente social el contenido del último álbum de los siguientes en liza, pero su estilo volvió a traer consigo un giro de ciento ochenta grados. Orphaned Land volvió a combinar temas del mentado ‘Unsung Prophets & Dead Messiahs’ como “We Do Not Resist”, “In Propaganda” y “Like Orpheus” con valores seguros como “All Is One”, que volvió a lucir emocionante y en la que pusieron a todo el auditorio a dar palmas; “Sapari” o “Norra el Norra”. Con un sonido pulido y la máquina más que engrasada, los adalides del oriental metal conquistaron el occidente ibérico cumpliendo con las expectativas de quienes los veneran y consagrándose como la mayor sorpresa del festival para aquellos que ignoraban su existencia, y que devolvieron con la misma moneda la simpatía de Kobi Farhi, quien volvió a insistir en que no es Jesucristo pese a que se parecía bastante más cuando vestía túnica y no vaqueros. Sus cada vez más moderados aunque aún llamativos bailes y gestos, y la perenne reivindicación de paz en Oriente Medio no faltaron a su cita.

Stravaganzza.

La sobrecogedora puesta en escena de Stravaganzza fue, sin duda, el mayor despliegue logístico y humano de todo el evento. Once coristas, violinista, teclista y bailarinas con mucha clase que ilustraban diversas canciones con atuendos de acorde a su temática compartían escenario con Leo Jiménez, Pepe Herrero, Patricio Babasasa y Carlos Expósito, que volvieron a dar una soberbia lección de grandilocuencia y expresividad escénica y musical. Lamentablemente, comenzaron con retraso y eso redundó en un setlist recortado hasta apenas cuarenta minutos de duración, en los que cupieron piezas como “Dios”, una rescatada “Miedo”, la siempre abrumadora y colosal “Dolor”, “Deja de Llorar” o, cómo no, la celebradísima “Hijo de la luna”, versión de Mecano. Ni que decir tiene que Leo fue el entregado showman que acostumbra a ser, arengando constantemente al respetable y exprimiendo su consabido privilegiado torrente vocal.

Epica.

El mayor reclamo de la jornada y probablemente del festival era la genial banda holandesa Epica, uno de los mayores baluartes del metal sinfónico europeo. Pocos días después de que se cumplieran quince años de la salida de su memorable álbum debut, ‘The Phantom Agony’, recalaron en la ruta de la plata portando la magia, la elegancia y la contundencia que caracteriza su cada vez más aclamada propuesta, plagada de contrastes y majestuosidad. Volvieron a dar un recital sobresaliente, tal vez excesivamente enfocado hacia sus últimas referencias pero más equilibrado de lo que cabía esperar teniendo en cuenta lo escuchado en su última visita. Así, canciones de reciente factura como la inaugural “Edge of the Blade”, “Ascension – Dream State Armageddon” o la muy coreada “Beyond the Matrix” se intercalaron entre “Sensorium”, una inesperada y siempre colocar “The Obsessive Devotion”, la álgida y conocidísima “Cry for the Moon”, alargada para delirio del público; la imprescindible “Sancta Terra”, con el teclista Coen Janssen como protagonista con su teclado curvo colgado y animando al personal hasta el punto de tocar junto a la primera fila; o la definitiva y siempre increíble “Consign to Oblivion”, para la que pidieron y obtuvieron una buena wall of death. Cabe destacar la completa sintonía entre todos los músicos y la tremenda precisión en cada compás, con un Mark Jansen enorme, una Simone Simons pletórica de voz y un Isaac Delahaye quirúrgico en los solos.

Jose Andrëa y Uróboros.

