Def Leppard volvió a demostrar la vigencia del rock de estadios en la Ciudad de México. La banda británica, originaria de Sheffield y con casi cinco décadas de trayectoria, se presentó el lunes 19 de octubre en el Palacio de los Deportes ante cerca de 16 mil personas, en una noche marcada por la nostalgia y la conexión entre distintas generaciones.
El concierto marcó el regreso del grupo a México tras su gira de 2023 junto a Mötley Crüe. Incorporados al Rock & Roll Hall of Fame en 2019, los británicos mantienen su vigencia con un repertorio que ha dejado huella en la historia del hard rock. Pasadas las siete de la noche, Extreme salió a escena con la electrizante energía de Gary Cherone y el impecable virtuosismo guitarrístico de Nuno Bettencourt. La banda estadounidense fue ganándose al público durante un set de casi una hora.
El recorrido musical incluyó temas como "Midnight Express" y "Get the Funk Out", con dos momentos especialmente destacados. El primero fue la interpretación de la acústica e inmortal "More Than Words", coreada al unísono por miles de asistentes. El segundo, un contundente popurrí en homenaje a Ozzy Osbourne que enlazó "I Don't Know", "Bark at the Moon" y "Crazy Train". Ver al Príncipe de las Tinieblas proyectado en las pantallas mientras sonaban los riffs de sus temas más emblemáticos fue un regalo directo al corazón para todos los metaleros, un club en el que orgullosamente me incluyo.

A las 21:00 horas, las luces se apagaron para dar la bienvenida a Def Leppard, que abrió fuego con uno de sus últimos sencillos, "Rejoice", acompañado por un fondo visual que emulaba un firmamento estrellado. De inmediato, la bandera del Reino Unido iluminó la pantalla principal para dar paso a "Animal" y a la incendiaria "Let’s Get Rocked", del álbum 'Adrenalize' (1992), conectando de golpe con la nostalgia del público.
“¡Hola, Ciudad de México! ¿Qué pasa? ¿Están bien? ¡Qué bueno verlos de nuevo! Gracias por recibirnos. Esta noche la vamos a pasar muy bien. ¿Están listos para esto?”, saludó un enérgico Joe Elliott antes de continuar el viaje en el tiempo. Minutos más tarde, el vocalista añadió con evidente emoción: "Esta es la quinta vez que tocamos en este recinto y, sin duda, es la más ruidosa de todas. Es el concierto más ruidoso que hemos dado en todo el año, desde febrero. Son increíbles".
La promesa de rescatar joyas del baúl de los recuerdos se cumplió con creces con un demoledor combo de su segundo álbum de estudio, 'High ’n’ Dry' (1981): "Bringin’ on the Heartbreak", enlazada con la instrumental "Switch 625". El bloque sonó crudo y potente, acompañado por un espectáculo visual interactivo. Fue entonces cuando Rick Allen, cuya historia está marcada por un extraordinario instinto de superación tras el accidente automovilístico que sufrió en 1984, ejecutó un solo de batería que desató una ovación ensordecedora.

Las palmas del público acompañaron los riffs de guitarra de Phil Collen y Vivian Campbell en temas más recientes como "Just Like 73", durante el cual la banda se tiñó con los colores de la Union Jack. La comunión entre el escenario y la grada era total: a pocos metros de mí, un padre y su hijo se abrazaban y coreaban las canciones con fervor, evidenciando cómo este repertorio ha logrado romper la barrera generacional.
Los momentos cumbre se sucedieron sin dar tregua. Durante "Rocket", la audiencia despegó por completo, convirtiéndola en una de las canciones más coreadas de la noche. Pero la gran sorpresa llegó con "Slang", en un guiño funk que incluyó fragmentos de "Get Up Offa That Thing", de James Brown, y "Fame", de David Bowie. Joe Elliott bajó del escenario y caminó entre los asistentes de la zona de pista. Después, recorrió el perímetro saludando de mano a los fanáticos, en un gesto de cercanía que desató el entusiasmo del público.
"Por eso nos encanta regresar aquí. Siempre tienen esta actitud y escucharlos es maravilloso", afirmó Elliott al volver al escenario. "Por eso creamos la banda, para sentir el cariño de la audiencia como esta noche. Hace casi cinco décadas, en agosto de 1977, conocí a alguien que fue a mi casa, abrió una cerveza y se puso a escuchar música conmigo. Decidimos formar una banda y ver qué pasaba. Cuarenta y nueve años después, aquí estamos, en la Ciudad de México". Sus palabras dieron paso al solo de bajo de Rick Savage.

Con el combustible a tope y bajo una iluminación naranja, la mítica silueta del leopardo regresó a las pantallas para la explosión de "Armageddon It", acompañada de gráficos de una ciudad en llamas. El pulso del concierto cambió hacia la emotividad con la balada "Love Bites", que transformó el Palacio de los Deportes en un mar de luces de teléfonos celulares.
Para el bloque final, el recinto se rindió ante verdaderos himnos del rock mundial. Nadie permaneció sentado cuando sonaron los primeros acordes de "Rock of Ages", seguida por la euforia de "Photograph", durante la cual las pantallas mostraron imágenes de archivo que repasaban la extensa trayectoria de la banda. Posteriormente, Elliott sorprendió al interpretar "Two Steps Behind" en un formato más íntimo, acompañado únicamente por su guitarra acústica.

El broche de oro llegó con "Pour Some Sugar on Me", el clímax musical de la velada, que demostró que el leopardo inglés conserva intactos sus colmillos y su potencia. Entre los solos de guitarra de Phil Collen y Vivian Campbell, la sólida base rítmica de Rick Savage y la batería de Rick Allen, Def Leppard transformó el Palacio de los Deportes en una celebración del rock atemporal antes de partir rumbo a su siguiente parada, la Arena VFG de Guadalajara. Una cátedra de vigencia, pasión y absoluto respeto por su legado.
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