Las cosas que no son lo que parecen suelen convertirse en las más interesantes. Frente a esas cualidades o rasgos que saltan a la vista nada más conocer a alguien, existe una amplia gama de registros que permanecen como la parte oculta de un iceberg, esperando que alguien lo suficientemente observador repare en ellos. Tal vez ese mismo concepto sea un tanto contradictorio en una época que limita a escasos diez segundos el tiempo que se debería dedicar a una canción.
Luchando contra esta criminal tendencia contemporánea podría haber nacido Beire, aunque la realidad, por lo menos según lo que declaró la vocalista Iratxe Pérez, es que surgió cuando le rompieron el corazón, un pistoletazo de salida más poético imposible. Fueron acumulándose composiciones de tendencia reposada, aunque no exentas de furia, que obviamente no encajaban con el espíritu punk de Chulería, ¡Joder!
No muchas formaciones pueden presumir de agotar entradas en su primer concierto, pero uno lo entiende al comprobar que en este proyecto también está Lore Nekane Billelabeitia, bajista de Belako, junto a miembros de bandas tan interesantes como Ezezez, Vulcanizadas o Uger. Y seguro que bastantes de los que abarrotaron el piso superior del bilbaíno Kafe Antzokia pertenecían a algún grupo o bien eran colegas de algún integrante. La propia Iratxe incluso se sorprendió en un momento del bolo de que hubiera gente del punk “escuchando pop”.
Beire
Con un único álbum que no llegaba a los treinta minutos no esperábamos desde luego un recital muy extenso de Beire. Lo de aquella tarde noche era más bien una puesta de largo, una presentación en sociedad, sin voluntad ninguna de sentar cátedra. Así cabría tomarse ese concierto que valdría además para comprobar si en las distancias cortas prevalecía la intensidad o la desnudez emocional del trabajo en estudio.
Pues diríamos que se trató más bien de una mezcla de ambas cosas. Lo primero que impactó fue ver a Iratxe con la guitarra colgada, aunque la aparcara en diversas ocasiones y entonces nos mostrara esa faceta incendiaria suya que tantas veces habíamos visto en Desorden o Chulería, Joder! Todo un ejemplo de que un aspecto no se imponía sobre otro y que ambos podían convivir sin problemas en el directo.
“Ateak” recordó a Belako por su atmósfera contenida entre el indie y el post rock, con una hipnótica aportación a la trompeta además. “Txikia”, la carta de presentación del debut, no se podía obviar tampoco en los primeros momentos, antes de que “Zapatak” inclinara la balanza hacia el lado experimental. A este respecto hay que subrayar el sonido compacto y potente del que gozaron, un auténtico prodigio de sincronización con tantos componentes en el escenario.
Para los directos se encargaba del bajo Andrea Plaza (Nize), que contribuyó a los coros y exhibió una complicidad total con el resto de la banda. El entusiasmo del personal, al mismo tiempo, iba incrementándose por momentos, algo que se notó en especial en “Katu beltza”, que podría ser tranquilamente de una cantautora tipo Tulsa o Anni B Sweet, si no fuera por el halo post rock.
“Beira”, por el contrario, ponía las miras en el legado de Joy Division, una marcada influencia que también poseían Belako. Al igual que sucedía en la pieza anterior, el posterior desarrollo alejaba el corte de la banda de Ian Curtis y compañía, así como la apabullante personalidad de Iratxe, capaz de insuflar furia incluso a canciones de tono sosegado. La frontwoman no renunció a buscar el contacto del emocionado respetable, acercándose a las primeras filas como Iggy Pop.
Precisamente, un rasgo que comparte con este último es que uno no sabe realmente lo que va a hacer en escena, si se lanzará en plancha al público y desatará un pogo brutal o más bien se recogerá mostrando su lado más vulnerable. Esa sensación de imprevisibilidad que comparten los grandes de verdad y que Pop observó a su vez en Jim Morrison de The Doors.
Se arrancaron con una pieza en castellano llamada “Desinformación”, que parecía definir de un plumazo los tiempos actuales, por lo que ya sabemos que es muy probable que anden alternando lenguas en el futuro, fiel reflejo de la auténtica pluralidad del País Vasco y no la que otros quieren imponer. Y “Nansa” tiñó el recinto de ruiditos y ambiente fantasmagórico que remitía a Nick Cave o PJ Harvey, una demostración más de la inmensa versatilidad como vocalista de Iratxe.
“Kaixo”, otra de las canciones más destacadas de su reciente disco, ganaba bastante sobre las tablas, en especial la parte final, e incluso las guitarras parecían en plan The Chameleons. Recurrieron a otro tema en castellano y ya para despedirse definitivamente soltaron zapatilla con “Galiza”, ideal para esos últimos brincos en los que echar el resto.
En realidad, se trató de un prometedor comienzo, la primera piedra de un edificio que cobrará consistencia en el futuro, aunque ya comprobamos que los cimientos se antojaban más que sólidos. A pesar de haber nacido de un corazón roto, no es un proyecto que se regodee en la miseria ni que suponga una ruptura total con la trayectoria previa de sus integrantes. Llamémoslo una nueva perspectiva.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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