Las modas suelen tener bastante de caprichosas, por eso mismo es difícil entender la mayoría de ellas. Quién nos iba a decir que la música comercial del futuro estaría dominada por un artilugio que distorsiona la voz hasta dotar a esta de una cualidad robótica que salta al oído que no ha sido emitida por ningún humano ni ser con vida inteligente. Librarse de semejante peste contemporánea a veces exige abandonar la península y confiar que en otras latitudes no tengan el cerebro tan podrido o tragaderas tan amplias.
Hay ocasiones en las que lo que triunfa en un momento dado es un producto de exquisita calidad y entonces uno se pregunta cómo puede ser posible aquello, igual que si fuera un repentino eclipse solar, una aurora boreal o uno de esos fenómenos que acontecen cada cien años. Tal cual podríamos definir el aparente furor que existe en la actualidad por grupos retro como The Lemon Twigs, que priman las melodías vocales de antaño, lo que se conoce como el evangelio de las grandes “B”, esto es: The Beatles, The Byrds, The Beach Boys y combos similares que empiecen por dicha letra.
En esa franja deberíamos incluir a los jóvenes norteamericanos Sharp Pins, cuya gira peninsular está siendo un auténtico éxito agotando entradas fecha tras fecha. En el piso superior del Kafe Antzokia bilbaíno no se produjo la excepción y se colgó un nuevo sold out, como era esperable. ¿Por qué tanta fijación por dicho estilo en concreto y no por otros? ¿Habrá provocado el deshumanizador autotune un creciente interés por las incontestables melodías con solera? ¿Volverá el doo-wop, tan fundamental en el desarrollo del rock n’ roll, en breve?
Por desgracia, no poseemos el don de la clarividencia, por lo que no podemos responder a las últimas preguntas, pero lo que sí ofrecemos es nuestra valoración del concierto de Sharp Pins en Bilbao. Que lo suyo no se trata de subirse al carro de ninguna moda lo intuimos tras ver las curiosas pintas de estos insultantes chavales de Chicago que rondarán la veintena, como si se hubieran escapado del rodaje de la película ‘Casi famosos’. El batería incluso lucía una camiseta con la bandera de Reino Unido, algo que cobraba todo el sentido del mundo, pues seguro que la mayoría de sus influencias procedían de allí.
La mejor manera de definirles es como unos The Beatles encerrados en un garaje antes de que pegaran el pelotazo. Un encanto amateur que no se traducía en falta de tablas en directo ni nada parecido, pues el trío parecía compenetrado al milímetro, como si se hubieran pasado toda la vida puliendo dicho estilo. Encima, en su último disco ‘Balloon Balloon Balloon’ despliegan una suerte de sinfonía que les acercaba todavía más a la época de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de los Fab Four.
Oficiaron varios temas seguidos de su material reciente y la cosa fue tan rápida que no nos extrañaría que se hubieran ventilado el disco entero sin apenas darnos cuenta. No llevaban setlist, pero nos pareció reconocer “Ex-Priest” o “(In A While) You’ll Be Mine”, entre otras. Podrían ser tranquilamente un grupo de los sesenta, con los tres haciendo coros y evocando ese sonido casi celestial que está causando tanto furor en la actualidad, aunque en ese rollo The Lemon Twigs sigan siendo bastante superiores.
El efluvio a los primeros The Beatles se tornaba muy evidente en determinados fragmentos, caso de la enérgica “Popafangout”, una maravilla que haría las delicias de cualquier fan de John, Paul, George y Ringo, al igual que la tremenda “I Don’t Have The Heart”, algo más garajera, pero sin perder de vista el componente emocional de “She Loves You”, “Ticket to Ride” y tantos himnos pretéritos de los de Liverpool.
Apenas necesitaron hablar para congraciarse con una entusiasta afición que acogía cada pieza cual salmos, algunas incluso eran tan breves que se antojaban un visto y no visto. Otro aspecto que les une con formaciones de antaño es que en un mismo ejercicio pueden sacar hasta dos discos, como hicieron en 2025 con el ya mencionado ‘Balloon Balloon Balloon’ y ‘Radio DDR’, aunque este, en realidad de 2024, se reeditó el pasado año con nuevas canciones. No llegan a los tres trabajos de The Beach Boys en 1964 o 1965, pero van por el buen camino en ese sentido.
“I Can’t Stop” marcó el final de un entretenido bolo que se pasó cual suspiro, sin apenas darse cuenta, pero en su naturaleza está ser agradecidos por la tremenda acogida que han tenido por parte del público peninsular. Regresan con bises de altura como “Lorelei”, que posee ese aire onírico de muchas de las composiciones de Teenage Fanclub, todavía recordamos aquella explosión descontrolada de felicidad que desencadenaron en el Antzoki hace poco menos de una década.
Los movimientos reminiscentes de Pete Townshend del líder Kai Slater no eran tampoco para hacerse el interesante, pues seguro que escondían pura devoción por The Who, uno de los grupos más incendiarios en su época. Ahí se cascaron un impresionante “Substitute”, en el que el vocalista y guitarrista hizo el famoso molinillo y pegó saltos que habrían encantado al maestro. Curiosamente, con dicha canción, Roger Daltrey y compañía iniciaron un viraje hacia el hard rock y sonidos más duros.
Tal vez todavía no posean el encanto vintage de The Lemon Twigs ni les llamen para festivales multitudinarios, pero no cabe duda de que transitan la senda adecuada, según lo que vimos esa noche. Son unos enamorados de las grandes “B”, o dicho de otro modo, los grupos que cimentaron en cierta forma la historia del rock. El equivalente a Cervantes, Góngora, Quevedo o Lope de Vega en el mundo de la música.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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