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Crónica de Tinariwen en Bilbao: Melodías desde el desierto

Ser músico no significa lo mismo en cualquier parte del planeta. Frente a la comodidad de las sociedades occidentales, hay lugares en los que ejercer esa actividad entraña un riesgo verdadero y hasta se puede dar el caso de que guerrilleros amenacen a los artistas con cortarles todos los dedos que utilizan para tocar un instrumento determinado. Sin ánimo de frivolizar, nada que ver con aquellos grupos cuya máxima preocupación es toparse con un recinto vacío o que se conjuren los astros para que un concierto salga endiabladamente mal.

Tinariwen es un colectivo de artistas tuareg procedentes de Argelia y del norte de Malí que ya han experimentado alguna situación peligrosa como la que describía en el párrafo anterior. En 2012, en concreto, el grupo islamista Ansar Dine denunció la presencia de música popular en la región de Azawad y la banda fue considerada objetivo, con amenazas de amputaciones, entre otras coacciones. Los terroristas incluso llegaron a secuestrar a uno de sus miembros en 2013 mientras el resto de compañeros huían a Estados Unidos, donde aprovecharon para grabar el álbum ‘Emmaar’.

La naturaleza nómada de los tuaregs hace que verles en directo no pueda resultar tan frecuente como otros combos, a pesar de que llevan girando a nivel internacional desde comienzos del nuevo milenio. La última vez que les vimos fue en el macrofestival Bilbao BBK Live de 2023, un entorno curioso para una formación de estas características, pero no menos pintoresco resultaba acudir en esta ocasión al atrio del bilbaíno museo Guggengeim.

Era difícil de imaginar que se agotarían entradas para esta cita del ciclo Art & Music que permite visitar las galerías y diferentes instalaciones antes del inicio del concierto. Un respetable variopinto de cristianos, musulmanes y otro tipo de credos se congregó allí y se metieron tanto en la atmósfera del evento que en cuanto a entusiasmo la cita no se alejó tanto de un bolo de rock al uso.

Tinariwen

Como mandaba la tradición, Tinariwen salieron con sus túnicas y turbantes habituales, con el colíder Ibrahim Ag Alhabib como único miembro a cara descubierta presidiendo el centro del escenario. Tenían disco nuevo bajo el brazo, ‘Hoggar’, que había visto la luz justo hace un mes, por lo que no se cortaron a la hora de darle la cancha debida, pese a que el repertorio no destacó por una especial versatilidad.

“Alkhar Dessouf” fue el pistoletazo de salida para un auténtico trance sensorial. Daban ganas de seguir el mítico consejo del viejo profesor Tierno Galván y apresurarse a colocarse de alguna manera. Quizás eso fue lo que le faltara a un servidor para conseguir conectar con estos veteranos tuaregs, pues la mayoría del bolo se nos hizo como una sola canción interminable.

Debíamos ser el raro del lugar porque el personal lo vivió mucho, dando palmas a la menor indicación del coreógrafo bailarín del que disponía la banda en una esquina. Casi era digno de contemplar a compatriotas del grupo enarbolando banderas que nunca habíamos visto antes y entonando las letras a pulmón como si realmente se hubieran criado con aquello, lo cual podría ser el caso, no lo descartemos.

Nos pareció que sonó su reciente colaboración con José González “Imidiwan Takyadam”, y en un momento dado, así sin avisar ni nada, se retiró el colíder Ibrahim durante varios temas. Los miembros restantes se sumergieron entonces en una suerte de blues étnico que evocaba la arena de su desierto natal, pero la emoción del respetable ni por esas disminuyó, los chillidos eran frecuentes y juraría que hasta escuché gritar “rock and roll”.

Los oriundos de Tamanrasset y Tessalit correspondían a las muestras de agradecimiento pronunciando palabras en varios idiomas, aunque el “obrigado” que dedicaron en un primer instante se antojaba más producto de la desubicación que otra cosa. Los más exaltados no tardarían en romper el perímetro de seguridad hasta situarse a escasos centímetros de los músicos y hubo incluso algunos espontáneos que se subieron al escenario, no tardaron demasiado en ser interceptados por el equipo de seguridad.

Como hemos dicho, el repertorio nos resultó algo cargante por su linealidad, por lo que distinguir unas canciones de otras podría considerarse una auténtica proeza. Lo que sí que advertimos es que hubo una pieza entonada en francés, o por lo menos con algunas frases, quizás el único lenguaje reconocible que escuchamos durante la velada.

Diría que el punto álgido se alcanzó con “Assàwt”, que se supone que representa la voz de las mujeres tamashek buscando su libertad. El respetable se animó como nunca con una de sus piezas más guitarreras, algunos hasta la reconocieron desde las primeras notas, lo que sirve de ejemplo de la extraordinaria fidelidad que se respiraba en el recinto.

Siguieron acercándose al escenario hasta el final diversos espontáneos ataviados con túnicas o banderas mientras los bailes exóticos se reproducían también más atrás. Daba la sensación de que el lugar que uno ocupara en el universo, o en el recinto, si nos queremos poner más terrenales, no importaba en absoluto, pues la comunión de la parroquia con los norteafricanos fue total.

Se pidió bises según la costumbre vasca, es decir, con “beste bat”, pero tardaron un tiempo en reaparecer, como si se lo estuvieran pensando. Regresaron con un corte más que no difuminó las ganas de algunos de seguir practicando la escalada de escenario. Imaginamos que no estaban para nada acostumbrados a observar un recital de ese estilo, de ahí que se tomaran la velada casi como si les fuera la vida en ello.

Hacía falta armarse de un estado mental concreto para aguantar un concierto tan lisérgico como el que experimentamos, era algo similar a esos llamados “burbujones” de nuestra juventud que consistían en fumar porros en una tienda de campaña, la verdadera simbiosis con la naturaleza, el cosmos y vaya usted a saber qué más. Unas melodías desde el desierto habrían sentado de lujo entonces.

Alfredo Villaescusa

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