Hay músicos que te enganchan a la primera y otros que te sorprenden por su marcada personalidad. Los hay también que echan mano de sus raíces para vestir de gala y raigambre sus canciones, y los que saben trasladarla en directo haciendo de sus actuaciones una celebración colectiva de la que todas y todos son parte y no meros espectadores. Todo ello es lo que reúne Kike M, un músico sinigual cada una de cuyas dimensiones fascina y atrae. El salmantino cerraba su gira de presentación de su inolvidable ‘Cantares de arcilla’ en Madrid, y, con lo que sus canciones nos han removido por dentro, perdérselo no era una opción.
La tradición folclórica y el rock empezaron a entrelazar sus dedos en cuanto el protagonista de la noche subió al escenario del Café Berlín, sito en el local donde nuestra bienamada We Rock dejó su impronta en tantos y tantas. ¡Qué nostalgia bajar esas escaleras! Rodeado de una formidable banda compuesta por violinista, guitarrista, bajista y batería, acometió “Cantos bordados” marcando diferencias desde el primer compás a capela. Porque es un artista diferente y accesible a partes iguales, y esa cuadratura del círculo a estas alturas de la película es la llave de su éxito.
Como un lobo en los cada vez más calcinados bosques de la Región Leonesa, hizo aullar al público, sentado por el formato más sosegado de conciertos del local, y el público respondió con la intensidad preceptiva de un concierto de rock antes de “Malas hierbas”, que sonó bonita y límpida, oxigenada por la esbeltez del violín, cautivándonos, como también haría acto seguido la memorable “Mr. Hyde”. Y entonces recordamos que Kike M no tiene tema malo. O si lo tiene, no lo ha publicado todavía.
Tiempo tendrá, porque se encuentra ya preparando su nuevo disco, pero no seamos agoreros. El listón elevadísimo de ‘Cantares de arcilla’ no está sino para superarlo, y las tablas adquiridas contribuirán, seguro, a ello. Vimos a Kike más suelto que en el pasado, en perfecta mímesis con el público, al que movió, con el que brindó y hasta le hizo reír. Tras una retahíla de francos agradecimientos, explicó que concebía este concierto como si de un duelo se tratase, porque había canciones que a lo mejor no volvía a tocar. Cabe aprovechar estas líneas para sugerir que no olvide ninguna, que simplemente las vaya alternando. Todas sin excepción tienen un hueco en nuestros corazones.
Es inevitable que algo se anude bajo el esternón al son de “Café con aguacate”, para la que el artista puso de relieve que a veces es complicado saber cómo encajar el amor y las cosas buenas cuando llegan. Seguíamos obnubilados con el cristalino y cálido sonido que expelía el escenario cuando “Cigüeñas” nos terminó de maravillar con su magnética redondez, con su exquisito bucolismo y con su rutilante lucidez. En acústico la enlazó con “Ojos de dragón”, con ese inesperado momento casi rapeado sobre un sustrato de enérgica electricidad en contraste con un preciosismo melódico calmado y embriagador. Está loco este chico para hacer canciones así. Y nos enloquece a todos.
Y como la cosa iba de versos con mensaje y mucho significado, encajaba a la perfección “Manto negro”, en la que recordó la tragedia que supuso el incendio de la zamorana Sierra de la Culebra. Y tantos otros fuegos que son auténticos atentados medioambientales y que destrozan ecosistemas, paisajes y vidas enteras. “Qué salvaje y qué pena”, proclamó Kike sobre un tema que nace, dijo, “de la pena y la rabia”. Quien firma estas líneas lo suscribe y las aprovecha para el enésimo llamado a revertir las desastrosas y temerarias políticas que conducen inevitablemente al desastre y que año sí y año también queman los montes leoneses y los de tantas otras tierras del Estado. Una parte de la canción la cantó él solo, a capela y sin micrófono, enfatizando la organicidad de su música, naturalidad a la que sacó punta en “Los hijos del miedo”, cantada también sin micro mientras tocaba con alucinante maestría el pandero cuadrado, instrumento tradicional en la Región Leonesa, Asturias y Galicia.
