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Crónicas

Kriston Fest: Earthless + Mondo Generator + Årabrot + Turbowolf + The Hellacopters + Kadavar + Dozer + Church Of The Cosmic Skull

«Por otra noche así un servidor vendería hasta el alma. Si es que nos la encontramos.»

Sala Mon y sala La Riviera, Madrid

Texto: Yorgos Goumas y Alfredo Villaescusa. Fotos: Alfredo Villaescusa

En su octava edición, este festival inauguró su formato de dos días para que así las bandas tuviesen tiempo de desplegar sus setlists enteros. Una mejora entre otras ya adoptadas como han sido contratar a bandas que son muy difíciles de ver por estos lares. En la primera jornada del festival pudimos ver a tres bandas con propuestas diferentes, pero siempre dentro del marco sonoro del festival.

Primera jornada. Sala Mon: Earthless + Mondo Generator + Årabrot

Los noruegos Årabrot tienen la propuesta musical más oscura, diversificada y más difícil de catalogar y, por ende, la suya fue la actuación más interesante de la velada. Su frontman, Kjetil Nernes, salió con un atuendo a lo amish (ya sabéis, el grupo religioso y étnico que vive y se viste según los preceptos protestantes de siglos anteriores), supongo que para acentuar así la temática religiosa de varios de sus temas, por eso me recuerdan a veces a un Nick Cave y su obsesión con el aspecto más siniestro de la Biblia, aparte de las evidentes similitudes musicales y estilísticas. Temas como “The Gospel”, con el que abrieron su actuación, el tema tradicional “Sinnerman” (Nina Simone lo versionó en 1965) o “Story of Lot”, dan buena fe (juego de palabras intencionado) de esto. Por otra parte, igual que Nick Cave, las influencias literarias de Nernes también incluyen a los poetas románticos (y malditos) del siglo XIX como Beaudelaire o Isidore Ducasse (Conde de Lautréamont) ya que rinden homenaje a este último en su tema “Maldoror’s Love”. Si pusiéramos en una batidora algo de Talking Heads, Neurosis, Swans, The Stranglers y The Birthday Party, acaso podríamos hacernos una idea de lo que va su música. Sólo para melómanos eclécticos.
¿Acaso soy el único que cree que después de la disolución de Kyuss sus miembros pocas veces consiguieron igualar (de superar ya ni hablemos) aquel pico artístico con sus proyectos posteriores (Queens of the Stone Age, Eagles of Death Metal, Unida, Fu Manchu, etc.)? Lo mismo opino acerca de Mondo Generator, la banda que fundó Nick Oliveri en 1997 y que le ocupa a tiempo completo desde 2004 (como anécdota cabe mencionar el hecho que Oliveri felicitó a un chico que estaba a mi lado en primera fila por llevar una camiseta de Bloodclot, uno de sus proyectos paralelos). Arrancaron con el doom de “Molten Universe”, tema de Kyuss, para acto seguido pasar al groove del “13th Floor”, del debut de la banda que nos ocupaba. Le siguieron “The Last Train”, tema que en su versión de estudio Oliveri contó con sus ex compañeros Josh Homme y John García.

“It’s You I Don’t Believe” afortunadamente tiene suficiente groove como para hacer que los primeros pogos empezaran a hacer acto de presencia, aunque, por supuesto, se hicieran más intensos con la irrupción de otros dos temas de Kuyss: “Green Machine” y “Love Has Passed Me By”, uno de los momentos álgidos del concierto, como con el muy alternativo “Shawnette”, “Lie Detector”, el punki “I Never Sleep”, la curiosidad del “Kyuss Dies” (de Vista Chino, la banda que formaron los ex-Kyuss Nick Oliveri, Brant Bjork y Scott Reeder).

