Hacerse mayor no resulta una tarea sencilla, no solo para las personas, sino también para los eventos que ya acumulan varias décadas a las espaldas. No cabe duda de que hoy en día se requiere la maña de un equilibrista para moverse entre los tradicionalistas preocupados por las esencias, los que siguen pensando que todavía no hay suficientes féminas en el cartel o los que se dan golpes en el pecho asegurando que jamás irán a un festival veraniego porque son nidos de capitalistas, pero tampoco les vemos llevando ponchos ni pantalones de pinzas. Contentar a todos, labor imposible.
Si hace un par de años la presencia de Arde Bogotá a punto estuvo de provocar un cisma en la comunidad del Azkena Rock Festival, seguro que muchos se rasgarían las vestiduras este año por los cada vez más consolidados Alcalá Norte o por un artista asociado a la electrónica como Carpenter Brut. Respecto a los primeros, pocos festivales patrios quedarán que no hayan pisado a estas alturas, y en cuanto al segundo, habría encajado más en el Bilbao BBK Live, aunque su fusión de géneros le convierte en una especie de comodín para carteles variopintos.
La inclusión del escenario Trashville supuso una bocanada de aire fresco para los que deseaban el ambiente sudoroso de una sala en pleno Mendizabala, pero habría que preguntarse hasta qué punto resulta viable mantener un escenario con una temperatura tan sofocante que en algún momento provocaba la huida de espectadores. En esta edición ni siquiera había focos, por lo que los fotógrafos ya podrían olvidarse de retratar en condiciones lo que allí sucediera.
Otro de los puntos que debería mejorar era el de los precios, disparados por completo, como si acudir a un festival no supusiera de por sí un gran desembolso en los tiempos que corren. Si en el aspecto de las bebidas ya eran bastante discutibles, lo de las comidas se iba por completo de las manos, aparte de la poca variedad existente en esta ocasión. Parece mentira que en un evento supuestamente de la vieja escuela como el Azkena sea imposible encontrar un puesto con los clásicos bocatas de toda la vida. Esperemos que no lleguen emulsiones de ostras ni diversas tonterías deconstruidas.
Drugos, un parlanchín sueco y una reina del rock n’ roll
Vamos a lo que realmente interesa, la música. Por motivos laborales, nos perdimos el pistoletazo de salida con los guipuzcoanos Nhil y el bluesman Robert Finley, pero llegamos a tiempo para catar a los siempre competentes neerlandeses DeWolff, que no podrían dar un bolo mediocre bajo ninguna circunstancia. Eso sí, quizás sea discutible si una canción de casi veinte minutos como “Rosita” resulta lo más apropiado para un festival.
Este trío de jovenzuelos vino acompañado de coristas y las desbordantes ganas de partir la pana que suelen mostrar en cada bolo en espacios cerrados. El vocalista y guitarrista Pablo van de Poel certificó su dominio del euskera, pues ya habían estado unas cuantas veces por estos lares, y hasta se sumergió posteriormente entre la concurrencia. Nos legaron además instantes gloriosos como ese “Treasure City Moonchild” en el que intercalaron “Keep A-Knockin’” de Little Richards, toda una piedra angular del rock n’ roll primigenio. Con mimbres así, imposible que defrauden.

La reina del rock contemporánea Imelda May tenía potencial lo mismo para marcarse un conciertazo que una brasa infumable, pero por fortuna fue más lo primero que lo segundo. La irlandesa sigue conservando un chorro vocal deslumbrante, aparte de esa clase sobre el escenario que supongo que también le viene por su faceta de presentadora de televisión en su país de origen.
Acompañada por el guitarrista Darrel Higham, apeló de primeras al rock vetusto con “Psycho” y se acordó del desaparecido genio de las seis cuerdas Jeff Beck en un blues con alardes vocales que desataron aplausos. No faltaron temazos enérgicos como “Wild Woman” o “Love Tattoo” y hasta se atrevió con un clásico como “Train Kept A-Rollin’”, versionada hasta la saciedad por artistas como The Yardbirds o Aerosmith, entre muchos otros.
Finiquitó lo que prometió, un show de rock n’ roll, con su hit “Johnny Got A Boom Boom” y otra conocida revisión como la de “Tainted Love”. Sin ser de mis artistas femeninas de cabecera, me quito el sombrero ante ella una vez más. Sinceridad y talento por partes iguales.