El colofón de la velada lo pondría, sin temor alguno por el listón establecido por sus predecesores, José Andrëa y Uróboros. El que fuera vocalista de Mägo de Oz exhibió un excelente estado de forma, tanto física como vocal, y calló más de una boca llegando a todos los tonos que se proponía con sobrada eficacia y manteniendo con creces la personalidad que blandía cuando recorría el estrellato al frente de la banda de la brujita. De esta cayeron temas como “El que quiera entender que entienda”, reivindicación previa incluida, “Jesús de Chamberí” o “Astaroth”, estas dos últimas enlazadas en un midley del que se quedó fuera “El lago” debido al retraso acumulado. Y las bordó sin despeinarse, con la convicción del que se sabe seguro de sí mismo, aunque echando en falta el componente folkie en el sonido final. Pero las rentas son para los bancos, y por eso su setlist tuvo como plato principal composiciones como “No cuentes con ellos”, “La canción de los deseos”, “Resurrección” o “Allá donde estés tú”, en las que Chino, uno de los hachas más virtuosos y versátiles de nuestro panorama, y Sergio Cisneros “Kiskilla” se gustaron y dejaron gruesas trazas de su gran calidad. El show, de notable alto.

El pistoletazo de salida de la segunda jornada se dio a las 15:00 bajo una despiadada solana que marcó irremediablemente el devenir de la tarde. El calor apretó durante horas y propició que las sombras fueran refugio cotizado y concurrido. Fue el sorprendente combo de thrash metal Soldier el encargado de desafiar las condiciones con una mordaz y afilada selección de temas con brutalidad pero con alternativas, casando muy bien con diversas ramas del género. Demostraron tener argumentos de sobra para escalar posiciones, si bien es imperativo moverse y jugar las cartas adecuadas para ello.

Lèpoka.

Ni cortos ni perezosos, los componentes de Lèpoka aparecieron en escena ataviados con amplias sotanas marrones que, a buen seguro, les hicieron sudar de lo lindo, algo que no les cohibió a la hora de acometer con gran energía su folk metal, que en directo resultó sorprendentemente robusto, con una rocosa base rítmica. Sobre ella, el violín describía vibrantes y pegadizas melodías que junto a las desenfadadas letras de inundaron de buen rollo el lugar. Por algo bautizaron como ‘Folkoholic Metal’ su primer álbum, si bien fue el segundo, también de temática etílica y titulado ‘Bibere Vivire’ el que protagonizó el repertorio con temas como “Yo controlo”, la cual hicieron corear a todo el público llamándonos después con sorna mentirosos. Divertidos a rabiar dejaron patente que su estilo sigue vivo y coleando en nuestra escena y llegaron a contar para un tema con Diego Palacio, quien fuera flautista de Mägo de Oz y actualmente en su banda, Celtian.

Opera Magna.

De la cúspide de la diversión pasamos de golpe y porrazo a la cúspide del virtuosismo, el que nos dejó boquiabiertos en cada tema de los valencianos Opera Magna. Voz, guitarras, teclado, bajo y batería dieron un recital de excelsitud absoluta en temas como “Para siempre”, detenida en nuevo clásico; “Horizontes de gloria”, “Corazón delator” o “La herida”, plagados de solos estratosféricos. Confirmaron que era la primera vez que actuaban en Zamora, incitándose a ellos mismos a salir más de Valencia y apreciando el arropo de un público que salió en estampida hacia el escenario tan pronto como sonó el primer acorde. Para gustos se hicieron los colores, pero es de una evidencia aplastante que cualquier amante del power metal sinfónico o neoclásico debería venerar al conjunto levantino como uno de los más sobresalientes que ha dado el género. Ellos no necesitan abusar de pistas disparadas, puesto que su solvencia es tal que clavan una y mil veces en vivo lo que plasmaron en el estudio.

Otra banda que merece mucha más repercusión de la que tiene es Killus, siguientes en la palestra. Su concierto fue el más adrenalínico de la jornada, una descarga de energía a la altura de los más grandes del metal industrial. No pararon quietos ni un solo instante y, a pesar del sol abrasador, aparecieron en escena con sus habituales pintadas. Con tantísimo dinamismo y entrega, me juego lo que queráis a que perdieron peso. Su brutalidad eléctrica y sus opresivas atmósferas electrónicas gozaron de una magnífica acogida por parte de una audiencia que dio el do de pecho en temas como “Like a Monster” o “Ultra Zombie”. Nunca antes se hicieron tantos circle pits en Zamora.