Earthless (foto de su concierto en Bilbao)

Otro momento con pogos y body surfing incluidos fue cuando sonó “Allen’s Wrench” de Kyuss que fue seguido por “Stuck in the Sky”, “Like in the Sky”, el tema de QOTSA “Gonna Leave You”, el explosivo “Fuck You I’m Free” y el sempiterno “You Think I Ain’t Worth a Dollar, but I Feel Like a Millionaire”, también de QOTSA, para regocijo de los allí presentes. Lo dicho, no me entusiasman para nada y creo que la aceptación de Oliveri se debe más bien por su pasado que por su presente.
Los californianos Eathless son una de esas bandas como Graveyard, Horisont, The Vintage Caravan o The Sword, que dejan bien clarito que adoran la psicodelia, el blues rock, el heavy rock de toda la vida y/o el krautrock tal como quedó patente con el tema instrumental con el que abrieron su actuación, “Uluru Rock”, que contiene todos los aspectos positivos y negativos de la banda que posteriormente se repitieron a lo largo de toda su actuación: una buena idea inicial, un riff de dimensiones cósmicas y que engancha, pero que es seguido por largas improvisaciones guitarreras.

Puede que riffs como el de “Black Heaven” nos recuerden a unos Led Zeppelin, el de “Electric Flame” a unos UFO, y el de “Gifted by the Wind” a unos Thin Lizzy o Black Sabbath, pero todos los temas sin excepción acababan en largas improvisaciones guitarreras que parecían tener el único propósito de demostrarnos que su frontman, Isaiah Mitchell, ha escuchado a todos los discos y bootlegs de Jimi Hendrix y Cream y conoce a cada uno de sus trucos y efectos… sin bajar jamás de velocidad y he aquí el gran problema de su actuación: la falta de variedad y su empeño a tocar a toda pastilla sin parar durante toda la actuación.

Que sí, que son unos músicos competentes (ver a Mario Rubalcaba aporreando su kit es digno de admiración), pero un buen músico también sabe cuándo hay que añadir variedad, jugar con la intensidad y el ritmo de los temas, dar un respiro a su público y volver a atacar con fiereza antes que decaiga el ritmo del concierto.  Sinceramente, no me interesa escuchar una variación del solo guitarrero de “Foxy Lady” o “White Room”, por poner un ejemplo, durante más de una hora y “Violence of the Red Sea” fue uno de esos temas que sonaron aquella noche y que fueron todo un bombardeo a los oídos… y no en el buen sentido, precisamente.

Obviamente, todo esto son impresiones personales mías ya que se podía ver al final de la velada cómo la gente salía de la sala con una cara de satisfacción más que elocuente y al fin y al cabo esto es lo más importante.

Segunda jornada. La Riviera: Turbowolf + The Hellacopters + Kadavar + Dozer + Church Of The Cosmic Skull

Hay ocasiones en las que se hace obligatorio estar en un sitio determinado. Sobran el resto de consideraciones acerca de la manera de llevarlo a cabo. Presencia requerida e inexcusable. Se trataba de una de esas citas en las que había que acudir hasta primera línea del frente bajo pena de pérdida de integridad en caso contrario. Y más si hablamos de una de esas bandas de las que crean un antes y un después en nuestra existencia hasta el punto de empujarnos incluso a llevar pantalones de campana una buena temporada.

Definitivamente algo se resquebrajó en el mundo a mediados de los noventa cuando nos asoló aquel vendaval de guitarrazos escandinavos.

Church Of The Cosmic Skull

Por todos estos motivos, la última edición del Kristonfest cobraba un atractivo más que capital con The Hellacopters en lo más alto de la cima y escaladores notables del calibre de Kadavar, que en la capital del reino gozan de un predicamento apabullante, como ya se ha podido comprobar veces pasadas. No obstante, habría que alcanzar el ecuador de la velada para que el recinto alcanzara esa masificación propia de los grandes actos de alto copete, pese a que un variopinto cartel, desbordante de calidad, aconsejara no desperdiciar nada.

Así lo pensamos, por lo que ni se nos pasó por la cabeza perdernos a los neohippies Church Of The Cosmic Skull, unos chalados que ya llamaban en un principio la atención por sus ropajes blancos y apariencia parroquial. Y la música era también gloria bendita, con ecos de Fleetwood Mac, Jethro Tull y hasta Meat Loaf por la combinación de voces masculinas y femeninas. Todo ello envuelto en un halo de melodías setenteras en el que caben cosas tan dispares desde Kansas a Cher en la época de ‘Gypsies, Tramps and Thieves’. Una delicia de gourmet con chicas bailando como en un guateque y estribillos que no podrían entenderse sin imaginarse un púlpito. Alabemos, hermanos, a estos genios contemporáneos.

