Regresar a Granada, una ciudad viva y repleta de cultura, en la que uno ha crecido, estudiado, forjado parte de su ser y empapado de la música que late en cada una de sus esquinas, siempre tiene algo especial. Mas aún, si es para ver en acción a Arde Bogotá en el marco de su cautivadora gira de salas denominada “Hervideros”, en la que están presentando su tercer trabajo de estudio, ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’.
Desde la Alhambra hasta los rincones de la ciudad, el duende del flamenco, el espíritu eterno de Federico García Lorca y el olor a pionono sagrado se alistaban. Se respiraba un clima diferente, especial. Era jueves, y el rock deambulaba por el ambiente. Era el protagonista de la jornada por obra y gracia de la banda de Cartagena.
Al llegar a la Industrial Copera, recinto elegido para la descarga de fuego la banda, observamos una fila de seguidores que lucen prendas con el nombre del grupo, portan vinilos y calientan sus voces interpretando las canciones que disfrutarán. En el horizonte se vislumbra que la noche amenaza con ser eterna, y finalmente lo fue. Están listos para sumergirse en un universo paralelo, en ese espacio sonoro y creativo que ha sabido construir Arde Bogotá entre lo terrenal y lo divino a base de talento, fuego de riff y audacia.
Hay expectación, hay nervios, hay alegría por volver a disfrutar en la urbe nazarí al grupo en distancias tan cortas donde la respiración y los latidos de los integrantes casi pueden ser compartido por el respetable.
Una voz en off nos da las indicaciones pertinentes o, mejor dicho, las instrucciones para confeccionar un corazón que no sienta. Ingresan los afortunados seguidores que vivirán todo el concierto rodeando a la banda desde el mismo stage, y por los altavoces se oye: “Bienvenidos al experimento 001”, mientras unos acordes a modo de Intro va tomando la sala.
Aplausos, gritos, vítores por doquier, y emerge Jota Mercader tomando las baquetas para inaugurar con sus tambores el recital. Se van sumando sus compañeros de ruta: Pepe Esteban en bajo, Dani Sánchez en guitarra líder y Antonio García en voz. A los cuatro gladiadores, como es habitual en sus directos, se agrega la destreza de Pedro Quesada a las seis cuerdas.
Si
n tomar rehenes ni hacer prisioneros tras el grito de “Rumble in the jungle”, pisan el acelerador a fondo, arrancan con “Hervidero” y la sala casi se viene abajo. La estructura del recinto con forma de rectángulo, el escenario con una altura que permitía ver perfectamente a la banda en acción desde cada rincón y el sonido pulcro de principio a fin fueron coprotagonistas del increíble espectáculo que ofrecieron. No hay tiempo casi ni de respirar, y disparan con “Instrucciones”.
Tomando la palabra Antonio manifiesta: “Bienvenidos a este experimento que hemos llamado hervidero, en el que vamos a explicar, contar y degustar nuestro disco ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’. En él, se explica simplemente cómo hacer un corazón que no sienta, y el primero de los pasos debería ser el que contiene esta canción. Se titula “Señor Herrero””.
En el frontal del stage, a los pies de los artistas, hay una especie de serpiente robótica que va moviéndose zigzagueante a la vez que dispara luces potentes en tonos blancos cegadores, rojos sangre, azules eléctricos, y se hermana, acorde a acorde, con el abundante humo. En los laterales, los logos de Vibra Mahou, la plataforma de cultura de Mahou que ofrece experiencias artísticas cinco estrellas, lucen como faros luminosos.
A los músicos se los ve felices, resplandecientes, llenos de vitalidad. Desde el ensayo general que tuvo lugar en La Riviera de Madrid a esta noche en Granada, he percibido que las piezas de nueva factoría ya han tomado carácter y fuerza propia en vivo.
