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Crónicas

Roskilde Festival 2022: Cincuenta veces, por fin, tras la pandemia

«Pediré, eso sí, a los Reyes Magos, que en 2023 haya más rock en el Orange. Aún y con esa pequeña mancha a su legado de cincuenta ediciones, este 2022 quedará en mi recuerdo como un año muy especial»

Del 29 de junio al 2 de julio

Roskilde, Dinamarca

TExto: Juanlu Herranz. Fotos: Peter Troest y Christian Hjorth

Foto: Peter Troest

Una vez más, Juanlu Herranz se desplazó a tierras nórdicas para comprobar lo que tenía que ofrecer uno de los festivales decanos del continente, que cumplía su cincuenta aniversario. Es posible que haya sido el festival menos rockero sobre el papel de los últimos años, pero eso no ha impedido ver conciertos de gran calidad de todo tipo de estilos y muchos de ellos con las guitarras como grandes protagonistas. Aquí tenéis la crónica de cuatro jornadas en las que nos reencontramos con el Orange Feeling.

Miércoles, 29 de junio

Volver a pisar el recinto de Roskilde después de tres años, con la que ha caído entre medias, fue algo parecido a tener una experiencia religiosa, por lo que cuentan los creyentes. Yo al final creo en la música y la amistad, y eso fue algo que se vivió allí intensamente desde el minuto uno. Para arrancar a las cinco de la tarde, recordad que el primer día el recinto abre a media tarde, nada mejor que ir al Avalon, que se convirtió en el escenario preferido del festival, para movernos al ritmo de los irlandeses Fontaines D.C. Después de editar ‘SkintyFia’ este mismo año, ha seguido subiendo como la espuma su popularidad. Post-punk entendido a su manera con el que bailar y corear sin preocupación. Himnos como “Boys in the Better Land”, “Sha Sha Sha” o “Televised Mind” nos pusieron una sonrisa que ya no desapareció hasta la despedida del recinto cuatro días después.

La curiosidad hizo que me acercara a merodear en el Arena lo que ofrecía como espectáculo la brasileña Anitta. En realidad, mucho baile y movimiento de glúteos, pero sustentada en poca chicha musical, ni siquiera relevante dentro del apartado pop, así que puse rumbo al Pavilion para ver a uno de los grupos que se me escaparon en el reciento Azkena Rock Festival, Daniel Romano’s Outfit. Y menos mal que aquí pude verlos, porque resultó una auténtica maravilla. Una banda súper engrasada la que dirige el canadiense en la que se entremezclan el rock y el country de una manera perfecta, igual que las voces masculinas y femeninas. Un lujo que puso patas arriba la carpa.

De allí regresamos al Arena para ver a un par de leyendas, Robert Plant & Alison Krauss. Había podido ver en el festival a ambos por separado, pero tenía muchas ganas de ver su concierto conjunto, y no defraudó. Robert mantiene un buen chorro de voz. Igual, para disgusto de muchos, no ha sido mala idea no reunirse con Led Zeppelin para ser capaz de no arrastrarse vocalmente como muchos de sus compañeros de generación a su edad. Aunque dicho esto, lo que más disfruté fueron sus revisiones de clásicos de Zeppelin como “Rock and Roll” o “The Battle of Evermore”, donde también brilló la voz de Alison. Incluso se animaron con “When The Levee Breaks”, tema que también popularizó la banda en al álbum ‘IV’. Un auténtico deleite sensorial.

Turnstile. Foto: Peter Troest

Y a continuación, uno de los grupos que más ganas tenía de ver del festival: los norteamericanos Turnstile, que desde que editaron ‘Glow On’ el año pasado, han puesto el hardcore punk en un nivel de atención de grandes medios poco habitual para su estilo. Pero vista su actuación, es de manera muy merecida. El público se volvió loco en el Avalon con bailes, pogos y todo tipo de celebraciones de la vida que nos habíamos perdido en estos dos años de pandemia. Una hora sin parar, con un Brendan Yates pletórico en el rango vocal y soltando pildorazos como “Mystery”, “Underwater Boi”, “Alien Love Call” y sobre todo “Holiday”, que se ha convertido en mi canción de verano. Estos conciertos son de los que te llevas a la tumba.

Aún con ese subidón nos movimos al Arena para despedir la jornada inaugural con unos clásicos modernos como son Biffy Clyro. Le tengo mucho cariño a los escoceses porque son de esos grupos que no fallan en directo. Y una vez más cumplieron con esta premisa. El look descamisado y sudoroso de su cantante-guitarrista Simon Neil invita a meterse en primeras filas y corear sus temas. Así que eso hicimos, porque si bien han editado dos discos en esta pandemia, para qué vamos a engañarnos, himnos como “Bubbles”, “Black Chandelier” o “Living Is A Problem Because Everything Dies” fueron los que más levantaron al público. Un cierre a la altura de una jornada extraordinaria.