Dozer

Con semejantes mimbres a nadie se le ocurriría realizar ninguna matanza en las islas Cíes. Ya lo decían ellos en una de sus canciones, la revolución siempre viene acompañada de un acto de amor. Abracémonos, pues.

Por meros gustos personales no nos fliparon tanto los suecos Dozer, pese a que su entrega sobre las tablas fue encomiable y había que ser un tipo muy frío para no acabar rendido ante su stoner rock, potente como un martillo, con una puesta en escena en la que varios de sus miembros parecían poseídos. Llevaban tanto tiempo sin recalar por estos lares que ironizaron sobre el hecho de que la última vez que estuvieron en la península muchos de nosotros “igual ni existíamos” antes de que al voceras le entrara un arrebato sentimental y confesara lo siguiente: “Os quiero, pero quizás beba demasiado”. Bueno, como se suele decir, nadie es perfecto. Su estilo no nos epató tanto como lo anterior, pero se nos pasó su bolo volando. Y eso suele ser buena señal.

Y lo de los alemanes Kadavar suele adquirir ya tintes de otra dimensión.

Kadavar

Da igual las veces que uno los haya visto en directo, solo el simple acto de contemplar en las distancias cortas a ese batería-bestia, que casi parece a punto de transformarse en licántropo, es todo un espectáculo en sí mismo. Su derroche de electricidad sin paliativos encontró muy rápido acomodo en una parroquia deseosa de encomendarse a los designios de estos colosos. Rotundos comienzos como los de “The Old Man” deberían pasar sin mérito adicional a la historia de la música, pues la peña los recibe como si fueran auténticos himnos e incluso se atreven a cantar el riff principal. Verlos revolcarse por el suelo o poner caras de alcanzar el éxtasis contribuye a la sensación de estar en un bolo único y irrepetible, por mucho que se noten sus trucos a la tercera o cuarta vez de coincidir con ellos. Y el momento de “Die Baby Die”, con el vocalista elevando el instrumento a modo de ofrenda a los dioses, sigue siendo uno los máximos mandamientos dentro del culto. Herejía total no saber a estas alturas el porqué de su descomunal predicamento en la península.

Pero si nos ponemos religiosos, en uno de nuestros máximos altares personales se hallarían The Hellacopters, que desde que volvieran a la actividad en directo han dado multitudinarias eucaristías, capaces de convertir a su causa hasta al más escéptico, incluso aunque toquen a un volumen casi inaudible, como les sucedió en su bolo de reunificación en el festival Azkena. Porque ver juntos a Nicke Andersson y Dregen sobre las tablas es ya demasiado tema de por sí, una inefable pareja a la altura de las leyendas más insignes, caso de Jagger y Richards, Gene Simmons y Paul Stanley, Steven Tyler y Joe Perry, y tantos otros. Un selecto panteón del que deberían formar parte por derecho propio esos tipos que destilan una magia tal que echa para atrás.

Nicke Andersson (The Hellacopters)

Con una chulería impresionante salió Nicke bebiendo cerveza y fumando un pitillo, con la seguridad del que sabe legar noches para la historia. El enérgico arranque con “Hopeless Case of a Kid In Denial” pudo hacer  temblar los cimientos del edificio antes de insuflar épica añeja en “Carry Me Home”. Era obligado el recuerdo a la primera época, en concreto a aquel salvaje ‘Supershitty To the Max!’, una retrospectiva que inauguraron con el trallazo “Born Broke”, munición suficiente para que Dregen soltara patadas voladoras y exhibiera ese cuelgue solo digno de un grande del puto rock n’ roll.

