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Crónica del Mundaka Festival 2016: Lejos de la muchedumbre

3 agosto, 2016 4:27 pm Publicado por  Deja tus comentarios

Península de Santa Katalina, Mundaka (Bizkaia)

La gente está muy mal acostumbrada. Quiere todo al lado de casa y al momento. Sin esperar ni un minuto, vivimos en la época de la inmediatez en la que los deseos deben satisfacerse de inmediato para así poder compartirlos en redes sociales para goce de amigos y conocidos. Que se vea que lo pasamos de puta madre, claro que sí, con cuidado que no realizar ningún comentario ofensivo que pueda herir susceptibilidades.

Uno de los atractivos sin duda del Mundaka Festival es que las cosas discurren con tranquilidad, sin sobresaltos ni largas colas. Es la materialización en el ámbito concertil de ese concepto tan postmoderno de slow food, con un único escenario, sin actuaciones que se solapen, pausas prolongadas entre bolos, oferta gastronómica de calidad en el recinto y hasta la posibilidad de tomarte un café y que te hagan un corazón con la espuma. Genial.

Pero lo mejor de todo es que por allí no suele haber blogueras de moda tipo Coachella o BBK Live ni petardas de esas que realizan sesudos reportajes dedicados a analizar la vestimenta del personal. Hay muchas chicas guapas, sí, limpias y con pinta de acomodadas, como las que suelen acudir a las fiestas del Puerto Viejo de Getxo o las que predominan en enclaves surferos o de veraneo. Y en ocasiones uno puede ver hasta alguna fémina con sombrero, motivo suficiente para bendecir a perpetuidad el festival.

El tema de las infraestructuras aprueba con buena nota, en especial su envidiable zona de chill out, otro aliciente para los modernetes, con vistas a la costa vizcaína y hasta sofás con cojines, ahí nos volvieron a ganar. Faltan empero carpas para guarecerse de la meteorología adversa, que echamos muy en falta en esta ocasión, y un escenario algo más bajo que no requiera dotes de escalada a los fotógrafos y a la vez anime al público a acercarse más a los artistas. Y también habría que plantearse eso de prolongar  los conciertos hasta pasadas las cuatro de la madrugada, que también hay que descansar y esas cosas.

Jueves: Rock para vividores

Un ambiente un tanto desangelado recibió el jueves a los debutantes de esta edición Mocker’s, entusiasta combo de Durango que le daban a un rock setentero con destellos psicodélicos. Le pusieron ganas, en especial su guitarrista con cinta en el pelo como el Springsteen de su época gloriosa, pero los escasos congregantes no se atrevieron a romper ese imaginario perímetro de seguridad que parecía haberse levantado entre artistas y público.

Algo similar sucedió asimismo con el folk reposado con deje a lo Pearl Jam de Indigos. Finiquitaban allí la gira de presentación de su bautismo discográfico ‘Shine On Me’ antes de meterse a grabar su segundo trabajo y demostraron sobrada solvencia a las tablas, pese a que costara digerir un palo tan relajado a tan temprana hora. Se atrevieron incluso a homenajear a Ben Harper, una de sus principales influencias.

Hay grupos a los que contratan multimillonarios para amenizar bodas, bautizos y demás. Y luego están los que enfocan su trayectoria al sector del ocio como Sunset Sons, unos hipsters de pelito cuidado a lo Imagine Dragons que acostumbrar a oficiar en localidades surferas o estaciones de esquí. No en vano han establecido su base de operaciones en la región francesa de Las Landas y seguro que pocos pueden presumir de haber realizado una gira por Los Alpes al tiempo que se niegan a tocar en bulliciosos centros urbanos.

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The Sheepdogs

Lo cierto es que el rock para vividores y votantes de Ciudadanos de estos muchachos es de escucha agradable, casi como la sintonía de un anuncio de televisión que sin darte cuenta acabas tarareando. Por su comercialidad podrían gustar a cualquiera, hasta a la vecina rubia del quinto que no ha ido a un concierto en su vida. Tienen estribillos facilones y esos coros en plan ohhh ohhhh tipo Arcade Fire que tanto se estilan en la actualidad, pero los que realmente sabemos de música exigimos algo más que tonadillas de ascensor para cantar en la ducha.

No niego que su reciente debut ‘Very Rarely Say Die’ disponga de cierto encanto ni del potencial epatante de “Bring The Bright Lights”, aunque ya roza la tomadura de pelo que se atrevan a hablar de lo duro que es la carretera en “On The Road”. No les veo tirando millas horas y horas encerrados en una furgoneta.   

