Dentro de los grupos siempre existe algún componente que podría definirse como el alma de la formación, da igual el instrumento que toque o si se trata del líder o no. No hablamos de un deslumbrante talento musical, sino de un carisma que ilumina a su alrededor y que aporta un vigor que de otra manera probablemente ni se conocería. Podríamos tirarnos hasta el infinito mencionando bandas que se fueron al garete cuando uno de sus miembros se marchó, pero preferimos dejar que cada lector piense en sus propios ejemplos.
Todo lo anterior sin duda se aplicaría a Miguel Costas, que no dudó en asumir el complicado puesto del micro tras la marcha de Germán Coppini en Siniestro Total, llevó al grupo a sus cotas más altas de popularidad, algo que inmortalizaron en el mítico directo ‘Ante todo mucha calma’, y finalmente se marchó descontento con la deriva que estaban tomando los de Vigo a mediados de los noventa. Y encima también le debemos haber ayudado a parir otro combo reseñable de la historia de la música patria de los ochenta como Aerolíneas Federales.
Tal vez fuera porque hacía un tiempo que no recalaba por Bilbao, pero el éxito de convocatoria de Costas fue tal que tuvo que hacer un par de fechas seguidas en el Crazy Horse, una visita que aprovechó además para promocionar su reciente libro ‘¡Esas palmas coño!’. Acudimos a la primera de ellas, que agotó entradas en tiempo récord y supuso el regreso con galones de la leyenda a la capital vizcaína.
Miguel Costas
Para acordarse de una actuación anterior de Miguel Costas en Bilbao había que echar la vista bastante atrás, un servidor diría que la última vez que le vimos fue allá por el 2015 en el Cotton Club. Ignoro si volvió posteriormente a esa fecha, pero el caso es que el personal andaba muy calentito en su devoción por el autodenominado “mejor cantante del mundo”, una coña que nos explicó en esta entrevista.
No había pasado demasiado desde el fallecimiento de su hermano Peón Kurtz, por lo que suponemos que no estaría con un ánimo desbordante por subir a un escenario, pero el hombre con arrojo profesional consiguió llevar el show a buen puerto, y encima entretuvo de lo lindo al respetable con chistes entre canción y canción. Bravo por una entereza que no todos tendrían en esas duras circunstancias.
Lo mejor de un concierto de Costas es que uno no acude para apreciar sutiles detalles instrumentales ni para escuchar canciones que cambien el mundo. Bueno, esto último en cierta manera sí, porque fijo que el universo de cada asistente se descerrajó al escuchar Siniestro Total, cuyos cuatro primeros discos todavía otorgan respuestas a la mayoría de enigmas de la humanidad. No hablemos ya de los que rinden culto al directo antes mencionado ‘Ante todo mucha calma’, que desde luego no son pocos.
El mito vigués llamó a filas con “Assumpta” y las gargantas no tardaron en desatarse al máximo con “Diga que le debo”, su peculiar adaptación del “Whip It” de Devo. Le acompañaba además una banda conformada por el bajista uruguayo Emiliano Fernández, que se hizo cargo del himno “Todo por la napia”, el batería Colás Lage o el guitarrista Juan Naya, otro veterano escudero que se atrevió con la recordada “Ponte en mi lugar”, del debut de Siniestro Total. Un grupo de buenos amigos más que un combo en el sentido tradicional del término.

No tuvo desperdicio la declaración de intenciones “No somos de Monforte”, antes de recuperar el legado de Aerolíneas Federales con “No me beses en los labios”, donde invitaron a cantar a una tal Lidia que dijo “¡Arriba el punk!” al final. Las preguntas filosóficas de barra de bar brotaron en “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?”, no sin que Miguel advirtiera a un asistente de que llevaba una camiseta de un grupo que ya no existía. En efecto, se refería a Siniestro Total.
“Opera tu fimosis” evocó a los Rezillos autores de la versión original y pidieron soltar toda la rabia acumulada en el hit en solitario de Costas “Hasta los güevos”, con una especie de competición vocal entre machos y féminas. Y en una época en la que quieren prohibir fumar hasta en terrazas al aire libre cobraba pleno sentido “Que corra la nicotina”, otra para desgañitarse antes de la revisión ramoniana de “Rock en Samil”, ideal para que algún despistado se subiera al tren, si es que no lo había hecho ya.

En este punto hay que mencionar que un espectador emocionado escribió “Te quiero” en el setlist antes de que comenzara el concierto, un hecho que se tomó Costas con su retranca habitual afirmando que “yo también, pero solo como amigo”. Añadió que no podían tocar todos los himnos, porque de lo contrario estarían ahí horas. Y no le faltaba razón, había que hacer una selección, seguro que cada uno echó alguna pieza en falta, no pasaba nada, eso era lo normal.
En “Camino de la cama” retó a la concurrencia a bailar muñeira “a ver si hay huevos” y “De hoy no pasa” volvió a comprobar las cuerdas vocales de muchos, encima enlazada con “Bailaré sobre tu tumba”, casi nada. Se había hecho cortísimo, pero Costas y compañía regresaron con más munición infalible, “Tipi dulce tipi” y la pura certeza de “Yo estoy bien, tú estás gordo”, otra de esas joyas políticamente incorrectas de su repertorio.
Una pena que no se atrevieran con “Más vale ser punki que maricón de playa”, a pesar de que apareciera apuntada en el setlist oficial, pero la opción de cerrar con “Miña Terra Galega” tampoco estaba mal tirada, pues Miguel avisó: “¡Esta última la vais a cantar vosotros!”. Un karaoke colectivo, en definitiva.
Si el libro ‘¡Esas palmas, coño!’ constituía una recopilación de su legado en formato escrito, esa noche vivimos una especie de banda sonora del mismo por parte de este carismático superviviente de Siniestro Total. Precisamente, durante estos días corría el rumor de una resurrección en Vigo de una de las bandas más provocadoras que ha dado nuestro país. “Aliados espirituales” les llamaba el inolvidable Jorge Ilegal. Qué lástima no haber pillado un mano a mano entre ambos.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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