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Crónica de BBK Legends Bilbao con Chris Isaak, Beat o Cracker: Canciones tristes para intimar y un empacho de virtuosismo

Chris Isaak

Para que un festival perdure en el tiempo es fundamental que posea cierta esencia y se distinga del resto de los múltiples competidores, ya sea en la selección de artistas o incluso en la misma manera de hacer las cosas. Cualquier aspecto debería servir para marcar la diferencia y colocar esa bandera personal que señale que ahí lo importante sigue siendo la música y no la construcción de un parque temático con ese elemento de fondo, igual que una sintonía de ascensor.

En el caso del BBK Legends Bilbao, no son pocos los que sintieron que algo se perdió cuando se produjo el traslado desde el centro de La Ola en Sondika (Bizkaia) al pabellón Bilbao Arena Miribilla, con una ubicación quizás más estratégica, aparte de un lugar ya consolidado de parada de grupos internacionales. La inclusión de bandas locales en el exterior añadió dinamismo y una versatilidad a la cita que provocó que muchos aficionados veteranos lo consideraran uno de sus eventos favoritos del año. Y con razón, pues todo era muy cómodo.

La edición de 2026 ya de entrada comenzó con mal pie al caerse Tom Morello (RATM), que tuvo que suspender su gira europea por motivos familiares. Encontrar un reemplazo a la altura con tan poca antelación iba a ser tarea imposible, pero anda que no se podría haber pensado en alguna banda nacional o local para ocupar dicha privilegiada posición. Así a bote pronto, los madrileños Burning podrían haber salvado los muebles muy dignamente, pero tampoco era necesario irse muy lejos, los vasco-argentinos Capsula son una garantía infalible en directo y también podrían haber levantado el pabellón sin apenas despeinarse.

Al parecer, las quejas vecinales echaron al traste lo de las actuaciones en el exterior. Desde luego, los residentes de la zona deben tener lomo plateado o ser más especiales que los de Casco Viejo, Santutxu y otros barrios que soportan fiestas cada dos por tres sin que se les caigan los anillos. He aquí una muestra de las profundas desigualdades que funcionan en una ciudad que los populistas dicen que es modelo de convivencia.

Vaqueros que no erran el tiro

La primera jornada fue perfecta a nivel musical, pero no tanto en comodidad, pues la falta de aire acondicionado en el interior supuso que las gradas con muchas personas abanicándose parecieran más una plaza de toros de Sevilla que un concierto de rock. Menos mal que el segundo día hubo una temperatura más soportable, aunque difícil resulta de creer que un recinto como Miribilla no disponga de un elemento tan básico.

Dea Matrona

Sin más preámbulos, vayamos a la actuación de las pujantes norirlandesas Dea Matrona, que nos visitaron no hace demasiado como teloneras de The Darkness. Su estilo a caballo entre los Heart de los setenta y los Fleetwood Mac de ‘Rumours’, a los que versionaron con su célebre “Oh Well”, posee un marcado atractivo, aunque tal vez les falte algo más de chispa a la hora de conectar con el respetable.

A pesar de que no fueran un desmelene, no se podría negar que piezas recientes del calibre de “Hate That I Care” o “Magic Spell” les funcionan bastante bien en las distancias cortas, pero pensar en ellas más allá de lo correcto sería excederse. Finiquitaron su entretenido recital con “My Own Party”, una canción sobre ser uno mismo y no hacer caso a lo que digan los demás. Muy bien, pero hemos escuchado unas cuantas veces esa cantinela rebelde en el mundo del rock.

Cracker

La anterior visita de los norteamericanos Cracker a la capital vizcaína fue todo un éxito en términos de convocatoria, con entradas agotadas con antelación, así como una muestra de poderío de unos veteranos que lo mismo le pueden dar al punk que al folk sin arrugarse lo más mínimo. La dupla conformada por las dos almas de la banda, los cantantes y guitarristas David Lowery y Johnny Hickman, funcionó a pleno rendimiento una vez más, y al tratarse de un bolo más corto que el de la sala BBK, seguramente fueron más al grano.

Imposible no elevarse con himnos de la envergadura del macarra “Teen Angst (What the World Needs Now)” o su coreable “Euro-Trash Girl”. Al igual que en la anterior ocasión, la simpática violinista Anne Harris volvió a hacerse notar y su bajista Bryan Howard tomó el micro para revisitar “You Ain’t Goin’ Nowhere” de Bob Dylan, todo un acierto, pero no fue la única versión de la noche, pues también sonó “Pictures of Matchstick Men”, de la época psicodélica de Status Quo.