 Jueves, 30 de junio

El segundo día estuvo casi protagonizado por completo por mujeres. Con muchas variedades estilísticas y un gran nivel en toda ellas. Skyferreira demostró que se puede hacer un buen revival del synth pop con elementos de oscuridad que nos ayudó a arrancar la jornada con muy buenas vibraciones. La noruega Sigrid convocó a mucha gente en el Arena. Y he de reconocer que me gustó su propuesta. Arropada por una banda muy competente, sus canciones pop con un toque melancólico sonaron potentes y nada lánguidas. Puedo entender su éxito en tierras escandinavas.

Como necesitábamos reencontrarnos con el mítico Orange Stage, no dudamos en ver el concierto de media tarde de Kacey Musgraves. La norteamericana que ha hecho que el country (no el más purista, sino el edulcorado con melodías pop) alcance los primeros puestos en las listas de ventas al otro lado del Atlántico dio buena cuenta de los mejores temas de sus dos últimos discos, ‘Golden Hour’ y ‘Star-crossed', así como un par de versiones con las que ganarse al público, “Can’t Help Falling In Love” y “Dreams”, en la que hizo karaoke en las pantallas con el público que le siguió el juego.

Nos salimos de la tónica femenina del día para reencontrarnos con Jimmy Eat World en el Avalon. Ellos son más mayores, pero nosotros también, así que corear a gritos temas como “Bleed American” o “The Middle” más de dos décadas después en el fondo nos rejuveneció un poco a los cuarentones que no somos la media de edad en un festival protagonizado siempre por la juventud, aunque este año con los fastos del cincuenta aniversario sí se vio a mucho personal de toda la vida, que tal vez dejó de venir al festival hace dos décadas, pero que quería estar en esta edición por recordar los viejos tiempos.

Después de esto le llegó el turno a dos divas pop, pero en niveles diferentes de popularidad aunque no tan alejados en lo interpretativo y escénico. Primero en el Arena Rina Sawayama. La japonesa-británica ha entrado con fuerza en el último par de años, y visto lo visual y bailable de la propuesta, no descarto que en breve pueda pelearle el trono a la que resultó a la postre la gran triunfadora del día por capacidad de convocatoria en el Orange, que fue Dua Lipa. Un auténtico “guilty pleasure” para una persona como un servidor, de mayor background rockero, pero que nunca dice no a una propuesta bien realizada. Y la suya lo es. Esta gira de su disco ‘Future Nostalgia’ es sobrenatural por su carisma escénico. Y porque los temas tan en la onda de una serie tan actual como ‘Stranger Things’, pero que evoca a un pasado ochentero, son auténticos himnos pop. No me duele en prenda corear “Physical”, “Be The One” o “Don’t Start Now”. Una diosa en lo suyo, vaya.

Y para recuperar el hilo de las guitarras, Phoebe Bridgers en el Avalon. ‘Punisher’ es una pequeña joya del indie rock y su voz es de las que cautivan a la primera escucha. Una de esas recomendaciones que me permito hacer a quien quiera descubrir a una artista joven con mucho que decir.

El día había sido largo, pero no nos resistimos a cerrarlo en el Orange con la única fiesta electrónica a la que asistimos en esta edición, con el dúo británico The Blaze. Nos dieron ese punto que necesitábamos en esa madrugada danesa en la que en realidad se confunde la noche con el día (en esta época del año a las tres de la mañana empieza a amanecer) para irnos a la tienda con excelentes sensaciones para los días siguientes.

Viernes, 1 de julio

El día anunciaba lluvia, y la hubo, pero menos de la esperada, por lo que no hubo problemas para el disfrute yendo con un buen impermeable y unas botas. Arrancamos con Mitski en el Arena. Me resulta una artista muy inclasificable si además de lo musical añadimos su excesiva teatralización escénica, pero sí puedo decir que me alegro de haberle dado una oportunidad en directo. De allí al Avalon a disfrutar del r&b de la británica Arloparks, que tiene una voz alucinante. No me extraña que ganara el prestigioso Mercury Prize el año pasado con su disco de debut, ‘Collapsed In Sunbeams’. Acto seguido pusimos rumbo al Pavilion para ver a Snailmail, el proyecto indie rock de Lindsay Jordan. Yo siempre he creído, aunque no la haya citado como influencia, que bebe mucho de la época dorada de Hole, con un tono vocal muy parecido a Courtney Love, y con esa rabia guitarrera tan del grunge. Un deleite para los que lo gozamos mucho en los noventa.