A Corrosion of Conformity nunca les pillamos el punto, a pesar de que fueron teloneros de nuestro primer concierto junto a Megadeth allá por mediados de los noventa. Intentamos sumergirnos en su contundente stoner, pero algo nos hacía desconectar tarde a temprano, a pesar de que gozaron de un sonido intimidante en el Azkena. Retaron a la concurrencia preguntando “Who’s Got the Fire”, es decir, quién tiene el fuego, y si apetecía “mierda pesada”, por lo que difícilmente algún seguidor se iría defraudado aquella noche.
Una cosa es hacerse el simpático con la peña, lo cual siempre valoramos, a pesar de nuestra tendencia antisocial, y otra ya convertirse en un parlanchín sueco que acabe repitiendo más que un bocata de chorizo. Eso precisamente sucedió con el vocalista de The Hives en el último Azkena, a lo que había que sumar un insuficiente sonido del escenario principal y un repertorio bastante mejorable, en nuestra opinión.

Lo que nadie podría discutir es el espectacular tirón que ejercen los escandinavos sobre el personal, pues probablemente gracias a ellos experimentamos un inusual jueves repleto de asistentes. El comienzo con la novedad “Enough is Enough” y la bomba garajera “Main Offender” fue para ponerse en guardia de un plumazo, pero el frontman Pelle ya empezó a cuestionar al respetable por quedarse en silencio, algo típico en sus conciertos.
Molaron “Paint A Picture” o “Legalize Living” de su material más reciente, pero sin duda hubieran noqueado a la parroquia con la punkarra “They Can’t Hear The Music”. Recurrir a “Hate To Say I Told You So” era ir un poco a tiro hecho, al igual que “Tick Tick Boom” o “Come On!”, que ya hasta suena en anuncios televisivos.

Luego la verborrea excesiva del cantante y una interminable presentación de la banda acabó restando pegada a un recital mejorable, pese a que también sería una injusticia calificar un bolo suyo de malo o mediocre. Digamos que conocieron noches más gloriosas y que, como casi todo en la vida, depende del elemento con el que comparemos. Siguen conservando la capacidad de revolucionar cualquier recinto, pero a veces necesitan ir más al grano y hablar menos. Para lo último, están las entrevistas.
Los que sí que fueron al pan directamente eran los veteranos The Adicts, que llegaban al Azkena en el marco de su gira de despedida tras casi cinco décadas en activo. A pesar de contar con un llamativo espectáculo con su aspecto de “drugos” de ‘La naranja mecánica’, lanzamiento de cartas, cohetes o globos gigantes, no se enredaron demasiado en lo visual y hubo tela que cortar con clásicos como “Johnny Was A Soldier”, “Numbers” o la declaración de amor de “I Am Yours”, con el vocalista Monkee desprendiéndose de corazones. ¿Quién dijo que el punk debía ser nihilista por decreto?

Hubo rabia del mismo modo con “Fucked Up World” y ocasión de dejarse la garganta con el estribillo hooligan de “Chinese Takeway” o “My Baby Got Run Over By A Steamroller”. Entremedias sacaron una jarra gigante de cerveza en “Who Spilt My Beer”, que llenaron posteriormente de ese líquido y Monkee se colocó en la cabeza como antaño las señoras los baldes de la colada. No escatimaron tampoco en alusiones a rockeros pretéritos al intercalar fragmentos del “Can’t Help Falling In Love” popularizado por Elvis Presley o el “Be-Bop-a-Lula” de Gene Vincent.
La combativa “Viva La Revolution” supuso uno de los puntos álgidos del show antes de que pusieran la guinda de la manera más épica posible con “You’ll Never Walk Alone”, canción antifascista que también sirve de himno a algunos clubes de fútbol como el Liverpool FC o el Celtic de Glasgow, entre otros. Los lectores conocen mi tradicional aversión al balompié, pero con semejante mensaje de esperanza nos hubiéramos cuadrado tanto como con Morricone. Qué pena que no volvamos a ver sobre el escenario a estas leyendas de Ipswich. Inmensos, de lo mejor del festival.