Los canadienses The Sheepdogs sí eran un grupo de verdad, tal y como comprobamos hace escasos meses en el Kafe Antzoki bilbaíno cuando presentaban su soberbio último esfuerzo ‘Future Nostalgia’. Y muchos todavía recordarán aquella cita épica en el festival Azkena en la que unos prácticamente desconocidos en nuestro país consiguieron abarrotar una carpa y conectar con la peña con tanto entusiasmo que ni en una comuna hippie.

Tal hermandad intentaron reproducir de nuevo en Mundaka y por ello se ataviaron elegantes con sombreros y camisas rockabillies a lo Elvis, nada que ver con la indumentaria de infantería de la anterior ocasión. Eso sí, seguían conservando imperturbable a su teclista hippie detrás de esa fumeta bandera verde y amarilla de la provincia de Saskatchewan que podría confundirse con la de Jamaica.

La multitud se entregó de inmediato a su rollito con su pegadizo himno “Who?” y piezas tan impepinables como “I Really Wanna Be Your Man” o “Bad Lieutenant”, música alegre que disipa penas casi al instante. Son una auténtica bandaza en las distancias cortas, de “vaso de cristal”, en palabras del compi fotero Tom Hagen. Lo malo que tienen es que sus divagaciones algodoneras podrían atragantarse en determinados momentos igual que un plato de alubias en plena madrugada, nadie discute la rotundidad de tan generoso aporte gastronómico, pero claro, hay que pillarlo con ganas.

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Nik West

Como un potaje que se hiciera espeso a cada cucharada, “Back Down” engatusó por su poso The Black Crowes y relajaron ánimos con la humeante “Ewan’s Blues”, antes de enlazar con “Help Us All”, en la que el teclista atronó un trombón con bastante clase. Las vibraciones positivas de “Feeling Good” consiguieron que un grupillo de fans botaran abrazados o levantaran las palmas cual manifestación pacifista.

Nos dieron taza y media de espesura sureña con el “Whipping Post” de The Allman Brothers, pero contentos porque fue con mucho lo mejor de la endeble jornada. Una sensación que se vio incrementada por esos fardos de paja que pululaban por el recinto. Una hamaca en un porche habría completado tan bucólica estampa.

El currículum de la bajista Nik West debería valer para cerrar bocas con colaboraciones junto a Prince o Dave Stewart de Eurythmics, aparte de los elogios que le dedican tipos tan fiables como Danko Jones o Steven Tyler. Pero una cosa es el manejo de un instrumento concreto y otra ofrecer un espectáculo que enganche, algo a lo que ni siquiera se acercó con su insufrible brasa funky.

Pese a que su guapilla guitarra con cresta postiza tratara de llamar la atención en un principio con los riffs de “Beat It” de Michael Jackson, “Sweet Child O’ Mine” de Guns N’ Roses y hasta con el solo de “Crazy Train” de Ozzy Osbourne, aquello se asemejó a un globo que se deshinchaba progresivamente. “Say Something” o “Forbidden Fruit” tuvieron un pase antes de que saturaran con temas reiterativos que alargaban hasta la extenuación. Lo de mandar a la peña cantar “loco por ti” fue de vergüenza ajena.

Ni siquiera se salva de la quema su versión de ese trillado “Proud Mary” de la Creedence que hacen todas las petardas tipo Celine Dion o Beyoncé cuando quieren ir de rockeras. Un mero postureo en el que los bailecitos eran más importantes que la sustancia en sí misma. Tan falsos como sus crestas.

Viernes: Lo que había antes del punk

Parece que este verano no iba a haber un festival sin lluvia en la zona norte, por lo que con la amenaza sobre nuestras cabezas afrontamos el día más boyante del festi, que contó con un notable incremento de visitantes en comparación con el jueves.

Muchos no acudieron desde luego durante el turno de los prometedores Kometa, que podrían encuadrarse dentro de esa pujante escena indie guipuzcoana que conforman grupos como Rural Zombies o Grises, aunque estos muchachos sean bastante más guitarreros que los otros dos mencionados. Con una voz que por su tono meloso recordaba a Dikers, se les notó muy rodados y con composiciones muy sólidas pertenecientes a su último disco ‘Grabitatea’ como “En la ciudad”. Han pegado un salto enorme en cuestión de calidad desde que los vimos de teloneros de Dinero.

