La paciencia es un arte que no todos saben controlar. Muchas veces hay que parar para echar un vistazo al horizonte y ver dónde desemboca. Aunque es verdad que Sôber no ha querido parar de la vida en carretera, sí hemos tenido que esperar cinco largos años para que los madrileños se vistieran de largo con este nuevo disco que hoy asalta sin tregua.
A pesar de lo oscuro y orgánico de su contenido, su mensaje al mundo es ese punto de encontrarse con uno mismo. Lo hacen apelando a una de esas moléculas que no tenemos ni idea de que existen en nuestro organismo, pero que son las que nos insuflan la suficiente dopamina como para hacernos sonreír. Así han nombrado al redondo: ‘Anandamida’, o lo que es lo mismo, la “partícula de la felicidad”, aquella que nos rescata del dolor y nos hace sentir una paz interior que confronta de cara con el resultado musical del álbum.
No nos podemos dejar engañar por las guitarras acústicas de los primeros acordes de la canción que da título y que abre el trabajo, en seguida surge de la nada el primer riff marca de la casa y una letra que invita al seguir adelante sin tener en cuenta las dificultades con las que la vida nos pone continuas zancadillas.
Lo cierto es que los cuatro primeros temas son un auténtico cañón: “Mi refugio” es uno de esos cortes que con escucharlo una vez ya se te ha colado hasta el hipotálamo. La arquitectura melódica de Carlos Escobedo sigue intacta a la hora de construir temas como este, al que acompaña un videoclip que habla por sí mismo. Continúan con “Dile al miedo”, en la que sobresalen los solos de Juan Sánchez junto con la pesadez rítmica de Jorge Escobedo; ambos han sabido complementar su talento, uno huyendo de virtuosismo vacío y otro aportando un cimiento de riffs “gravotes” que siempre agrandan las canciones.
No podía faltar un tema rollo Tool y, aunque hay más de uno, este destaca sobre el resto. Probablemente mi tema favorito, “Indestructible”, ocupa ya un lugar en mi top ten de la banda, algo nada sencillo de crear. Es inevitable comparar este trabajo a los anteriores, y lo cierto es que me parece, junto con ‘Synthesis’, el largo más potente que han publicado en lo que va de siglo.
Parece que la forma de trabajar para esta publicación ha dado unos frutos sorprendentes. En la última entrevista que les hicimos en esta casa, ya mostraron su tozudez en hacerlo con la calma que necesitaban: “Nos lo podemos permitir, por lo que es una gran ventaja y muy liberador. Trabajamos con más tranquilidad, mental y físicamente. Va a sorprender mucho. Los riffs molan, calan muy rápido. En cuanto escuchas la melodía dos veces ya te ha enganchado”, afirmaba en aquel momento Manu Reyes, que ha hecho un trabajo tras la batería como pocos.
La parte central del disco sugiere un paréntesis. “Efímero”, “En la orilla” y “Cae el telón” muestran su cara más novedosa, una montaña rusa que te deja con ganas de seguir avanzando, y no te arrepentirás, porque “Círculo rojo” vuelve a la esencia de esos estribillos de los que también nos habló Carlos en aquella charla: “Hay estribillos muy cañeros y coreables. Tendrá un rock mucho más vivo y fresco, pero sin olvidar la esencia de Sôber. Hay alguna canción que te puede llevar a ‘Paradÿsso’, otra más a ‘Morfología’, pero tendrá un carácter mucho más moderno”. Gran solo, pausado, corto, pero con indiscutible consistencia.
“Cuatro paredes” se presenta como escapatoria, momentos tranquilos para llevarte en volandas a un chorus que te atrapa dentro de tu propio caparazón (“nuestras miserias también huelen”) para detener el reloj. Antes de llegar al final, sorprende la colaboración de Alba Moreno, a la que hemos escuchado con Mägo de Oz o Lépoka, en “Infinito”, que muy a pesar del enorme trabajo vocal de ambos, me parece el tema menos Sôber del disco, pero le otorga carácter al concepto global del álbum, que cierra con la pesadota y gloriosa “El beso de Judas”, rozando el metal sinfónico con un gustazo enorme.
No le pongo un 10 porque entonces no podrían estar por encima ni ‘Paradÿsso’ ni ‘Morfología’, y para mí, lo están. Eso no quita de que sea un trabajo encomiable y llamado a pasar a la posteridad.
La partícula de la felicidad está ya actuando después de escuchar este ‘Anandamida’, que parece estar más que preparado para mostrar su cara en directo. En unos días pasará por Barcelona, Málaga, Murcia, Bilbao, Valencia o Madrid. Yo no me lo pierdo.
Escucha ‘Anandamida’ en Spotify:
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.
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