“Olivos” fue especialmente emotiva, “Bigger Splash” fue una verdadera explosión, “Asidero” en directo es un poema para el alma con el frontman empuñando una guitarra española mientras los fans que los rodean iluminan con linternas en tonos blancos. Previamente, en la interpretación de “El Club de la Gente Sola”, el vocalista con su magnetismo característico se sumerge entre la multitud para cantarles directamente al oído del corazón. Una de las postales de la noche.
Ríos de tinta se han escrito ya de cada uno de los cuatro emperadores de Cartagena, pero en esta oportunidad en Granada, me permito afirmar que percibí como si sus piernas se fusionaran con las maderas del stage. Hay algo sagrado en la noche. Hasta Sierra Nevada se asomaba a su balcón para verlos en acción.
Pepe es como un superhéroe que mediante sus líneas de bajo hipnotiza, y en sus ojos se percibe una gran concentración escénica en todo momento. Jota Mercader tras los tambores es como si Aquiles tomara las baquetas guiando a sus tropas, y Dani Sánchez es ese doctor de las cuerdas que desprende fuego en cada acorde. Por su parte, Antonio es un cantante que en todo momento es un volcán emocional. Gesticula con sus manos, toma una flor y la ofrece al público, salta como si no hubiera un mañana, baila, busca la complicidad de sus compañeros, sabe proyectar la voz y su gola luce buena forma. Lanza patadas acrobáticas al aire y continuamente busca con su mirada el horizonte. Algo está claro. Se evidencia en los rostros de los cuatro cuando cierran los ojos, empuñan sus instrumentos y aprietan sus dientes con rabia, cómo están sintiendo cada canción. Eso lo percibe el respetable, que acompaña en cada momento a Arde Bogotá durante el concierto.
“Antifiesta” y “Sacude” eran con las que cerraban el bloque principal del espectáculo colosal que estaban ofreciendo. Se retiraban unos instantes mientras los fans seguían cantando a viva voz eso de “…no duele, no duele, no duele…”. Una voz en off avisa de que “se han detectado recuerdos anteriores. Hay una recuperación de memoria colectiva”, y tras su regreso afrontan “La Torre Picasso”, para la cual Dani luce su guitarra de doble mástil.
Que una canción de ocho minutos sea uno de los grandes momentos del show nos muestra a la clara que están construidos de otra madera. Quizás, sus padres al nacer se hicieron con partes vitales del submarino de su coterráneo Isaac Peral y se las insertaron en sus ADN correspondientes, por ello es que en vivo son verdaderos torpedos del rock.
Antonio agradece a los presentes por comprar entradas físicas, por el esfuerzo que supone hacer colas, a todo el staff, a Vibra Mahou y arremeten con “Los perros”, durante la cual se recrean haciendo honor al vocablo inglés de play. Tocan y juegan a la vez. En “Cariño” el cantante desciende nuevamente para cantar entre la multitud, y tras su regreso a las tablas junto al resto de sus compañeros ejecutan “Que vida tan dura” ante el éxtasis colectivo.

El cantante coge nuevamente la guitarra acústica y anuncia que es el final del show. Agradece a los fans que están en el escenario e indica que espera verlos de nuevo el año próximo. El público tomó “La salvación”, responsable de poner el broche dorado a un directo de verdadera antología, como un bálsamo sanador, curador y reconstituyente.
Foto final de familia y la banda se retiraba lentamente mientras el respetable no cesaba de aplaudirles y desde consolas disparaban un himno de Nino Bravo a modo de final clásico.
Tomando la frase tan popular en la ciudad de la Alhambra creada por Francisco de Icaza, manifiesto: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada… y no poder ver a Arde Bogotá”.
Arde Bogotá, emperadores del rock and roll.
He cursado mis estudios de Derecho y Ciencias Políticas en Granada, teniendo puestos mis cinco sentidos en los héroes, mitos, leyendas y también en las propuestas emergentes del género.
Escribo con mi pluma cargada de tinta en MariskalRock y en La Heavy, con rigor, honestidad y tratando de conectar con los lectores desde mi prisma.
Sin Rock and Roll, no hay vida.
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