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Berri Txarrak

Contar con Berri Txarrak antaño era sinónimo de un valor seguro, que no defraudaría nunca, eso sin perder de vista su voluntad de siempre de hacer lo que les saliera de los mismísimos. Tan capaces de exasperar a la peña con un repertorio en el que se cascan entero su último triple disco ‘Denbora da poligrafo bakarra’ como de condescender con clásicos de todas las épocas, según plantearon sus dos noches seguidas en la sala Santana bilbaína el año pasado.

A pesar de comenzar con unas ganas tremendas con “Izena, Izana, Ezina” viraron el rumbo hacia derroteros indies, quizás enardecidos por la nutrida presencia de titis en el recinto. Los vasquitos que acudieron a verles expresamente a ellos se quedaron extasiados con su inevitable “Oreka”, en la que intercalaron el “Kids” de MGMT, que ya han tocado en repetidas ocasiones.

Será cuestión de gustos, pero el repertorio no nos convenció demasiado, porque esperábamos escuchar temas punkarras tipo “Folklore” o “Gure Dekadentziaren Onenean”, aunque por lo menos condescendieron con “Zerbait Asmatuko Dugu”. Levantaron un poquillo al final con el aire nu metalero de “Ikasten” o el himno “Denak Ez Du Balio”, que ya pensábamos que la desecharían. Su eficacia en los bolos está fuera de toda duda, a pesar de que se tratara una noche un tanto desconcertante.

No habría sorpresas por el contrario con Danko Jones, que repartieron todas las agallas que les faltó al resto de grupos hasta entonces. El salado canadiense dijo en un alarde de arrogancia que iba a dar “el mejor concierto del festival y del verano”. Y vaya si lo cumplió, desde que pisara zapatilla con “Forget My Name” y un “The Twisting Knife” a toda mecha, en el que enlazó con el “Die, Die My Darling”, más a la manera de Metallica que de The Misfits. Para entonces, la peña ya estaba gritando “¡Dan cojones!” y el carismático frontman se recreaba en ello, gozoso de que su nombre tenga una sonoridad tan rotunda en castellano.

Su ristra de temazos fue impepinable, con un “First Date” en el que demostró sus inefables dotes de showman, o un “Had Enough” coreado con la dignidad de un salmo. No había desperdicio tampoco con “Code Of The Road”, “Legs” o ese frenético “Invincible” que cuenta con John García en la versión en estudio. Parecía increíble que con la que estaba cayendo hubiera algún insensato dedicado a otros menesteres, por eso mismo Danko recriminó a un par de tipos por no estar mirando el escenario, otra de esas actitudes que certifica su grandeza.

Porque este señor siente el rock n’ roll por todos sus poros y quiere que el personal comparta su entusiasmo. No anduvo tan parlanchín como en otras ocasiones, lo que tocaba era dar tralla sin descanso, concatenando piezas del calibre de “Cadillac” o “Gonna Be A Fight Tonight”, era casi la mejor versión de sí mismo de la que podíamos disfrutar, a la altura de aquel bolazo que dio en el festival Azkena del 2012 a las dos de la madrugada que del subidón nos obligó a quedarnos de fiesta hasta las 7.

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Danko Jones

Recordó por supuesto a los muertos ilustres del rollo y elevamos la voz especialmente cuando mencionó a David Bowie, Joey Ramone, Johnny Ramone, Dee Dee Ramone o Lemmy Kilmister, alguien que escupía tanto rock n’ roll por minuto como el canadiense. Todo un acto de reivindicación, una eucaristía de la electricidad que por su intensidad supo a poco. Cuando terminó el rito a muchos se nos cayó el mundo encima, se exigieron bises a grito pelado, pero nada, tal vez se habían pasado del tiempo reglamentario. Enorme. Tienen cojones para regalar.

La chaladura de los franchutes The Inspector Cluzo pilló a unos cuantos con el pie cambiado después de la apoteosis anterior, pero lo cierto es que este dúo con destellos setenteros se dejó escuchar por su variedad, pues lo mismo emulaban a The Black Keys que se acercaban al funky con su cantante reproduciendo unos tonos por los que se podría hasta cambiar de raza. Para los que gusten de sensaciones nuevas.

Si alguien podría otorgar la clase requerida a un repertorio centrado en el colosal ‘Ziggie Stardust’ de David Bowie, ese era Martín Guevara de Cápsula, uno de los mejores frontman se puede ver a día de hoy sobre un escenario, un tipo con ínfulas mesiánicas a lo Jim Morrison que entiende a la perfección lo que debería ser un espectáculo de rock con todas las letras.