Tormentas eléctricas y de otro tipo
Abrieron la segunda jornada los madrileños Black Maracas con ritmos pesados y voz desgarrada en la línea de Corrosion of Conformity, pero una violenta tormenta, que estuvo a punto de hacer volar la carpa de prensa, provocó que la mayoría del respetable pusiera pies en polvorosa para resguardarse. El escenario de la entrada había quedado además completamente inundado, no se suspendió ninguna actuación, pero los retrasos complicaron la tarea de los que querían ver a algún grupo en concreto.
Para hacer tiempo acudimos a la carpa del Trashville, que en esos momentos todavía no tenía temperatura de sauna, y ahí andaban las chicas prehistóricas de Cave-Girl & Neandergals, que le daban a un rock n’ roll clásico, con contrabajo y destellos garajeros o psychobillies. Versionaron el trilladísimo “Tainted Love”, y no les quedó mal, pero mejor sus composiciones propias a lo Imelda May como “Barbaric Baby”. Para seguir sus pisadas.

Temíamos que no tocaran los canadienses The Damn Truth, pero nos alegra que finalmente pudieran subirse al escenario para marcarse uno de los conciertos más destacados del festival, con una vocalista y guitarrista sublime con el poderío de Grace Slick o el poso soul de Lisa Kekaula de The Bellrays. El personal recibió de una manera tan entusiasta su propuesta que el fotero Dena Flows salió del foso exclamando: “¡Están arrasando!”. Y la comunión fue tal que no sería descabellado que el próximo otoño o invierno se pegaran un paseo por salas de la península.
Aseguraron que llevaban tiempo deseando estar en ese escenario, y si uno escuchaba temones de poner piel de gallina del calibre de “Be Somebody” o “This Is Who We Are Now”, es que llevaban el rollo del Azkena en su ADN, lo increíble era que no recalaran en Mendizabala hasta ahora. ¡Que vuelvan cuanto antes!

Durante los veteranos Los Enemigos siguió lloviendo intermitentemente, pero su recital tampoco resultó muy diferente a lo que un servidor había contemplado en otras ocasiones, pues sonaron hits como “John Wayne” o su conocida versión del “Señora” de Serrat. “¡Excelente lugar para despertar de un coma profundo!”, exclamó el líder Josele Santiago, consciente de que los seguidores no esperaban a estas alturas ninguna insólita vuelta de tuerca.
La verbenilla tradicional de Old Crow Medicine Show valió para secarse después de las tormentas con simpáticos cortes como “Alabama HighTest” o “Dixie Avenue”, pero casi nos tiraba más ir pillando sitio para Circle Jerks, todo un nombre clave del hardcore punk norteamericano, cuyo histórico líder Keith Morris hace poco leyó la cartilla a un seguidor de Trump en uno de sus conciertos.

Con una formación en la que había veteranos de la escena punk californiana como el guitarrista Greg Hetson (Bad Religion, Redd Kross) o el bajista Zander Schloss, conocido por sus colaboraciones junto a Joe Strummer (The Clash), Keith se tomó su tiempo para explicarnos que no se identificaban con la deriva actual de su país bajo Trump, ni tampoco con los “nazis fascistas agitando biblias” que predominaban por ahí. Entre una disertación y otra, caían bloques de canciones aceleradas como “When the Shit Hits the Fan” o “Moral Majority” que demostraban el gran estado de forma de estos pioneros. Aprovechamos la ocasión, pues vete a saber cuándo volverán a girar por estos lares.
Otros que hacía tiempo que no pisaban la península eran Sugar, cuya actuación se anunciaba como la primera en nuestro país desde 1993. Su reunión en 2025 provocó todo un terremoto en el panorama alternativo y lo que iban a ser inicialmente unos conciertos aislados acabaron transformándose en una gira internacional gracias a la espectacular demanda.

