Kamijo, el magnético frontman y a la vez emperador del visual kei, llegaba a Madrid para exhibir su abanico artístico de metal sinfónico japonés en la sala Cats, y hasta allí acudimos los enviados especiales de MariskalRock.
El cantante nipón es mundialmente conocido por haber formado parte de proyectos como Lareine y Versailles, pero en esta oportunidad, traía su propuesta solista para clavar su voz directamente en lo más profundo del respetable y corroborar cómo dispone de una enorme conexión con sus seguidores de esas que no se enseñan ni se adquieren, se llevan por talento natural y destreza intrínseca.
En la pantalla central, una cruz ornamentada y elegante en tono plateado sobre un fondo azabache con algunos detalles barrocos preside la escena mientras el respetable comienza a rugir, rugir y rugir. Desde consolas disparan como introducción “Vive le roi”, y la sala es un volcán en ebullición, y eso que aún no aparecía el protagonista de la velada.
“Kamijo, Kamijo, Kamijo”, empieza a gritar el público que se aferraba a las primeras filas. Era como si necesitaran que las canciones del artista les impregnaran cada poro de la piel.
Uno a uno, ingresan los músicos que lo acompañan en escena, pero la explosión absoluta llega cuando el emperador, de manera pausada, con un aura especial, se adueña del stage mientras cientos de rosas rojas plásticas leds son encendidas por sus seguidores, que casi tapan la voz del cantante con sus vítores cuando abre el show con “Louis ~Enketsu no La Vie en Rose~” seguido de “Sonata” y cerrando el trío inicial con “Bara wa Utsukushiku Chiru”. Esta última de su etapa de Lareine.
La química que destila en vivo con sus fans es para enmarcar. En cada gesto, en cada mirada, en cada postura, la sala se vuelca al completo con su ídolo. Kamijo está muy bien secundado en directo con un par de guitarras afiladas, un bajo muy contundente y una batería que sostiene en todo momento el pulso.
En algunas piezas son apoyados por sonidos de consolas para dotar de mayor épica aun el espectáculo. El concierto es como una ceremonia donde el Samurai del metal se entrega por completo a sus devotos y enfervorecidos seguidores.
Las rosas rojas plásticas ayudan a crear un clima que se fusiona con el vestuario de estética asiática que predomina entre el respetable, mientras los cinco músicos continúan pisando el acelerador. Le rinden pleitesía a su héroe y este, en señal de agradecimiento, toma una rosa y, después de besarla, la arroja de espaldas al público, que explota ante el gesto.
El Samurai del metal sinfónico se mueve de lado a lado del escenario. Por momentos se sube a una pequeña plataforma ubicada en el frontal y desde allí crea una imagen para grabar en la memoria, erigiéndose cuál profeta nipón arropado por incontables brazos en alto que le entregan su cariño ante canciones como “Intense Caress”, “Heel” y “Romantique” entre otras.
Como flechas a toda velocidad que sobrevuelan la sala para finalmente clavarse en el esternón de los fans, cada pieza aporta ese fuego vital que han venido a buscar sus seguidores. Con algunas pocas palabras en inglés que pronuncia con cierta timidez, en voz baja, (quién lo diría con la gran presencia escénica que exhibe) cosecha más gritos y rugidos.
Kamijo juega de local en Madrid y la sala al completo está rendida ante su teatralidad única. La ceremonia en todo momento ofrece un sonido muy pulcro a la vez que contundente.
Toma una copa de cristal con agua y, tras dar un sorbo lento, hace un amague de arrojar líquido elemental sobre el respetable, que ruge. Salta y los fans lo siguen. Verdaderamente, la conexión
es espectacular, e incluso por momentos no se escucha con nitidez la voz del frontman ante el rugido continuo y voraz de la masa.
Su directo tiene partes bailables, veloces, potentes… Es uno de esos shows que son imperdibles.
Tras “Shadow of Oscar”, “Odyssey” y “Yamiyo no Lion”, la euforia continúa creciendo. Ofrece el micrófono en algunos estribillos a sus compañeros y esto desata los gritos del público e igualmente cuando da paso a sus escuderos para que hagan solos incendiarios de guitarras. Su propuesta en vivo se mueve entre el power metal sinfónico y el metal neoclásico con algunos pasajes más crudos y fragmentos bailables.
Aunque sea redundante, es para destacar cómo hasta cada parpadeo de Kamijo encuentra respuesta en los fans de en modo de grito vital. Verdaderamente, es un público que le rinde pleitesía, y es para aplaudir que no hablan nada. Están viviendo el concierto. Han venido a ver a su héroe y lo acompañan con total entrega, como se evidencia en “Vampire Rock Star”, la cual es titánica, y “The Anthem”, con la que cierra el bloque principal.
Un receso y volvía el quinteto con Kamijo a la cabeza. Tomando su teléfono móvil, se hace fotos con sus compañeros de carretera, y acto seguido se filma con los fans para desatar nuevamente el delirio colectivo. Como agradecimiento, la multitud vuelve a gritarle: “Kamijo, Kamijo, Kamijo…”.
Con un gesto fraterno y ceremonial, en la recta final, tras recibir un ramo de rosas que abraza y devuelve a la multitud, ejecuta “Dakishimerarenagara”, “Behind the Mask” y de Lareine afronta “Fuyu Tokyo”. Kamaijo es dueño y creador de su propio dogma, y como tal lo viven sus fans.
“Konoyo de Ichiban Utsukushii Barayo” y “Royal Blood” son los últimos sablazos del emperador del visual kei. Le regalan una bandera de España con su rostro y, mientras se despide, toma la insignia patria y torea a sus compañeros ante la ovación de los fans.
De esta forma ponía punto y final a una actuación donde el frontman japonés fue un verdadero emperador del metal.
Kamijo pasó por Madrid exhibiendo todo su talento, su gran presencia escénica, y ofreciendo una ceremonia de metal sinfónico que fue apoteósica.
He cursado mis estudios de Derecho y Ciencias Políticas en Granada, teniendo puestos mis cinco sentidos en los héroes, mitos, leyendas y también en las propuestas emergentes del género.
Escribo con mi pluma cargada de tinta en MariskalRock y en La Heavy, con rigor, honestidad y tratando de conectar con los lectores desde mi prisma.
Sin Rock and Roll, no hay vida.
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