Por la curiosidad del que no conoce artistas daneses eminentemente locales, nos asomamos al Orange para ver un rato a Thomas Helmig. Uno puede entender su éxito a pesar de no saber más que unas palabras en danés y sobre todo disfrutar de la comunión del público con el artista. Se nota que era la nota nostálgica del festival para el asistente danés y en ese sentido no decepcionó.

The Smile. Foto: Christian Hjorth

Y también es imposible que decepcionen  Thom Yorke y Johnny Greenwood con The Smile, su proyecto fuera de Radiohead con el batería de Sons of Kemet, Tom Skinner. Un proyecto nacido en la pandemia, que ha editado su debut, ‘A Light For Attracting Attention’, hace un par de meses, y que nos mostró a unos súper músicos defendiendo un cancionero muy interesante. Hora y cuarto donde hubo tiempo a tocar todo el disco más canciones que se quedaron fuera de él, dando la impresión de que esto tiene más recorrido aún por realizar.

La última incursión en el Orange vino de la mano del rapero Tyler, The Creator. Muy original su propuesta visual. Sabedor de que lleva todo pregrabado menos su voz, al menos representa un bosque en el escenario por el que se mueve y corretea y te hace fijarte en eso y su voz, y hasta te olvidas por un rato que allí no hay banda que lo respalde.

Acabado esto, llegaba el turno para mi cabeza de cartel del día. Una vez más en el Avalon, el gran Jerry Cantrell. Siento auténtica devoción por el guitarra y alma compositiva de Alice In Chains, ya que esta es una de las bandas de mi vida. En esta gira presentando su reciente disco en solitario, ‘Brighten’, se hace acompañar a las voces por Greg Puciato (The Dillinger Escape Plan). Y es un acierto, sobre todo en las revisiones de temas de Alice In Chains, donde si cierras los ojos podías imaginarte al añorado Layne Staley sobre el escenario. No puedo describir con palabras lo que es escuchar temas que te han acompañado cerca de treinta años como “Them Bones”, “Man In The Box”, “Would?” o “Rooster”. Toqué el cielo como lo había hecho unas semanas antes en Vitoria, pero en esta ocasión, de noche y bajo techo de carpa, lo que le dio un aura aún más mítica. Antológico.

Y aún en las nubes, tocaba regresar al suelo del Arena para despedir el día con uno de mis grupos de synthpop reciente preferidos: Chvrches. Lauren Mayberry ya no es una adolescente y se nota que tienen un dominio escénico superior a cuando aparecieron en el panorama musical hace una década. Una banda de sintetizadores, pero con el apoyo de una contundente batería en directo, que deslumbra dentro de su género. Un repaso a sus cuatro discos con especial atención a su reciente ‘Screen Violence’ (enorme "How Not To Drown", aun teniendo la pista de voz de Robert Smith pregrabada) y que nos llevó hasta más allá de las tres de la madrugada con la sensación de haber vivido otro día mágico en Roskilde.

Sábado, 2 de julio

La última jornada de esta edición también será recordada porque el Tour de Francia pasó literalmente delante de la zona de acampada para prensa, que es nuestra base de operaciones siempre en el festival. Un festival que trata a los medios de una manera excelente, con especial interés en los medios extranjeros como el nuestro, algo que es un punto distintivo y que siempre hace que estemos como en nuestra casa, nunca mejor dicho en mi caso, ya que este año ha sido mi decimoséptima visita, un tercio de todos los Roskilde realizados en la historia. Si lo pienso mucho, me abruma, así que vayamos a lo musical.

El Avalon nos había dado tanto que arrancamos allí con música Tuareg de la mano de Imarhan. Toda una experiencia y muy guitarrera, todo sea dicho, con la inevitable fusión con instrumentos árabes. Recomendable que escuchéis alguno de los tres discos, creo que os resultará muy interesante.

En el Arena, Bigthief fueron unos de los triunfadores del festival. Los de Brooklyn, capitaneados por Adrianne Lenker, ofrecieron una actuación rockera y contundente. Llevan un lustro en estado de gracia y sobre las tablas se dejan llevar por largos desarrollos instrumentales alucinantes. Como estar en un viaje de LSD sin él.