Bob Mould y compañía certificaron su vigencia en la actualidad tanto en el tema que marcó su regreso, “House of Dead Memories”, como en los clásicos de su recordado álbum ‘Copper Blue’, como “A Good Idea”, “Changes” o “If I Can’t Change Your Mind”. No resulta frecuente exhibir semejante solidez en escena tras varias décadas de separación, y lo mejor para los fans es que no se trataba de una mera gira nostálgica, sino que había intención de seguir sacando material nuevo. El futuro les pertenece.
Los británicos The Temperance Movement eran otro de esos grupos que llevaba el rollo del Azkena incrustado casi en cada nota y que contaran con un vocalista de aire clásico a lo Robert Plant suponía todo un aliciente, pero un servidor prefirió que le volaran la cabeza Tropical Fuck Storm con sus ritmos disonantes y estructuras enrevesadas. Su último concierto en dicho recinto había sido de lo mejor de esa edición, y aunque en esta ocasión dudo que convencieran a otros aparte de los acólitos habituales, volvieron a poner el corazón en un puño con un himno como “You Let My Tyres Down”. Para amantes de las chaladuras.

Un circo a volumen de consulta
Que un señor de 78 palos como Alice Cooper siga subiéndose a los escenarios merece en primer lugar un aplauso hasta que revienten las manos. Lo que ya no debería resultar de recibo es que lo haga a un volumen ridículo que haga que parezca aquello un ascensor o la consulta de un dentista en vez de un concierto de rock. Fue una pena, porque salvo este último aspecto, el resto de elementos brillaron a la altura de una leyenda de su categoría.
El repertorio era imbatible, pues ya de entrada recuperaban una pieza para sibaritas como “Who Do You Think We Are”, de un disco tan olvidado como ‘Special Forces’ de 1981. La siguiente era ya para tocarse, “Spark In The Dark”, de nuestros temas favoritos de su trayectoria, al igual que “House of Fire”, con su inolvidable vídeo en el que punteaba Joe Perry (Aerosmith).

Con eso íbamos ya satisfechos para casa, pero el festín continuó con “Billion Dollar Babies” o ese “I’m Eighteen” que podría ser uno de los primeros cortes de espíritu punk. Era todo un regalo escuchar hoy en día eso en directo, del mismo modo que “Muscle of Love” o “Feed My Frankenstein”, con la inevitable presencia de la criatura creada por la pluma de Mary Shelley.
“Dirty Diamonds” sirvió para que el carismático frontman, que ofició a un nivel increíble, lanzara collares a la concurrencia. Las cosas se pusieron realmente serias para cualquier fanático del hard rock ochentero con “Hey Stoopid”, con un falso paparazzi recibiendo su merecido en escena, y “Dangerous Tonight”, con un tono rojo inundando cada rincón de las tablas. Otro motivo para dormir más que bien.

En ese show no se requería ninguna explicación, bastaba con escuchar lo que el sonido permitía, caso de “Poison” o algún otro himno. En cuanto a la guitarrista Anna Cara, que sustituía a una artista con tanta personalidad como Nita Strauss, nos pareció bastante sosita. Cumplía su papel a la perfección y sus habilidades estaban fuera de toda duda, pero a veces faltaba en esa ecuación algo tan fundamental como el alma. Todavía debe esforzarse en ese sentido.
“Ballad of Dwight Fry” reforzó el aspecto dramático, con Alice luchando por liberarse de una camisa de fuerza mientras le acechaban alienígenas. La obra de teatro continuó en “Cold Ethyl”, con Cooper cantando para una muñeca golpeada antes de que su propia mujer Sheryl le acompañara en “Only Women Bleed”. La famosa guillotina acabaría bajando para ajusticiar al cantante.

La recta final no tuvo desperdicio con “School’s Out”, otra de las que tenía que sonar, pero lo que se antojaba metido con calzador era una injustificable revisión de “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana. ¿En serio? ¿Con la de cantidad de discos que tiene en su catálogo Alice Cooper? Kurt Cobain probablemente se volvería a suicidar si supiera que una canción suya terminaría en un concierto de estas características.
Menos mal que la cordura imperó recuperando “Under My Wheels” a modo de broche. Faltaban “Be My Lover” y otras, pero un repertorio como el que vivimos era para darse con un canto en los dientes. Si encima hubiera sonado a un volumen aceptable, habría sido increíble.