Y en todo evento legendario que se precie hace falta rendir homenaje a los mayores, a los pioneros que cimentaron el camino allá por los 60 y 70, por ejemplo, los Rolling Stones y un fragmento de “Bitch”, temazo de ‘Sticky Fingers’ reconocible por sus inolvidables trompetas. Y alcanzaron el aquelarre eléctrico con dos piezas para levantarse del sitio, “Like No Other Man” y “The Devil Stole The Beat From The Lord”. Para santiguarse de inmediato.

El blues desgarrado de “My Mephistophelean Creed” ya lo habíamos escuchado antes en directo, pero nos sigue poniendo los pelos de punta, a la par que se nos hace la boca agua imaginando ese próximo trabajo en estudio que esperamos que se materialice algún día. ¿Quién dijo que los temas lentos eran un muermo? De sobra es conocido que a veces es complicado permanecer quieto al escuchar determinadas cosas, pero eso no debía entrar en la mollera de los seguratas de la sala que se encargaban de cortar las alas a los aficionados a volar por encima del personal. Cualquiera se atrevía a poner diques a la punkarra “Ghoul School”.

El fiestón llegaba a tal nivel para entonces que los pogos brotaron por doquier y el desfile de surfistas de multitudes comenzaba a exasperar un poco a los responsables de seguridad, algunos turbojugend (club de fans de Turbonegro)  no dudaron en apuntarse a desafiar el orden establecido. La rebelión se sofocó ligeramente gracias al repertorio variado a más no poder con el que nos deleitaron los suecos, aunque nunca sonó un “baby” tan estruendoso como en “Toys and Flavors”.

Dregen (The Hellacopters)

Se acercaron al power pop que Nicke hace en la actualidad con Imperial State Electric en “Down On Freestreet”, pero eso no quitó para que continuáramos en trance. Hubiéramos prescindido de “No Song Unheard” por algo más punkarra tipo “Random Riot”, pero no tardaron en meter zapatilla de la buena con “Soulseller”, que volvió a elevar alas entre la concurrencia. Un impepinable “By The Grace Of God” sirvió para elevar los ánimos hasta la estratosfera y conseguir que los gritos de “hey” del final resonaran en kilómetros a la redonda. Enormes.

Al voceras Nicke se la suda el postureo y por eso no suele hablar casi nada en los conciertos, pero no pudo evitar en esta ocasión agradecer la desmedida entrega del respetable antes de regresar para los bises con una emotiva “I’m In The Band”. Y los mástiles elevados hacia el cielo recibieron ese estallido de rabia llamado “(Gotta Get Some Action) Now” en el que el carismático vocalista se arrodilló frente a un ampli mientras Dregen se subía al mismo para saltar. Una estampa inolvidable.

Tal vez nos moló más cuando concentraron su repertorio en el álbum debut, por aquello de la furia punk, pero la variedad también se agradece, sobre todo en un grupo en el que hasta las baladas suenan intensas. Toda una orgía eléctrica de las que hacen afición. Esperando desde ya con ganas su próxima ceremonia.

Turbowolf

Y después de sentar cátedra, el rollo variopinto a lo Jane’s Addiction o Faith No More de Turbowolf nos sonó un poco a chiste, pese a que demostraran una entrega encomiable y que consiguieran que nadie se durmiera a unas horas que comenzaban a ser intempestivas. Quizás se trataba de una propuesta demasiado chalada, que tampoco escatimaba en una vena punk deudora de At The Drive-In, pero hay que reconocer su capacidad para movilizar a las masas, como en “Solid Gold”, donde la muchedumbre saltó en el estribillo igual que si fueran las siete de la tarde. Su desmadrado vocalista no dudó en cubrirse la cabeza con un pañuelo sin venir demasiado a cuento. Puro surrealismo en vena.

Queda claro que algunos grupos, por más que lleven más de una década sin sacar disco de estudio, siguen conservando su hueco en el corazón de la gente y se les reverencia con una fidelidad casi religiosa. Y no es para menos, ver a The Hellacopters en directo debería incluirse entre los mandamientos principales de todo rockero de pro. Por otra noche así un servidor vendería hasta el alma. Si es que nos la encontramos.

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Esta entrada fue escrita por Redacción

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