Hay cosas que pueden ser buenas o malas según el prisma con el que se miren. En un concierto, por ejemplo, la falta de interacción podría tornarse en algo negativo para los que acuden con la voluntad de que les entretengan, como si fueran al circo y los oficiantes tuvieran que cumplir a la fuerza sobre el escenario el papel de payasos. Otros, por el contrario, alabarían el carácter frenético de un evento en el que no se concedía una pausa ni para coger aire.
Con el británico Miles Kane estaríamos sin duda más cerca de lo segundo que de lo primero, a tenor de lo que vimos en una bilbaína sala Santana 27 a medio gas en un día complicado en lo meteorológico con el dichoso fútbol de por medio. Por lo menos hubo la suficiente multitud para generar un mínimo de ambiente y al mismo tiempo contemplar un bolo sin agobios de ningún tipo, algo que los señores mayores cada vez agradecemos más, aunque sea un poco ir a contracorriente de la lógica de mercado.
Para los que se habían congregado en aquella ocasión, el británico compañero de Alex Turner (Arctic Monkeys) en The Last Shadow Puppets, aparte de líder de The Rascals y componente de The Little Flames, podría haber tocado tranquilamente en el céntrico Kafe Antzokia. Fue allí precisamente donde recaló en su anterior gira por estos lares, un periplo que nos dejó un sabor agridulce por oficiar en solitario y recurrir a sonidos pregrabados para el resto de instrumentos, quizás en consonancia con el título de su álbum de entonces ‘One Man Band’.

Arrancaron en primer lugar los locales TOC, que parecían un tanto desubicados en la velada en cuestión de actitud. Se les notó cansados y sin demasiado entusiasmo, a pesar del evidente atractivo de piezas como “Preso Baten Hitzak” o “Bi miru gu”, en la que en estudio colaboraba Hofe, el joven lendakari. Tal vez si el público hubiera sido algo más adolescente, como el que los de Mungia acostumbran a encontrarse en sus bolos, la actuación no habría sido tanto de cumplir el expediente por la mínima. El variopinto personal, con leve tendencia hacia el indie, les contempló con la misma curiosidad con la que las vacas miran al tren.
Lejos del medio karaoke que nos brindó en su visita anterior, Miles Kane salió con ganas de comerse las tablas mediante ese genial homenaje velado a Marc Bolan que parece “Electric Flower”. La banda que le acompañaba esta vez era de altura, con componentes con pintas setenteras y la habilidad necesaria para engrandecer los temas del reciente ‘Sunlight In The Shadows’ en las distancias cortas.

A pesar del marcado predominio en el repertorio del material más novedoso, no faltaron clásicos de su trayectoria como “Rearrange” o la enérgica “Troubled Son”, que siempre es una gozada escuchar. El líder además cantó con la competencia esperada y hasta deslumbró de vez en cuando a las seis cuerdas cascándose punteos muy decentes para un frontman. Era uno de esos artistas muy completos, a lo Bruce Springsteen, capaces de sobresalir en múltiples facetas.
“Love Is Cruel” reveló la maestría como compositor del británico, así como lo mucho que también le ha influido su colega Alex Turner, parece que los últimos discos de Arctic Monkeys han sido una referencia importante. “Inhaler” pisó el acelerador a fondo y sonó a grupo de rock de verdad, sudoroso y con electricidad desatada. Fue una de esas ocasiones donde Kane hizo saltar chispas a la guitarra como si fuera el Boss en 1975. Bueno, igual no tanto, pero vamos, que se lució igualmente.

En esa tesitura hardrockera siguió en “Blue Skies”, cuyo inicio remite al histórico “N.I.B.” de Black Sabbath. Por si alguien todavía no se había dado cuenta, este tipo era rematadamente británico en lo que respectaba a sus influencias, con Arctic Monkeys o T. Rex en un lugar estelar, pero sin desdeñar tampoco el aporte de The Beatles o del brit pop. Mencionar en este sentido que entre los asistentes a su concierto en Londres estaba Liam Gallagher (Oasis), cuyo hijo Gene era el telonero con su banda Villanelle.
“I Pray” nos situaba más o menos en el ecuador del concierto, con el vocalista y guitarrista apenas sin abrir la boca más que lo estrictamente necesario para preguntar qué tal estaba la peña, agradecer y unas mínimas nociones de urbanidad. Gracias a ello imprimió un carácter bastante dinámico al bolo, una marcha frenética que solo frenaba de vez en cuando al mandar cantar al respetable, como en la balada “My Love”.

La noctívaga “Walk on the Ocean” brilló cual descarte de Edwyn Collins y en “Coup de Grace” incluso se acercó a los The Clash de “The Magnificent Seven”. La mano del coloso Dan Auerbach (The Black Keys), que produce su último disco con notable tino, quedó patente en la homónima “Sunlight In The Shadows” antes de volver a imprimir ese inconfundible sello en “Come Closer”, canción que paradójicamente iniciaba su debut en solitario y que contó con un espectacular redoble final de batería.
Lo único que echamos en falta fue una tanda de bises para rematar con soltura las gratas sensaciones que nos había dejado el bolo, muy superior al de su periplo precedente en el Kafe Antzokia. La sensación de urgencia se transformó en un gran atractivo que aportó unidad al conjunto y sirvió de enganche para cualquier aficionado a la electricidad. Un show a la vieja usanza como mandan los cánones.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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