Para echar el resto a última hora estaba el incombustible Evaristo, que demostró su apabullante personalidad haciendo gesto de desatascar tuberías antes de entonar “Salve” de La Polla Records. No fue el único himno que sonó de los de Salvatierra, también cayeron “Nuestra alegre juventud” o “Los siete enanitos”, entre otras. Todo ello acompañado de esa inefable naturalidad y cercanía que rodeaba al vocalista, que casi no parecía creerse que estuviera allí cerrando uno de los escenarios principales la segunda jornada. Recuerdo que la compi fotera Maru escribió en una ocasión que lo que más le sorprendió al ver al cantante por primera vez fue su desparpajo a la hora de tocarse los huevos, literalmente, entre otros gestos. Respeto infinito a este mito.

Cowboys punks y purpurina sideral
El tercer día resultó otra tortura en el aspecto meteorológico con tormentas yendo y viniendo, lo cual transformó la experiencia de tirar fotos en algo un tanto molesto, pero librarse del agua en Azkena empieza a convertirse en una tarea imposible. El metal alternativo de Lepora desentumeció articulaciones a primera hora y mucho más se esmeró Rodeo, cuyos miembros se desvivieron como si fuera el concierto de sus vidas.
Los que sí que epataron al inicio fueron los tejanos Vandoliers, con actitud de cowboys punks que lo mismo le daban al country o al folk que a los tres acordes. Aparte de contar con una carismática vocalista y guitarrista tatuada, canciones como “Cigarrettes in the Rain” o “Every Saturday Night” se ganarían sin duda el corazón de los melómanos. Quizás la versión de “I’m Gonna Be (500 Miles)” de The Proclaimers se nos fuera de las manos, pero su show se tornó mucho más auténtico de lo que imaginábamos. En sala tienen que ser alucinantes.

Apenas pudimos ver a Superchunk, todo un nombre de culto dentro del indie rock, porque casi a la misma hora estaba ese torbellino sónico llamado Split Dogs, a los que hemos contemplado repetidas veces en el festival Rebellion. Por esto último tal vez no nos sorprendan tanto como a otra peña, pero eso no quita para reconocer la valía de una frontwoman tan enérgica como Harry Atkins, capaz de hacer alucinar a cualquier muchedumbre por su salvajismo heredado de Iggy Pop. Si temazos como “Monster Truck” o “Tear Down The House” todavía no te dicen nada, pregúntate qué estás haciendo con tu vida. Y encima los de Bristol confirmaron hace pocos días gira estatal para otoño. Ideal para los que quieran dar propósito a su existencia.

El post punk de Sleaford Mods era otra de esas propuestas más para el Bilbao BBK Live, por lo que preferimos ir pillando sitio para catar la purpurina sideral de Starbenders, que contaron con un sonido un tanto estridente en el inicio. La banda capitaneada por la vocalista y guitarrista Kimi Shelter le echó unas ganas impresionantes sobre las tablas, además de disponer de una impactante puesta en escena digna de los grandes de verdad.
Les falló un poco el repertorio al encadenar algunos temas reposados que desde luego no eran aptos para un festival, pero salimos contento por haber escuchado en directo himnos contemporáneos del calibre de “Summon My Heart” o “Chantilly Boy”, que dedicaron a todos los que alguna vez se sintieron diferentes. Que viva el glamour, el maquillaje, la sombra de ojos, la androginia y todo lo que moleste a los fascistas.

El evangelio de Mike Ness
En Estados Unidos suele ser común que una estrella del rock descubra a Dios y eso entre de inmediato en contradicción con su trayectoria anterior. La recuperación de Mike Ness de Social Distortion en este sentido podría ser una de las historias más emocionantes del rock al haber conseguido dejar atrás drogas y alcohol a mediados de los ochenta y promover desde entonces un estilo de vida limpio y sobrio. Nicke Borg, de Backyard Babies, por ejemplo, afirmó que Ness le sirvió de inspiración tanto para quitarse sustancias y demás como para iniciar una trayectoria en solitario.
Esta capacidad para abandonar mierdas tóxicas ha convertido al líder de Social Distortion en un auténtico icono para los que antaño se corrían juergas épicas. Ese magisterio de redención sobrevuela en los conciertos de los californianos, pese a que quizás ya no sean tan punk como antaño, y por eso la experiencia se asemeja a acudir a un templo para rendir el homenaje debido al profeta.

