Hace unos años uno no pensaba que sus ídolos pudieran desaparecer de un plumazo cualquier día. Parecían seres inmortales que apenas envejecían y se mantenían en una especie de limbo constante, como Mick Jagger, Steven Tyler y tantos otros. Pero las personas por desgracia tienen fecha de caducidad y bastante duro ya se hace asumir un mundo sin David Bowie, Brian Wilson, Ozzy Osbourne y demás artistas que nos han dejado en los últimos años. Los supervivientes estarán cada vez más cotizados. O por lo menos deberían estarlo, si somos un poco agradecidos.
Por todo esto poder todavía contemplar en directo a Miguel Ríos en 2026 es un auténtico regalo que no tiene precio. Hablamos de un tipo cuya carrera comenzó en 1960, siguiendo los pasos de Elvis Presley, aunque en un inicio intentaran convertirle en el “Rey del Twist”, porque el rock n’ roll, ya se decía entonces, había muerto. Décadas después, ahí continúa este granadino subido a las tablas y demostrando que el género anda todavía vivito y coleando, por muchos agoreros seniles de espíritu que proclamen su defunción.
El disco ‘El último vals’ posee un inequívoco aroma a despedida, era algo que comentábamos fotógrafos y redactores instantes antes del evento. No en vano, al igual que muchos otros, Miguel Ríos ya anunció una despedida hace unos años, pero luego tuvo que desdecirse. Algunos probablemente le critiquen por eso, pero convendría quedarse con el lado positivo del asunto, esto es, tener aún la oportunidad de ir a un concierto suyo, que no es poco.
Fuera o no un adiós camuflado, la cita en el Palacio Euskalduna de Bilbao presentó una afluencia importante, con pocos asientos libres, salvo algunos que divisamos en el último piso. Se echó en falta algo más de juventud, porque la media de edad parecía que no bajaba de los cuarenta, eso tirando por lo bajo. Es una lástima que se siga sin valorar lo suficiente a los pioneros del rock de este país, los privilegiados que llegaron hasta Robe podrían haber escarbado un poco más.
Rodeado de una banda básica con los instrumentos típicos, pero muy competente, Miguel Ríos arrancó el show, como no podría ser de otra manera, con el himno “Bienvenidos”, al que coló algún “ongi etorri” como agradecimiento al público vasco. Los antiguos del lugar recordarán un concierto multitudinario en el barrio de Txurdinaga en 1982, que llegó a congregar a 80.000 personas, una espectacular multitud que llevó al granadino a considerar aquel recital uno de los hitos de su carrera.
Que un tipo subido a un escenario a los 81 tacos cante “Mientras el cuerpo aguante” cobraba todo el sentido del mundo, pero los grandes artistas no viven de regodearse en la nostalgia. Hay que recalcar que ‘El último vals’ es un buen álbum, se nota que ha sido compuesto con pasión y con el entusiasmo de un señor que jamás se fió de la edad que pone en el carnet de identidad. La inclusión de “Oro irlandés” también se entendía por completo, al igual que la de “Si pudiera parar el tiempo”.
Entremedias, habló de la educación “machista” recibida, se quejó de un foco que parecía de “la policía” y hasta diferenció los conceptos de “tercera edad” y “edad tardía”. Pero muchas de las canciones que tocó aquella noche eran como una suerte de autobiografía cantada, por lo que evocó un periodo vital con la moral por los suelos, donde se planteó tirar la toalla, un estado anímico seguramente compartido por la mayoría de asistentes en algún momento desafortunado de sus vidas. En ese contexto surgió “Vuelvo a Granada”, piel de gallina con los inmensos tonos vocales que todavía alcanza y que terminaron con un prodigioso alarde que desencadenó salvas de aplausos.
Repasó del mismo modo su temprana trayectoria acordándose de la canción que le puso “de la nada al cielo”. Hablamos por supuesto de “El río”, que demostró una vez más el inmenso estado de la garganta del granadino, se tornaba incluso algo fuera de lo normal. La interpretación fue tan magnífica que hasta le gritaron: “¡Eres el número uno!”, a lo que el músico precisó que solo de su generación.
Aludió a un “tipejo naranja” y todo el mundo sabía que se refería a ese perturbado que ostenta ahora mismo la Casa Blanca. Aprovechó para alabar el compromiso de Bruce Springsteen y marcarse la antinegacionista “No es la tierra, estúpido, eres tú”. “Generación límite” regresó al rock sin paliativos, antes de que el vocalista se tomara un merecido descanso, que fue amenizado por el teclista Luis Prado y su composición “Estoy gordo”.
En una gira tan especial como esta debía sonar con galones la homónima “El último vals”, nostalgia en vena de la buena, la que se queda con las emociones. Anunció que la siguiente pieza iba a gustar mucho y que incitaría a cantar, se trataba de “Blues del autobús”, elogio de la vida en carretera, la de cualquier músico, vaya. Y pidió al público suplantar a Manolo García en “Insurrección”, el clásico absoluto de El Último de la Fila, que el cantante ya incluyó en el álbum ‘Miguel Ríos y las estrellas del rock latino’.
La recta final fue de órdago con “Los viejos rockeros nunca mueren”, “Rock and Roll Boomerang” o la adaptación de “Jailhouse Rock” de “El rock de la cárcel”, donde pidió contonearse “con ritmo lascivo”, aunque fuera en una butaca. Sin mediar palabra enlazó con “Sábado a la noche”, del inolvidable Morís, que ya la habíamos escuchado escasos días atrás en el concierto de Ariel Rot, menos mal que en el Euskalduna fue una versión más cercana a la original.
Para los bises, reservaron un estreno en directo, “Las voces del jilguero”, que cerraba precisamente ‘El último vals’. Y cuando aludió a una canción que “sabemos todos” no podría ser otra que “Santa Lucía”. El giro de guión de entonces no lo vimos venir, con el vocalista enfundado en pañuelo palestino alertando de que “el fascismo está campando a sus anchas”, al tiempo que condenaba el ataque sufrido ese mismo día por Palestina. Qué orgullo estar en el mismo bando que Miguel Ríos y tantos otros.
El poema “Oración” preludió al “Himno a la alegría”, con un mensaje inequívoco de concordia que tanta falta hacía en un mundo de machitos descerebrados de gatillo fácil. La parte electrificada levantó prácticamente al personal de las butacas, que se convirtieron en un mero elemento decorativo, y con esa espectacular estampa se despidieron.
Siendo un tanto avaricioso, echamos de menos “Un caballo llamado muerte”, “Banzai” y otras de sus piezas más contundentes, pero había que entender que ya hizo la gira aniversario de ‘Rock & Ríos”, por lo que no cabía quejarse por el repertorio. Fue un menú muy equilibrado, en realidad, al alcance de todo el mundo, una biografía musicada en determinados tramos que resultaba una auténtica proeza para un octogenario. Memoria viva del rock. Para tomar apuntes.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
- Crónica de Miguel Ríos en Bilbao: Memoria viva del rock - 3 febrero 2026
- Crónica de Supersuckers en Bilbao: Droga de la buena - 2 febrero 2026
- Richie Sambora acusa a Jon Bon Jovi de perjudicar su carrera en solitario - 1 febrero 2026