Johnny Hickman junto a la violinista Anne Harris (Cracker)

Tal vez hubo muchos detalles que recordaron a su concierto anterior en Bilbao, como esa anécdota que volvieron a contar en la que a su batería le apodaron “El tractor”, pero Johnny Hickman consiguió emocionar y poner el corazón de los asistentes en un puño una vez más con “Another Song About The Rain”. Se hizo hasta corto. Los vaqueros de Richmond jamás errarían un tiro.

Un cantante para corazones solitarios

Esto último se podría aplicar sin problemas al californiano Chris Isaak, que ese día cumplía 70 años, por lo que se le agasajó previamente con un acto en el Ayuntamiento y posteriormente en el escenario, donde el entregado público le cantó el cumpleaños feliz en euskera. Cualquiera que no haya estado viviendo en una cueva durante las últimas décadas, conocerá por lo menos dos o tres temas del veterano cantautor. De sobra es sabida su vinculación con el fallecido cineasta David Lynch, con su importante participación en el universo Twin Peaks o en la película ‘Corazón salvaje’. Motivos suficientes para tener un gran respeto a este señor.

Chris Isaak

Pero es que además se trataba de un intérprete descomunal en directo, que clavaba cada nota y aportaba la pasión necesaria para poner piel de gallina. No era de extrañar, por tanto, que cada dos por tres se escucharan suspiros por parte del respetable al reconocer alguna pieza mítica, caso de “Somebody’s Crying” o ya el colofón en este aspecto con “Wicked Game”, una de las cumbres de la música para intimar.

Aparte de su gracejo natural, Isaak entretenía además sazonando versiones tan diversas como “Oh, Pretty Woman” de Roy Orbison, “Can’t Help Falling In Love” de Elvis, el clásico rockabilly “Susie Q” o una sorprendente “I’ll Go Crazy” de James Brown. Echamos de menos “I Want You To Want Me” de Cheap Trick, pero no era cuestión de quejarse ante tanto dominio de las tablas. Sobra decir que ninguna de ellas desmereció el resultado original. Mucho nivel.

Chris Isaak, a gusto en el BBK Legends Bilbao

Era una pasada lo de este señor, que igualmente se calzaba el traje de rock n’ roll primigenio que el de macho abandonado en “Go Walking Down There” o “Don’t Leave Me On My Own”. “Si os gustan las canciones tristes, habéis venido al lugar adecuado”, advirtió por si alguno tenía reparo ante tanto exhibicionismo sentimental, pero el californiano entonaba con tanta convicción y profesionalidad que podría lamentarse eternamente, no había problema.

Recuperó los contoneos con “Dancin’”, donde se marcó un alarde vocal que desató una salva de aplausos, antes de alcanzar otro de los picos del recital con la inmensa y fantasmagórica “Blue Hotel”, qué temón. No perdió fuelle en la recta final con “San Francisco Days”, donde intercaló el nombre de la capital vizcaína, o “Lie to Me”, otra reseñable muestra del buen hacer del veterano compositor.

Chris Isaak, un cantante para corazones solitarios

Los bises contaron del mismo modo con revisiones de altura, como la ya mencionada anteriormente de James Brown, y algún cinematográfico corte de la envergadura “Baby Did A Bad Bad Thing”, al que añadió la melodía de James Bond, si no me equivoco. Con su mítico traje de espejos, regaló una extensa propina a los seguidores que confirmó que tocando en Bilbao se encuentra más que a gusto, sin postureos.

El country “The Way Things Really Are” puso el broche a una sesión impecable de una estrella del rock en el sentido más aperturista del término. No vivimos la época de Buddy Holly, Roy Orbison y tantos otros pioneros, pero gracias a Isaak nos podemos hacer una idea de lo que tuvo que ser aquello. Puro testimonio de los días dorados de la música.

Un bucle infinito

Pensábamos que en la segunda jornada la baja a última hora de Tom Morello provocaría una considerable desbandada de personal, pero nada más lejos de la realidad, pues hubo momentos en los que hasta parecía que había más gente, tócate los pies. Por otro lado, se debió ajustar mejor la temperatura del recinto, así que ya no se vieron esa cantidad de abanicos que se antojaba más propia de otras partes de la península.

