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Crónicas

Idles en Bilbao: Un arrebato de furia controlada

«Nunca fue sencillo gestionar la anarquía sónica sin que el asunto se vaya de las manos, pero ellos lo consiguen sin demasiado esfuerzo.»

7 marzo 2022

Sala Santana 27, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

A un servidor siempre le fascinaron los motivos por los que se encumbra a determinadas bandas mientras que se hace caso omiso a otras. Suponemos que se trata de los tentáculos alargados de ese sistema que nos dice a quién debemos amar u odiar en diversas materias sin ningún tipo de rigor. Un concepto tan voluble como ese que nos dictaminan los de arriba sobre las causas que hay que defender hoy en día para ser un ciudadano respetable, no importa la cantidad de cadáveres que se escondan en el armario. Intentemos por lo menos que no apesten.

Toda esta entradilla viene a cuento del éxito del que están disfrutando los británicos Idles, aunque también es cierto que no procede de ahora, sino de su segundo álbum ‘Joy as an Act of Resistance’, que en su momento se consideró una auténtica piedra angular del punk contemporáneo. Sin embargo, ellos odian que les identifiquen con el movimiento del 77 que cambió el mundo y en un concierto en Mánchester en 2018 el vocalista Joe Talbot manifestaba así su rechazo: “Por última vez, no somos una puta banda punk”.

La verdad es que la música de estos tipos entraría sin problemas en el cajón de sastre que entendemos como post punk, pese a que contenga un marcado poso de actitud hardcoreta y un componente bailongo que unifica gustos muy dispares. Esto último se pudo sentir en una abarrotada sala Santana con más de 1.000 personas en la que había mucha peña tatuada, personal de corte más bien alternativo y hasta nos encontramos con Josu Ximun, guitarrista de Belako que veía tranquilamente el concierto desde la parte trasera. Cualquiera se acercaba a las primeras filas, con pogos brotando por doquier.

Por motivos laborales no llegamos para los teloneros Witch Fever y Bambara, por lo que nos sumergimos nada más entrar en la particular propuesta sonora de Idles. En ese sentido, funcionó de manera muy correcta “Colossus”, una suerte de in crescendo que comienza lánguido y termina con velocidad incitando al desparrame colectivo.

Que aquí predominaría la camaradería hardcoreta lo dejó patente el cantante Joe Talbot mandando a los fieles dividirse en dos bandos ya a la segunda canción, si no me equivoco, y también no dudó en lanzar al respetable las botellas de agua que tenían en el escenario. Una amabilidad que contrastaba en un tío que lanzaba patadas al aire y escupía al suelo como un macarra. O como Clint Eastwood en ‘El bueno, el feo y el malo’, vaya.

El voceras además confesó su poco dominio del castellano, aunque allí se hablaba el idioma universal del baile. Nosotros nos situamos en concreto en la que se antojaba la zona de los bailongos, por lo que tuvimos que esmerarnos a la hora de proteger la cámara. Era frecuente toparse con exaltados que se recorrían el recinto danzando de una punta a otra de la sala, igual que si fuera una película de zombis. Parecían estar plenamente poseídos por lo que acontecía encima del escenario.

A pesar del aparente caos reinante, se notaba que los de Bristol sabían lo que hacían, por mucho que los guitarristas se sacudieran como si sufrieran descargas eléctricas. Hay que reconocer que piezas del estilo de “Meds” sonaban cañón, con ese taladrante bajo de la escuela Joy Division y arrebatos ruidistas que les emparentaban con la no wave neoyorquina. Y si a eso le sumas un cantante que más que entonar recita o sermonea, ahí tienes las claves de que su rollo sea tan peculiar. Digamos que lo suyo es art punk como Television, Magazine y esa gente y fuera.

Son un grupo de muchos contrastes, porque lo mismo pueden pasar del ímpetu punkarra a algo tan evocador como “The Beachland Ballroom”, una suerte de soul oscuro que no hubiera desagradado al recientemente fallecido Mark Lanegan. La fuerza intrínseca del combo no desaparecía ni siquiera cuando se arrancaban con cortes más lentos, el último tema que hemos mencionado era un prodigioso ejemplo de ello.

Hubo incluso momentos dulces, como cuando las luces del fondo del escenario se asemejaban a un manto de estrellas. Había que disfrutar de esos instantes de relax, pues no duraban mucho. “Never Fight A Man With A Perm” pilló a varios volando por los aires y en esa línea adoptaron un perfil todavía más contundente con “Crawl!”, un bombazo en las distancias cortas que cuesta no asociar al punk de manual.

“1049 Gotho” también era muy de pogos, por lo que eso de lanzarse al público se convirtió en una costumbre recurrente. Esta sensación de desenfreno posibilitaba que en ocasiones nos pareciera estar como en un videoclip, un limbo en el que nunca había existido pandemia, a tenor del amplio contacto humano que por ahí se estilaba. Ojo, que no estamos haciendo alarde de posturas negacionistas, sino simplemente observamos cómo se comportaba la afición.

La fantasmagórica “MTT 420 RR” pudo recordar a la chatarrería siniestra de Nick Cave & The Bad Seeds o del difunto señor Lanegan. Una tónica que rompieron con esa explosión de ira llamada “War”, muy apropiada para los convulsos tiempos que vivimos, mientras que el grito de rabia “I’m Scum” se transformó en un cántico festivo para soltar adrenalina.

Y hasta mandaron arrodillarse a la peña, algo que hacía siglos que no veíamos en un concierto. “Esto es jodidamente hermoso”, decía un emocionado Talbot. En ese espíritu de celebración encajaba “Danny Nedelko”, dedicada a “los inmigrantes que hicieron nuestro país”. Un gesto encomiable que combatía la ignorancia y que adquiría más valor en un lugar donde todavía siguen en pie estatuas de iluminados que creían en razas inferiores y otras tonterías semejantes.

Ya solo faltaba arremeter con “Rottweiler”, que mordió con saña punk y terminó con luces parpadeantes como si fuera el fin del mundo. No había estado nada mal para ser lunes. Creemos que este furor en torno a Idles está un tanto sobrevalorado, aunque disponen de un arsenal versátil capaz de convencer hasta al más renuente. Nunca fue sencillo gestionar la anarquía sónica sin que el asunto se vaya de las manos, pero ellos lo consiguen sin demasiado esfuerzo. Vivimos un arrebato de furia controlada, no cabe duda.

Alfredo Villaescusa
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Esta entrada fue escrita por Alfredo Villaescusa

1 comentario

  • Juandie dice:

    Extenso resumen de el gran concierto que se marcaron IDLES en una de las salas más emblemáticas de la rockera bilbao como es la Santana 27.

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