Divina Esperanza tenía una cuenta pendiente que saldar, una espina enquistada que por fin se ha arrancado de cuajo con 'De sueños y sombras' (2025). Con este disco, la banda ha restaurado, remezclado y remasterizado el puñado de canciones que compuso en un lejano 1995 y que habían permanecido inéditas durante todos estos años. Sus historias existencialistas y melancólicas cobran una nueva vida gracias a una potente interpretación vocal, arropada por cálidas guitarras y engrandecida por una atmósfera oscura, difícil de eludir para los devotos del rock gótico.
Al sumergirnos en este trabajo nos recibe “Luna de invierno” y, durante sus primeros compases, resulta inevitable pensar en Héroes del Silencio. No solo porque la voz desprenda claros efluvios de Enrique Bunbury, sino porque, tras unos inquietantes segundos de silencio, irrumpe un delicado arpegio de guitarra que evoca el inconfundible estilo de Juan Valdivia.
Las seis cuerdas constituyen una de las grandes fortalezas de 'De sueños y sombras'. Su belleza, aderezada con efectos como el chorus y la reverb, remite directamente a la atmósfera del rock gótico y el post-punk que floreció durante la década de los ochenta.
Su dark rock, como ellos mismos definen su estilo, posee un marcado poso británico, algo que queda especialmente patente en “La luz de la esperanza”. Ya sea por su prominente línea de bajo, por el tratamiento de las guitarras o por la sombría interpretación vocal, la canción desprende claros ecos de los primeros trabajos de The Cure e incluso de Siouxsie and the Banshees.
La dinámica lúgubre se rompe ligeramente con “Angustiosa prisión”, que, pese a la dureza de su letra, se mueve en una atmósfera más luminosa y vitalista. Los matices que remiten a la añorada década de los ochenta se amplifican con “Nube”, evocando por momentos a bandas fundamentales de aquella época como Tears for Fears.
Uno de los instantes más psicodélicos, envolventes y oscuros del disco llega con “Latidos”, una composición que construye un clima dramático y denso gracias a una cuidada instrumentación de cuerda clásica. Para quien firma estas líneas, “Libertad” representa uno de los grandes puntos culminantes del álbum. Su instrumental es de esos que invitan a mover la cabeza desde el primer compás y permanecen grabados en la memoria tras la primera escucha. Sin renunciar a la elegancia ni a la profundidad compositiva, desprende un innegable aroma a himno.
“Alas” rompe parcialmente con los parámetros sonoros que persigue la banda gracias a una ingeniosa y poética letra firmada por José Meco, interpretada con gran brío por Paolo Greco. Entre los múltiples matices que envuelven el álbum también encontramos un ligero aroma industrial en “Tu presencia”, una pieza de atmósfera angustiosa en la que las guitarras envolventes se apoyan en otras con la dosis justa de distorsión para elevar la intensidad.
Finalmente, “Momento” asume la responsabilidad de poner el broche de oro al disco. Lo hace en forma de una emotiva balada protagonizada por guitarras acústicas y una letra cargada de añoranza, cerrando 'De sueños y sombras' con la sensibilidad que merece un trabajo que, durante tres décadas, permaneció esperando el momento adecuado para ver la luz.
Con este catálogo de canciones, Divina Esperanza salda una deuda que llevaba pendiente desde mediados de los noventa, cerrando por fin un capítulo que permanecía abierto desde hacía tres décadas. Guitarras de arpegios grandilocuentes, letras que rehúyen los clichés y pasajes oscuros que nunca renuncian a la energía conforman una ecuación que rara vez falla.
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