El evangelio de Ness cursó a volumen insuficiente, como el resto de bolos en el escenario principal, pero eso no impidió que la parroquia recibiera con alegría salmos recientes del calibre de “Born to Kill” o “No Way Out”. El vocalista y guitarrista se mostró humilde al subrayar la cantidad de jóvenes que veía en las primeras filas y confesar que, como persona que había vivido en diferentes décadas, “los setenta era el momento para estar vivo”.
El tramo de “Partners in Crime”, “Ball in Chain” y “Through These Eyes” enardeció tanto los ánimos de los seguidores que Ness alabó la manera de cantar del respetable y aseguró que algunos tenían madera de vocalistas. “He oído cosas interesantes”, recalcó. La comunión total se alcanzó con “Story of My Life”, pero no fue ni mucho menos el momento cumbre, que para un servidor llegó en la inapelable traca final de “Reach For The Sky”, “Dear Lover” y “Don’t Drag Me Down”, no sin que antes pidieran perdón en nombre del grupo por el comportamiento actual de EE UU y su actual administración de perturbados.

Mike dijo que su presidente favorito era John Fitzgerald Kennedy, al tiempo que subrayaba que su país en realidad lo hicieron los inmigrantes, algo que sabe cualquiera excepto los ultranacionalistas blanquitos que gobiernan. Que repartan estampitas o colgantes de Ness, a ese señor hay que adorarle como a un santo.
Hay gente que dice que Jason Isbell & The 400 Unit fue una de las sorpresas de esta edición, aunque les meteríamos de lleno en la categoría de los aburreovejas. Menos mal que estaban para limpiar el forro los veteranos punks de Discharge, que quitaron tonterías con “Drunk With Power” o “A Hell on Earth”, entre otras. Cuando surgieron a finales de los setenta pertenecían a una de las vertientes más extremas del punk y su tralla hoy en día todavía podría provocar aspavientos. Para centrifugar.

La inclusión de Carpenter Brut en un festival como el Azkena no pegaba ni con cola, seamos serios. Pero veamos el aspecto positivo, por lo menos pudimos escuchar en condiciones a uno de los nombres importantes del cartel. Acompañado de un guitarrista y un batería, el principal exponente del synthwave ofreció su show de electrónica, retazos de metal y ecos ochenteros, agradeciendo de vez en cuando con voz profunda como si se tratara de una entidad superior. Algunos huían de aquella discoteca improvisada, pero otros se quedaban para darlo todo, con movimientos que eran para verlos. Ahí había dos espectáculos, uno sobre las tablas y otro en los bailecitos que se marcaba el personal.
Lo único reseñable nos pareció el clásico “Maniac” de la película ‘Flashdance’, que animaría incluso a un muerto y sonaría bien hasta con flauta travesera. ¿El resto? Pues para consumidores de ketamina, MDMA o speed.

Cerramos el Azkena de este año con los irlandeses Therapy?, que ofrecieron otra de las actuaciones más destacadas de esta edición al repasar su aclamado álbum ‘Troublegum’ de 1994. Atronaron “Trigger Inside”, la punkarra “Nowhere” o su espectacular revisión de Joy Division “Isolation”. Esta última no fue la única versión de la noche, pues también rescataron un fragmento de “Iron Man” de Black Sabbath o la no menos emocionante “Diane” de Hüsker Dü. Pelos de punta.
La peña estuvo volcada desde el primer tema y ellos correspondieron al entusiasmo generado con un bolo frenético en el que tampoco había que hablar demasiado, la música lo decía todo. “Knives”, “Die Laughing” o “Screamager” eran argumentos lo suficientemente convincentes para quedarse allí hasta el final y desear con fuerza que vuelvan por nuestro país con una gira de salas en condiciones. No han perdido ni un ápice de la fuerza y originalidad que exhibieron en su época gloriosa de mediados de los noventa. Impepinables.
Más de 48.000 personas celebraron durante tres jornadas la vigencia de un festival que ya se encamina hacia su 25º aniversario y se ha convertido en un evento fijo en la península para los amantes del rock en el sentido más aperturista del término. Quizás 2026 también sea otro de esos buenos momentos para estar vivo, como decía el apóstol Mike Ness. Oremos, hermanos.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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