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Crónica de Supersuckers en Bilbao: Droga de la buena

Siempre se agradecen esos conciertos que pasan como una ráfaga y casi hay que pellizcarse fuerte para asegurarse de que lo que uno acaba de vivir ha sido real y no un sueño. Frente a despliegues grandilocuentes y colosales formaciones de cien mil tipos sobre un escenario, muchas veces menos es más y un trío vale de sobra para montar una importante gresca sobre las tablas. El evangelio ramoniano de “one, two, three, four” está bastante más extendido de lo que la mayoría imagina.

Tal vez el tirón de la autoproclamada “banda de rock n’ roll más grande del mundo” no sea el de antaño, cuando reventaban recintos, pero los aguerridos Supersuckers siguen conservando todavía un respetable poder de convocatoria entre la parroquia rockera. Sus directos son sinónimo de efectividad contrastada y no suele ser frecuente que uno salga de sus recitales echando algo de menos, pues son de los pocos escogidos que poseen energía, actitud y todas las cualidades imprescindibles para sobresalir en las distancias cortas.

Solo ellos se atreverían en los pacatos tiempos actuales de férrea censura por parte de redes sociales a lanzar un álbum con el título tan macarra de ‘Liquor, Women, Drugs & Killing’. Para que no quede duda acerca de su inherente salvajismo y al mismo tiempo espantar a esos ofendiditos contrarios al verdadero espíritu del rock n’ roll. Eddie Spaghetti y compañía son muy de la vieja escuela en ese sentido, y bien que se agradece.

Supersuckers en Donosti. Foto: Iñigo Malvido

Casi al final de una larga gira peninsular de hasta diez fechas, Supersuckers llegaban al bilbaíno Kafe Antzokia dispuestos a ponerlo patas arriba una vez más. No habría aniversarios ni rollos semejantes de por medio, era la clásica gira de presentación de disco de toda la vida, pero los de Tucson no acostumbran a repetir demasiada munición, por lo que entre un bolo y otro podemos encontrarnos diferencias importantes en el repertorio.

En este caso, levantaron a la afición de un plumazo con un inicio para agarrarse los machos mediante el himno “Pretty Fucked Up”, la locomotora “The Evil Powers of Rock N’ Roll” y esa reivindicación del soporte físico llamado “Rock N’ Roll Records (Ain’t Selling This Year)”. Si a alguien no se le había incrementado la temperatura de sopetón, este no era el lugar en el que debía estar.

La formación compuesta por Eddie Spaghetti, Marty Chandler y Chris Von Streicher ejecuta pieza tras pieza como un muro sónico sin fisuras, con la confianza de los que han compartido carretera durante un tiempo considerable y no necesitan ni mirarse para compenetrarse al cien por cien. Los veteranos probablemente recuerden aquella mítica alineación de Motörhead con el inefable Lemmy Kilmister, Fast Eddie Clarke y Philty Animal Taylor por su ímpetu y ganas de provocar que no vuelva a crecer la hierba.

Sin embargo, su concepción del show se acercaba bastante a la de Ramones, otra de las grandes bandas admiradas por Lemmy. Eddie Spaghetti nunca ha sido de soltar demasiadas parrafadas, salvo las esenciales, como la dedicatoria a los “good fuckers” del comienzo de “Creepy Jackalope Eye”, todo un acierto que la hayan recuperado para esta gira. Y por supuesto no faltó la inmortal costumbre de referirse a sí mismos como “la banda de rock n’ roll más grande del mundo”. Tal vez se trate de otra bravuconada de las suyas, pero con el espectacular estado de forma que aún exhiben hoy en día se les puede conceder esa licencia y muchas más.

“All of the Time” sonó sucia como el carbón y “Maybe I’m Just Messin’ With You” demostró el tremendo potencial del material reciente a una velocidad de crucero apabullante. “Tried To Write A Song”, por el contrario, muestra una faceta más accesible de los de Arizona, próxima a los The Replacements de ‘Let It Be’, o incluso a las melodías power pop de Cheap Trick. Para que nadie se aburra.

“Ron’s Got The Cocaine” era un trallazo de los que dejaban con el culo torcido a cualquier persona decente, y encima si luego enlazaban con la épica “Sleepy Vampire” se tornaba en algo para hacer saltar lágrimas, puro cowpunk para forajidos de los que mascan tabaco. Siempre fue una de nuestras favoritas de su discografía, y por los repertorios consultados no teníamos claro que fuera a caer esa noche, pero se obró el milagro. Grandes.

“Bad Bad Bad” pudo volar la peluca de alguno, pero en algún momento habría que aflojar el pistón, si es que eran humanos. El bueno de Eddie descansó las cuerdas vocales cediendo el micro a Marty Chandler, que posee del mismo modo una gran voz y se marcó un tema tan inapelable como “Working My Ass Off”.

Volvieron a mirar a su último disco con “Unsolvable Problems”, country fantasmagórico con vocación medicinal, pues Eddie incitó a dejar de lado comeduras de tarro. Con la sombra alargada de Motörhead, “Rocket 69” confirmó una vez más lo contundentes que les quedaban los cortes más recientes, proyectiles de primera categoría.

Foto: Iñigo Malvido

Y mensajes incontestables como “I Want The Drugs” a toda pastilla sirvieron para echar el resto a los fans acérrimos. Había sido un repaso muy certero de su amplia discografía, con los inevitables clásicos, pero también con algunas sorpresas y la cuota preceptiva de su último disco, que por calidad podrían haber tocado entero.

Los norteamericanos quedaron tan satisfechos con el entusiasmo del respetable que hasta dedicaron un aplauso a la afición. Los presentes en la eucaristía rockera no se merecían otra cosa que finiquitar una sesión tan gloriosa con “Born With A Tail”, otra canción a velocidad endiablada para descargar tensión. Qué matada.

Esto sí que había sido droga de la buena, mierda de esa cuyo embriagante olor anticipa un colocón de proporciones siderales. Podrían haber rematado con algunos contundentes bises, pero una hora y pico de esta gente transmite mucho más que los juegos florales de otras formaciones. Lemmy desde un lugar eterno alza satisfecho la mano cornuda.

Alfredo Villaescusa

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