Retrocedamos hasta la década de los años ochenta. Más precisamente hasta 1986. En aquel momento, en todo el mundo, pero específicamente en Estados Unidos, el fenómeno comercial del rock duro se encontraba en un superlativo apogeo. Estaciones de radio, compañías discográficas, publicaciones editoriales, pequeñas y grandes empresas de diferente índole: todos estos desiguales grupos de clara influencia sobre el público estaban más que interesados en fichar, publicitar o simplemente hacer dinero junto a las más diversas agrupaciones de rock pesado que casi a diario aparecían en un panorama que era de todo menos estático. Desde el hard rock más tradicional al heavy metal más enérgico, pasando por el rock melódico, el glam o el sleaze, todos estos estilos tenían amplia repercusión no solo entre verdaderas hordas de fanáticos, sino que también recibían un reconocimiento comercial pocas veces visto hasta esa época.
Sobresalir y consolidarse de manera realmente eficaz, estable y honesta no era tarea fácil debido al casi incontrolable volumen de grupos emergentes. Entre todos ellos, un quinteto proveniente de la ciudad de Bellevue, estado de Washington, llamado Queensrÿche había logrado captar la atención de aquellos más puristas seguidores del metal más directo e impecable primero con la edición de un fantástico EP editado en 1983 titulado 'Queen of the Reich' para luego sencillamente seducirlos por completo con un magnífico trabajo llamado ‘The Warning’, publicado un año más tarde. Exhibiendo un sonido que los aproximaba a bandas europeas como Iron Maiden, Judas Priest o Helloween, y hasta con toques de la N.W.O.B.H.M., adicionando cierta complejidad en las bases rítmicas y en las melodías, decantando todo ello en la construcción de una obra que aún hoy es considerada como uno de esos discos mandatorios del heavy metal de más alta gama.
Siguiendo la lógica, Queensrÿche para su segundo trabajo tendría que haber fortificado su posición con un álbum que siguiera la favorable estela dejada por su predecesor. Pero lo cierto es que Geoff Tate (voz), Michael Wilton (guitarra), Chris DeGarmo (guitarra), Scott Rockenfield (batería) y Eddie Jackson (bajo) no se guiaban por formalismos o por simple comodidad musical, ya que grupalmente tenían algo casi innato en su ADN que la mayoría de sus pares contemporáneos carecían: la necesidad de cambiar, de experimentar, de evolucionar de acuerdo con sus propios, particulares y elevados estándares compositivos, instrumentales e interpretativos sin ninguna necesidad de mirar atrás.
La preparación
Careciendo de temores o vacilaciones, Queensrÿche encaró la grabación de su segunda producción, la cual se transformaría en uno de los discos más controversiales de toda su discografía: ‘Rage for Order’. En primer lugar, seleccionaron a un acreditado y competente productor llamado Neil Kernon. Afamado por haber trabajado junto a grandes artistas tan disímiles como Kansas, Brand X, Hall & Oates, Dokken o Autograph, Kernon era ampliamente reconocido por lograr en su tarea tras la consola un sonido puro, límpido y perfectamente balanceado.
Pero la agrupación en realidad lo utilizó como una especie de “navaja suiza”, ya que el británico, además de ser un efectivo productor, asumió el rol de ingeniero de sonido, se encargó de la mezcla final del disco y, como si fuera poco, en su faceta de músico tuvo a cargo los teclados que tendrían una clara influencia en el sonido final que Queensrÿche esperaba conseguir.
Por otra parte, la banda se centró en la composición de casi una veintena de canciones, de las que solamente once integrarían la placa, aunque en posteriores reediciones incluirían remixes, versiones acústicas, mientras que algunas de las descartadas serían utilizadas como lado B en algún single. También compusieron un tema que le daría nombre al futuro disco, “Rage for Order”, pero curiosamente decidieron desecharlo. Temáticamente, Queensrÿche comenzaría a explorar tópicos que posteriormente en su trayectoria abordaría de manera más completa y concluyente, como por ejemplo materias sociales, políticas, el uso desmedido de nuevas tecnologías (incluida la hoy muy en boga inteligencia artificial) sin dejar de lado aspectos y vivencias personales.