El camino estaba más que allanado para que los marselleses Dagoba prosiguieran con la línea ascendente de salvajismo sonoro. La contundencia de su metalcore estuvo acompañada de una muy buena actitud, si bien Killus había dejado el listón tan alto que hubo fases en las que parecimos añorar más cafeína. Sin salirse del guión y haciendo gala de una aplastante contundencia rítmica, eje central de su propuesta, se fueron sucediendo temas como “I, Reptile”, “The Man You’re Not”, “The Sunset Course” o “The Great Wonder” que castigaron de lo lindo nuestros ya maltrechos cuellos. Pero esto es metal y a eso habíamos venido.

Rhapsody of Fire.

La melodía pasó de cero a cien conforme Rhapsody of Fire irrumpía en escena, de una manera algo vulgar, puesto que probaron parte de un tema e interactuaron con el público antes de retirarse para, ya tras la sintonía, volver a emerger bajo unos focos cuya luz aún apenas se atisbaba. Aunque el único miembro original de esta bifurcación de Rhapsody, paralela a la que se despide con Fabio Lione y Luca Turilli como estrellas, es el teclista Alex Staropoli, fue el sobresaliente vocalista Giacomo Voli quien llevó el peso escénico, quedando el primero relegado a la parte trasera del escenario con una presencia visual testimonial. Eso sí, a diferencia de los Rhapsody que se despiden, más aclamados y seguramente más auténticos, aquí el teclado sonaba en riguroso directo. La abrumadora mayoría de los temas que sonaron fueron clásicos de la etapa dorada del buque insignia del power metal sinfónico como “Dargord, Shadowlord of the Black Mountain”, “The March of the Swordmaster”, “Dawn of Victory”, “Holy Thunderforce” o la concluyente “Emerald Sword”, con un vocalista y unos instrumentistas impecables. Con todo y aunque duela, estábamos más bien ante una muy buena banda de versiones que ante Rhapsody, puesto que en esta aventura de aferrarse a la formación de la que fue uno de los principales compositores por parte de Staropoli, faltan demasiados condimentos esenciales.

Si hay una banda que es garantía absoluta e infalible de un gran concierto, está es, sin duda, Saurom. A los gaditanos no les hacen falta más que unos segundos para hacer saltar a todo un auditorio con su alegre y festiva pócima musical de folk, rock y metal,  cuyos efectos embriagadores son de sobra conocidos. Con su simpatía natural, Miguel A. Franco, por cuya garganta no pasan los años, desató más de una carcajada, y la extrema inquietud del bajista José Gallardo contagió a todos y cada uno de los presentes.

Saurom.

Si llevase un cuentakilómetros sobre el escenario, seguro que alucinaríamos con su marcador. Y qué decir del gran Narci Lara, alma mater de la banda y hombre orquesta, quien indistintamente saca brillo a instrumentos como gaita, flauta, violín y, claro, guitarra, en perfecta armonía con Raúl Rueda a las seis cuerdas solistas, el gran Santi Carrasco a las teclas y el efectivo Antonio Donovan a las baquetas. Aunque en esta ocasión no traían malabaristas ni más integrantes a excepción de un músico auxiliar con violín o flauta, temas como “Dies Irae”, “La musa y el espíritu”, “La leyenda de Gambrinus”, “La batalla con los cueros de vino” o “La posada del Poney Pisador” fueron toda una delicia. La traca final del show, con “Saltimbanqui”, “El círculo juglar”, en la que nos instaron a hacer un gran círculo; “El carnaval del diablo”, “Fiesta” o “La taberna” fue rotundamente apoteósica y dio a luz a uno de los momentos de mayor euforia colectiva de todo el festival.

Sonata Arctica.

El coitus interruptus llegaría con el soporífero concierto de Sonata Arctica, reflejado en la quietud y el tedio que fueron consumiendo a los espectadores conforme avanzaba renqueante entre temas de su etapa post ‘Unia’, relegando a la mínima expresión los discos que los condujeron a la cima cuando el power metal  era la vela que guiaba su barco. No se critica la evolución musical y la legítima transformación inherente al paso de los años, sino el desprecio casi absoluto a los que, sentido común en mano, son los temas más aplaudidos y deseados por el grueso de su audiencia. Si a ella se deben, el show de un Tony Kakko, muy justito de voz, y los suyos rozó el desprecio, y arrancó como respuesta la apatía. “Shitload of Money” abría a ritmo de hard rock a lo Mötley Crüe un show en el que se sucedieron con más pena que gloria temas como “Last Days of Grace”, la pretérita pero muy acompasada “Broken” – abusaron de medios tiempos, quizá amoldando el repertorio a su estado de forma -, una muy estropeada “Paid in Full”, “Where the Wolves Die Young”, en la que para colmo de males se les fue el sonido; o “Closer to an Animal”. Solo “I Have a Right”, la ineludible “Fullmoon”, en la que el desempeño de Kakko bordeó lo inaceptable, y la recurrente y acelerada “Vodka”, con la que suelen terminar, lograron levantar los brazos de los asistentes.