Graveyard

En el aspecto musical, hubo que armarse de paciencia para aguantar lo que nos venía encima. Abrieron los suecos Graveyard y el recuerdo que teníamos de ellos era de un grupo potente, de rollo setentero, pero no carente de cierta garra. Lo que ofrecieron fue más bien lo contrario, quizá para ir abriendo boca a lo de después, alargaron temas innecesariamente, y se sumergieron en divagaciones instrumentales que provocaban la desconexión en pocos minutos. Un compi de otro medio se durmió, como nos confesó posteriormente, y un servidor a punto estuvo, si no le hubiera dado por pellizcarse las piernas y sujetarse los ojos en plan Mr. Bean.

A los escandinavos tal vez les falló el enfoque, porque esa tendencia a intentar sonar a grupo de rock progresivo no era ni medio normal. Y eso que se trataba de un combo con dos décadas a las espaldas, por lo que destacaremos piezas fundamentales en su trayectoria como “Hisingen Blues” o “The Siren”, con la que cerraron un recital que se hizo más largo que un día sin pan. El reloj nos decía que había pasado solo una hora, pero la sensación era de que podrían haber sido cuatro.

Beat

La inmediatez no iba a ser tampoco uno de los puntos fuertes de los virtuosos de Beat, que reprodujeron con precisión milimétrica el repertorio del álbum en directo que editaron el año pasado, con todo lo bueno y lo malo que conllevaba aquello. A estas alturas no vamos a glosar los indiscutibles méritos del guitarrista Steve Vai o del batería Danny Carey de Tool, ni tampoco los de los miembros de King Crimson Adrian Belew y Tony Levin, pues su ejecución resultó impecable de principio a fin, al margen de los gustos de cada cual.

Precisamente, esto último se tornaba decisivo para valorar si lo contemplado había sido un insólito derroche de talento o una turra de proporciones bíblicas. Por cuestión de gustos, uno se alinearía más con lo segundo, pues de King Crimson siempre nos tiró más el material de los sesenta y setenta, al igual que sucede con otros titanes del progresivo como Genesis.

El virtuoso Steve Vai, una de las figuras destacadas de Beat

Eso sí, intentamos acudir con la mente abierta y el arranque nos pareció muy correcto, con “Neurotica” y “Neal, Jack and Me”. Lo de confundir Bilbao con Barcelona en el saludo inicial fue una metedura de pata imperdonable que recordaba a aquel episodio de Los Simpson en el que a Aerosmith también le sucede lo mismo y le tienen que decir a Steven Tyler: “Eh, tío, que estamos en Springfield”. En fin, cosas que pasan a señores de gira.

“Heartbeat” tenía también un pase, pero lo que ya sí se antojaba una auténtica ida de olla era la instrumental “Sartori in Tangier”. Eso sí que parecía dirigido a los muy cafeteros con sus ruiditos varios. Por si hay algún despistado, mencionar que esta superbanda recuperaba el material de King Crimson de discos como ‘Discipline’, ‘Beat’, que daba nombre al grupo, o ‘Three of a Perfect Pair’, editados entre 1981 y 1984.

Tony Levin (Beat)

El anuncio de que esa noche interpretarían un repertorio más extenso se tornaba más una maldición que una bendición. Menos mal que hubo un descanso de veinte minutos, pues la parte final del primer tramo bien pudo ser para salir colocado de allí. “Waiting Man” valió para ir entrando de nuevo en materia antes de que les diera por ejercicios onanistas que parecían buscar el lucimiento personal, por si alguien todavía no supiera lo mucho que toca Steve Vai, entre otros.

Que después de semejante bucle infinito todavía se atrevieran con bises podría convertirse en la pesadilla de cualquier punk de espíritu. Nos pareció incluso que aludieron a la melodía de “The Court of the Crimson King”, o tal vez fuera un espejismo o ensoñación producto del agotamiento psicológico, al igual que cuando perciben agua los que se tiran días y días vagando por el desierto. “Thela Hun Ginjeet” nos sacó del sopor por su halo étnico y la certeza de que se trataba de la última canción.

Había sido una edición complicada, lastrada por la cancelación de Tom Morello y la falta de conciertos en el exterior por el egoísmo de unos pocos insolidarios. La difícil coyuntura no impidió que el evento siguiera adelante y pudiéramos disfrutar de actuaciones que serán recordadas durante largo tiempo. Canciones tristes para intimar y un empacho de virtuosismo. Que nadie diga que el menú no fue variado.

Alfredo Villaescusa

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