St. Vincent. Foto: Peter Troest

Viaje al Orange para quedar deslumbrados por la maravillosa propuesta de Annie Clark, St.Vincent. En esta gira lleva consigo una banda rockera capitaneada por Justin Medal-Johnsen (Beck, Nine Inch Nails) y con tres coristas que dan mayor empaque a un cancionero arrebatador. Y como nunca se la reivindica como guitarrista, solo como cantante, yo voy a romper la lanza en ese sentido porque gran parte de su carisma escénico viene cuando toma las riendas de las partes solistas de guitarra. Igual salió una lagrimita de mis ojos durante “New York”. Ni confirmo ni desmiento.

Y de nuevo una mujer, Sierra Ferrell, nos llevó al Pavilion. Era una recomendación de amigos que no había escuchado y que me dejó alucinado. Country de vieja escuela realizado por una artista joven con apenas un disco en el mercado, ‘Long Time Coming’. Hipnotizante si el country te resulta interesante.

Haim. Foto: Christian Hjorth

Regreso al Orange para ver a las hermanas Haim, que si bien hicieron un concierto muy correcto, me resultaron más lineales y aburridas que en las otras ocasiones que me había cruzado con ellas. Cantan bien, tocan muy bien los instrumentos, pero quizás el crecimiento a lo mainstream no les ha sentado tan bien a su música. También es cierto que en su concierto estaba pensando más en lo que ocurriría a continuación en el Avalon con Idles, y eso puede tener que ver. Los británicos son una de las bandas del momento, sobre todo en directo, y lo volvieron a demostrar con un público entregadísimo que sudó la camiseta en todo momento. Desde el arranque de “Colossus” hasta el final con “Rottweiler”. Joe Talbot dirige a sus seguidores por donde quiere, pero es que con temas como “Never Fight a Man With A Perm”, “Danny Nedelko” o “Mother” es imposible no ir con ellos hasta el fin del mundo. Increíble haberles visto crecer tanto desde su anterior actuación aquí hace cinco años. Su próxima visita será mínimo en el Arena. El futuro es suyo.

Idles. Foto: Peter Troest

Y presente, que no sabremos si tendrá continuación, para despedirnos del Pavilion de la mano de Converge: Bloodmoon, la colaboración entre los de Boston y Chelsea Wolfe y Stephen Brodsky (Cave In). Un concierto especial que tuvo su origen en otra actuación en el Roadburn Festival de 2016, y de la que ha salido un disco que fue la base de la actuación. Fiereza y delicadeza, palabras tan contrapuestas se dieron de la mano para crear, una vez más, un momento mágico en Roskilde.

Converge Bloodmoon. Foto: Peter Troest

Por desgracia, la magia se rompió con la actuación que cerraba el Orange en esta edición, la de los neoyorquinos The Strokes. La suya pasará a la historia de las infamias perpetradas en uno de los escenarios más icónicos del mundo, rivalizando con la de Red Hot Chili Peppers en 2007 (ya ha llovido). Empezaron media hora tarde y apenas tocaron catorce canciones. Lo peor de todo es que la banda sonaba genial, pero Julian Casablancas se empeñó en sabotear su propia actuación con absurdos comentarios entre tema y tema y con un abuso de los efectos de voz impropio en alguien de su edad. Que sí, que hubo algún momento rescatable como “Reptilia”, “New York City Cops” o la unión de “Last Nite” y “Someday” en el bis, pero cuando empiezas un escenario en una lata de sardinas y lo acabas más ancho que en el sofá de tu casa, algo ha pasado por el camino. Y ese algo es una banda que tenía mucho potencial y que lo ha ido dilapidando y aun así siguen teniendo un status de estrellas inmerecido.

Así que había que quitarse el mal sabor de boca y fuimos a nuestro escenario fetiche, el Avalon, para despedirnos a lo grande con los locales (pero conocidos a nivel internacional) Iceage. Y estos sí que salieron con toda la actitud y las ganas, a pesar de tener menos canciones populares mundialmente. Y nosotros les dimos nuestras últimas energías, que ya eran escasas, como premio a su dedicación.

Y con esto y un bizcocho se acabó nuestra aventura danesa, que cruzamos los dedos para que vuelva a ser anual hasta que el cuerpo aguante y que no pare por pandemias, guerras o cualquier otra mierda de las que el ser humano es capaz de crear de la nada. Pediré, eso sí, a los Reyes Magos, que en 2023 haya más rock en el Orange. Aún y con esa pequeña mancha a su legado de cincuenta ediciones, este 2022 quedará en mi recuerdo como un año muy especial. Supongo que todos los que habéis vuelto a algún festival de vuestros preferidos este verano sentiréis algo parecido. Hasta pronto, Roskilde.

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