Hablar de Pink Floyd es hacerlo de uno de los más excelsos legados musicales que ha dejado una banda de rock a su paso en toda la historia. Etapas más psicodélicas, otras más progresivas, más experimentales, pero siempre con un nivel que sorprendía en cada lanzamiento. Hay que entrar en el seno de la banda para encontrar lo que ellos mismos señalaron como “el punto más bajo a nivel artístico", con David Gilmour explicando: “Suena como si no tuviéramos ninguna idea entre nosotros”.
Las memorias de Nick Mason, batería de Pink Floyd, “Inside Out”, recuerdan que la llegada de Gilmour a la banda “aportó nuevas fortalezas”, pero también un nuevo nivel de exigencia: “Ya era un guitarrista talentoso, y su voz era potente y distintiva. Estaba tan interesado como nosotros en experimentar con nuevos sonidos y efectos, pero junto a su inventiva, también aportó un enfoque más reflexivo y estructurado, con la paciencia necesaria para desarrollar una idea musical hasta su máximo potencial”.
Discos como ‘A Sourceful of Secrets’ (1968) o el doble ‘Ummagumma’ (1969), en el que se plasmaba la habilidad de Pink Floyd tanto en directo como su creatividad en el estudio, asentaban el camino de una banda llamada a tocar el cielo años después con obras como ‘The Dark Side of the Moon’, ‘Wish You Were Here’ o ‘ The Wall’, pero parece que antes de llegar a lo más alto había que pasar por un momento más bajo.
Como se hizo eco Classic Rock tiempo atrás, mientras crecía la leyenda de los conciertos de Pink Floyd con carteles que prometían ”locura furiosa” de cara a espectáculos como el del Royal Festival Hall de Londres en abril de 1969 o en el Royal Albert Hall en junio, con personajes disfrazados de gorilas y monstruos recorriendo el escenario, el productor Norman Smith apareciendo en un atril para dirigir a una orquesta filarmónica y un coro, Rick Wright tocando el órgano de tubos del Albert Hall, y dos cañonazos finales, el éxito de ‘Ummagumma’ reclamaba un nuevo disco.
Los cimientos del lado oscuro y el muro
‘Atom Heart Mother’, el quinto disco de estudio de Pink Floyd, iba a llegar en octubre de 1970. Temas como el que le da nombre, con 23 minutos repartidos entre piezas como “Father’s Shout”, “Breast Milky” o “Mother Fore” en la cara A del disco, o los 13 minutos de experimentación (tan fructíferos en el futuro) en “Alan’s Psychedelic Breakfast” que cerraban el álbum estiraron una vez más los límites creativos de la banda, abriendo el camino a todo lo que estaba por llegar, pero sin colmar las propias metas de sus creadores.
En palabras de Gilmour sobre el álbum recogidas por Loudersound: “Dios, es una mierda. Posiblemente, nuestro punto más bajo a nivel artístico. Suena como si no tuviéramos ninguna idea entre nosotros. Pero después nos volvimos mucho más prolíficos”.
El batería no se quedaba atrás en su autocrítica: “En cierto modo, lo que acabamos haciendo fue meternos en callejones sin salida. En realidad, ‘Meddle’ fue el siguiente paso, el camino hacia ‘The Dark Side Of The Moon’”.
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