Con los músicos de la banda aún fuera de escena, acometió “La ciudad de nadie”, una canción reivindicativa y poética a partes iguales con la que dijo sentirse representado y que en las últimas semanas ha adquirido otro sentido. El corte, que, aunque lo estrenase en ese momento y tuviera bastante tiempo, no irá previsiblemente en su próximo disco, versa de la deshumanización de las ciudades, y con la crisis de la vivienda en primera plana, resultó particularmente elocuente. Tanto que se puso nervioso, confesó, y tuvo que reiniciarlo al poco de comenzar. No pasa nada; era un directo tan puro que hasta le quedó bien.
Entre aplausos azuzados por Kike regresaron todos los excelentes músicos que lo acompañaban, y nos introdujo un tema que describió como “un poco heavy metal”. Se trataba de “Shere Khan”, con la que nos devolvió a ‘Antipersonal’ (2023), su primer disco. Cuando nos preguntaba en el estribillo “¿qué quiero ser de mayor?”, habríamos de responder “quiero ser el infierno”, y la sala siguió sus instrucciones al pie de la letra creando una estupenda química. Uno de los momentos más electrificantes de la noche, solo de guitarra eléctrica y momento de vibrante folk rock incluido, dio paso a un interludio en el que Kike se recreó con la guitarra mientras el violín trazaba una red amortiguadora antes de la genial “Agua y piel” y una instrumentalmente estelar “Prefacio”, en cuya letra hizo un guiño a su inminente cuarentena cambiándola con chispa y carisma.
De vuelta a ‘Cantares de arcilla’, Kike relató cómo en el ambiente flotan el miedo y la ansiedad, y que también están en nuestros bolsillos, metiéndonos en contexto para “La cara de la muerte”, en la que su batería y su bajista saldaron con creces sus cuantiosos contrapuntos rítmicos, todo en un aura que bordeaba el metal por la contundencia y la oscuridad que destila el tema, mayores todavía en vivo. Sofisticación y cercanía en una sola ración.
Parecieron después no ponerse de acuerdo los músicos sobre el escenario, desafinando deliberadamente y conversando caóticamente en un cómico preludio a la inmensa y aflamencada “Cascabel”, en la que el folclore de su tierra también asoma, y que acuñó un delirio colectivo que desembocó en que el respetable se arrancase a cantar su coro una vez concluida.
Dicharachero y muy próximo, Kike describió el siguiente tema en liza como el que marca el corazón de ‘Cantares de arcilla’ y, en un bonito discurso, recordó el campamento al que fue de pequeño y manifestó su deseo de devolver el amor que había recibido. “Huella” ablandó entonces nuestro corazoncito, que se nos heló por un instante cuando hizo el amago de despedirse hasta el año que viene. Pero aún quedaba tela por cortar, y la casi chamánica e inclasificable “Trance” le condujo a ofrecerse a duendes, brujas y criaturas del surrealismo, las cuales, en realidad, hace tiempo que silbaron al oído de sus musas.
El broche de oro, ahora sí, llegó con “Destellos”, una de esas canciones definitorias sin las cuales probablemente no se entendería la personalidad y la evolución de este músico total, que nos hizo levantarnos a todos de las sillas para movernos y echar el resto en un final de concierto apasionante. Una extraña felicidad transitoria se adueñó entonces de nuestros espíritus, cubiertos de la arcilla de la inspiración de un artista cuyo techo no se vislumbra a día de hoy ni con telescopio.
Empecé a respirar rock desde niño, mi primer programa de radio lo hice con quince años y a los dieciséis monté una web. Comencé a escribir en MariskalRock, La Heavy y Kerrang en 2006, y en 2008 di el pistoletazo de salida a El Drakkar en MariskalRock Radio, que años después se transformaría en La Hora Argonauta. También presento festivales y pongo musiquita en sitios.
Mi vida está en Madrid, pero parte de mi corazón está en Castrocalbón (León) y en Oslo (Noruega).
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