Pero los cambios que realmente descolocan al nutrido conjunto de seguidores que el grupo había logrado cosechar con sus trabajos previos fueron tanto en el perfil musical como en el visual. Musicalmente atrás quedaba ese heavy metal sin concesiones, machacante y certero, para dar paso a los teclados, arreglos complicados, sintetizadores, guitarras acústicas y complejidad melódica y rítmica, presenciando así una especie de renacer de Queensrÿche que comenzaría su tránsito por el camino del metal progresivo de la más alta calidad.
Mientras que visualmente el quinteto adoptó una imagen quizás demasiado elaborada: cabelleras cardadas, abundancia de maquillaje, extrañas gabardinas de cuero de aspecto semi gótico, todo ello apuntando a los excesos visuales que MTV requería por aquellos tiempos, relegando por completo cualquier rastro de naturalidad y simpleza. Esta sobrecargada imagen quedó fielmente registrada en el único video promocional que el disco produjo para el tema “Gonna Get Close to You”.
Las canciones
Si bien este nuevo Queensrÿche transformó su sonido más resuelto y directo en algo menos convencional e intrincado, en ningún momento aparcó la propuesta de potentes guitarras, coros pegadizos y riffs entradores, y el tema que abre el trabajo, “Walk in the Shadows”, es prueba de ello. En “I Dream in Infrared” ya comenzamos a notar los cambios de manera más contundente. Un comienzo acústico que deriva en un hipnótico medio tiempo. “The Whisper” marca el retorno a esas influencias tradicionales y conservadoras del heavy metal más notable. Con un sonido preciso y apasionado consigue elevar el devenir de la placa.
“Gonna Get Close to You” es una curiosidad más en un disco ya de por sí discutido. Este tema es un cover de la artista canadiense Lisa Dalbello, extraído de su disco de 1984 ‘Whomanfoursays’. La cantante y compositora para este trabajo se despegó de su pasado cercano al pop, al funk y al soul para adentrarse de lleno en el mundo del rock hacia su lado más alternativo. Muchos citan la adaptación de esta composición como una versión casi de proto metal industrial, y es posible que así sea.
“The Killing Words” exhibe esa balanceada mezcla de guitarras acústicas de manera sublime. “Surgical Strike” retoma con fuerza un sonido duro y machacante para derivar en la atmosférica “Neue Regel”. Tanto en este tema como en “Chemical Youth (We Are Rebellion)”, “London” o “Screaming in Digital”, el grupo hace gala claramente de buena parte de su sonido futuro.
Estribillos asimilables, guitarras al frente y ritmos marcados, intrincados, sin evitar los cambios de tiempos, atmósferas progresivas pero sin ser demasiado densas y una calidad envidiable en los arreglos son algunas de las características que años más tarde sellarán el sonido marca registrada de un Queensrÿche que encauzó su carrera en un franco ascenso, tomando el camino más complicado hacia el trono indisputable del metal progresivo aún en ciernes por aquellos tiempos.
El nexo común entre todas estas composiciones es la inconmensurable voz que Geoff Tate aporta a lo largo de la obra, demostrando con firmeza que el cantante comenzaba a solicitar un lugar de preferencia entre los mejores vocalistas en la historia cercana del metal. “I Will Remember” marca de manera casi melancólica y mesurada el cierre de un disco ciertamente osado para los tiempos en los que se editó, pero nada carente de calidad.
El legado
Catalogar ‘Rage for Order’ bajo un único estilo musical sería injusto, ya que una de las características del álbum es el salto casi constante entre diversas vertientes de rock potente casi de vanguardia, en donde la dinámica voz de Tate, las siempre penetrantes guitarras de DeGarmo y Wilton más la arrolladora base rítmica conformada por Rockenfield y Jackson son esas constantes que consiguen que actualmente la obra no naufrague en la intrascendencia, recuperando el aprecio de muchos de sus hoy veteranos detractores y de aquellos más actuales oyentes del metal progresivo con mayúsculas.
Avanzado para su época y hasta quizás adelantado a las ideas musicales de sus propios autores, evidentemente ‘Rage for Order’ logró cimentar los conceptos progresivos, conceptuales e instrumentales en un patrón con el cual Queensrÿche posteriormente deslumbraría con discos indispensables como lo son ‘Operation: Mindcrime’ o ‘Empire’. Pero esos son otros capítulos de una historia tan única como irrepetible.