Obús

Pocas bandas podían levantar aquello y llevar a un estupendo fin de fiesta como los históricos Obús, que ante un público ya más mermado en número tiraron de oficio, garbo y dignidad para hacernos corear clásicos como “Te visitará la muerte”, “Yo solo lo hago en mi moto”, “Necesito más”, “Que te jodan”, “La raya” o “Prepárate”. El repertorio, que no deja hueco a sorpresas en los últimos años, tuvo que ser recortado a causa de, retraso acumulado de manera que se quedaron fuera algunas de las imprescindibles, caso, por ejemplo, de “Autopista”, aunque hubo tiempo de ver a Fortu, en su línea, muy correcto de voz y con sus clásicas expresiones de desparpajo y descaro, hacer el pino o interpretar una breve pieza de percusión. También de escuchar a Fernando Montesinos marcarse más de un minuto de “The Ace of Spades”, homenajeando con bajo y voz la figura de su admirado Lemmy Kilmister justo antes de la presentación de los músicos y de un posterior solo de batería. La guinda la pusieron con una “Vamos muy bien” autobiográfica para algunos de los supervivientes de la jornada.

Culminó así un festival agradable, de admirable ambición en un contexto modesto y que deseamos de corazón que tenga una cuarta entrega. Que no hubiera desmentido por parte de los devotos del buen metal que llevan a mi queridísima Zamora la oportunidad – que no sea la última, como rezaba el cartel – de disfrutar de fantásticas bandas como las que se dieron cita es buena señal.

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1 comentario

  • andrescyco says:

    Gratamente impresionado en mi asistencia al Z! Live Rock Fest.!!!
    EL Auditorio al aire libre tiene una acústica impresionante. La Organización del evento, rayando la perfección. Los W. C., siempre limpios durante todo el evento. Algo muy de agradecer. Buen.rollo con la seguridad. Mucha oferta culinaria asequible.
    Y sobre todo muy buen rollo entre el público asistente. Todavía se me ponen los pelos a flor de piel cuando la gente dejó un pasillo para que una chiquita con una grave enfermedad que asistía al evento en su silla de soporte vital junto con su familia y amigas, pudiera ver de cerquita a los chicos de Rhapsody. Sólo por eso y siendo heavy más de treinta y siete años de mis cincuenta y uno puedo decir que mereció la pena venir a Zamora a este concierto. Orgulloso de ser heavy por siempre.

    Pdb
    La única pega…. La próxima vez. . Algún tenderete que tenga cafetería.
    Los vuejetes como yo, necesitamos cafeína para aguantar dos días en plena forma.
    JejejeGratamente impresionado en mi asistencia al Z! Live Rock Fest.!!!
    EL Auditorio al aire libre tiene una acústica impresionante. La Organización del evento, rayando la perfección. Los W. C., siempre limpios durante todo el evento. Algo muy de agradecer. Buen.rollo con la seguridad. Mucha oferta culinaria asequible.
    Y sobre todo muy buen rollo entre el público asistente. Todavía se me ponen los pelos a flor de piel cuando la gente dejó un pasillo para que una chiquita con una grave enfermedad que asistía al evento en su silla de soporte vital junto con su familia y amigas, pudiera ver de cerquita a los chicos de Rhapsody. Sólo por eso y siendo heavy más de treinta y siete años de mis cincuenta y uno puedo decir que mereció la pena venir a Zamora a este concierto. Orgulloso de ser heavy por siempre.

    Pdb
    La única pega…. La próxima vez. . Algún tenderete que tenga cafetería.
    Los vuejetes como yo, necesitamos cafeína para aguantar dos días en plena forma.
    Jejeje

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