Existe mucha épica en torno al rock australiano. Basta mentar luminarias como Radio Birdman o The Saints para que a cualquier melómano se le abran los ojos como platos y empiece a recitar las bondades de la música facturada en las antípodas. No en vano convendría puntualizar que a menudo se atribuye la creación del punk tanto a Reino Unido como a EEUU, ignorando que a comienzos de los setenta en el país de los canguros también hacían algo muy parecido, que si no podría considerarse dicho estilo, sí que se encontraba en la misma órbita.
Precisamente, los australianos Hoodoo Gurus recogieron el testigo de la escena previa de Sídney de los setenta y se labraron una carrera durante los ochenta que no se limitó a reproducir los esquemas de la generación anterior. El líder Dave Faulkner explicó que cuando se formaron había dos tipos de bandas, las que miraban hacia el rock incendiario de Detroit vía The Stooges, y por otro lado, una vertiente más experimental. Pues bien, optaron por seguir su propio camino, sin identificarse con ninguna de las facciones.
Gracias a esa inequívoca muestra de personalidad, ayudaron a internacionalizar el rock australiano y lo abrieron a un público mucho mayor, pese a que nunca alcanzaran la dimensión comercial de AC/DC, INXS o Midnight Oil. Lejos de estancarse en el mítico sonido de los ochenta, continuaron grabando y actuando durante décadas, adquiriendo una reputación de grupo de culto entre los entendidos.
Por todos los motivos arriba expuestos, pensábamos que estaría abarrotada hasta los topes su cita con el público vizcaíno en el Kafe Antzokia de Bilbao, pero la cosa no fue para tanto, pese a registrarse una afluencia bastante respetable para un día entre semana. Había incluso algunos guiris en las primeras filas que parecía que estaban viviendo el concierto de sus vidas.
Hoodoo Gurus
Nada más echar un vistazo al repertorio que Hoodoo Gurus tenían preparado para esa noche, por la cantidad de temas, podría intuirse que nos íbamos a pasar en el recinto dos horas por lo menos. Imprimieron tal velocidad de crucero al recital que al de poco más de media hora ya habían alcanzado el ecuador, toda una proeza la de estos tipos que tampoco eran chavales.
Abrieron fuego con “(Let’s All) Turn On”, un pistoletazo cargado de referencias al rock n’ roll añejo, en el sentido amplio, desde The Beatles a T. Rex, sin olvidarse de Elvis ni de Little Richards. “Answered Prayers” añadió todavía más garra, antes de perderse en el rock psicodélico con “A Place in the Sun”. La formación básica que llevaban de dos guitarras, bajo y batería constataba que para epatar no hacía falta un descomunal despliegue de elementos.
En teoría, la gira festejaba los 45 años de la banda, por lo que bucearon en diversas etapas de su trayectoria, lo mismo recalaban en ‘Chariot of the Gods’ de 2022 con “Carry On” que en su laureado ‘Blow Your Cool’ de 1987, quizás el álbum que contenga más “hits”, así entre comillas, pues ya hemos dicho que nunca fueron unos superventas.
En “Death Defying” remitieron al power pop de Teenage Fanclub y los sonidos más amables también se elevaron en “Come Anytime”. El clásico “Mars Needs Guitars!” atronó con la dignidad requerida y los ánimos se caldearon todavía más con “1000 Miles Away”, que posee cierto aire al legendario “Always The Sun” de The Stranglers, casi nada.
Las gargantas se elevaron del mismo modo en los coros de “I Want You Back”, uno de los momentos más emotivos del show, y sin perder empuje, el guitarrista Brad Shepherd cambió su instrumento por la armónica en “Poison Pen”, al tiempo que se acercaban peligrosamente al final del concierto. Era entonces cuando debía caer su himno cowboy “Out That Door”, con ese solo de guitarra echando chispas que emocionó desde luego a todas las primeras filas.
A partir de entonces no se admitirían tonterías y no defraudaron para nada al finiquitar con “What’s My Scene” y “Like Wow – Wipeout!”, un cierre inapelable, en principio, pero la peña se sintió tan a gusto que la petición de bises brotó de manera espontánea en cuanto los australes abandonaron el escenario. Hubiera sido quedar muy mal no atender dicho requerimiento, pero como debieron estar tan cómodos, no tardaron en regresar con tres temas más de propina, para así satisfacer de pleno tanta hambre del grupo.
Echamos de menos la enérgica “Crackin’ Up”, pero lo que quedaba claro es que el mundo seguía necesitando guitarras, evocando el título de uno de sus discos más conocidos. Frente a otros que están ya para mirar obras, los australianos se mantienen en un magnífico estado de forma, con un catálogo de canciones que desearían muchos y esa actitud underground que siempre les llevó a no casarse con nadie. Para tomar apuntes.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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