Con el corazón en un puño, entonó un “Five Years” cargado de espesura psicodélica y demostró su poderío vocal en “Moonage Daydream”. Aparte de la elegante y sensual bajista Coni, el argentino afincado en Bilbao se había rodeado para la ocasión de miembros de Audience y McOnak para remarcar que lo de esa noche sería algo totalmente diferente a los conciertos con su banda regular.

“¿Sabéis lo que había antes del punk, antes de Eskorbuto?”, preguntó Martín a la concurrencia. “Pues estaba “Hang On To Yourself”, de esta guisa presentó una de las piezas más tralleras del histórico disco, a la par que se iba transformando en una suerte de Iggy Pop bajándose a las primeras filas y fundiéndose con el respetable hasta acabar en “Rebel Rebel” botando entre la muchedumbre como uno más. Para el recuerdo quedarán asimismo sus interpretaciones impagables del “Suffragette City”, “Ziggy Stardust” o “Rock N’ Roll Suicide”, sin limitarse a copiar pero respetando la identidad de un repertorio tan grandilocuente.

También rescataron otros clásicos del Bowie glam como el ya mentado “Rebel Rebel” o un “The Jean Genie” cantado por el guitarrista de Audience que sonó más sucio que la original. Y para reforzar el sentimiento de hermandad mandó juntarse a “bermeanos, gerniqueses y mundaqueros” en un colosal “Heroes” a lo U2 con ínfulas de estadio.

Al igual que en los conciertos habituales de los vasco-argentinos, la decadente “I Need Somebody” de Iggy Pop & The Stooges subió varios escalones más en la senda de la fraternidad antes de que la multitud se llevara a Martín en volandas como a una auténtica estrella del rock. Y fue de enmarcar de idéntico modo su “Run Run Run” de la Velvet Underground, al que insuflaron mayores cadencias mientras el soberbio voceras punteaba encima de un bafle consagrando el culto a la electricidad. De sentar cátedra, mientras este señor siga vivo el legado de Bowie jamás se extinguirá.

No nos hubiera importado ver a Aurora & The Betrayers, pero un servidor tampoco es Superman y para las tres y pico de la mañana ya andaba reventado, por lo que lo descartamos con la esperanza de que en breve vuelvan por estos lares.

Sábado: El trovador dylaniano

La última jornada del Mundaka Festival cosechó otro éxito de convocatoria similar al de la jornada anterior, quedándose a buen seguro a poca distancia del tope oficial de 4.000 personas, aunque volvió a notarse la carencia de infraestructuras cuando la meteorología es adversa. Se echó en falta alguna carpa en condiciones para guarecerse, puesto que vimos a la peña extremar el ingenio y utilizar desde casetas de columpios hasta carteles publicitarios para protegerse de las tormentas veraniegas con rayos que asolaban el recinto.

Abrieron la sesión los vizcaínos Highlights, que siguen aprovechando su tirón tras el paso por el Villa de Bilbao. En los últimos tiempos hemos coincidido con ellos hasta la saciedad, por lo que agradecimos que cambiaran el repertorio de versiones y sustituyeran a los trillados UFO o AC/DC por el “Sweet Talker” de Whitesnake o el “The Seeker” de The Who. Ahí nos ganaron.

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The Waterboys

Nunca hemos sido fan de Los Enemigos, de hecho, solo escuchar el deje aflamencado de la voz de Josele Santiago nos produce urticaria, aunque reconocemos su aportación al panorama nacional, así como la cantidad de seguidores que tienen. Eso se vio reflejado en la cantidad de camisetas del grupo que pululaban por ahí y en gritos tan descriptivos como “No os muráis, nunca”.

Por respeto a sus incondicionales diremos que reincidieron en sus clásicos de toda la vida, esto es, “Septiembre”, “An-tonio”, su peculiar adaptación del “Señora” de Serrat o el inevitable “John Wayne”, que presentaron tras la recurrente frase “Aquí mi fusil, aquí mi pistola”. Sin salirse de lo suyo.

La verdad es que hace unas semanas tampoco nos hubiéramos desvivido por las hazañas de Mike Scott y The Waterboys, pero su soberbio ‘Modern Blues’, su último disco en estudio editado hasta la fecha, nos hizo presagiar un bolo antológico. Y así fue, superando todas nuestras expectativas, rockero hasta la médula, nada que ver con ese viraje hacia el folk irlandés que les otorgó cierta popularidad a finales de los ochenta.

El comienzo adquirió proporciones épicas con un contundente “Destinies Entwined”, en el que sobresalió el violinista y ese enérgico teclista que agitaba la melena como si tocara thrash metal por lo menos. “Stil A Freak” consagró la faceta de bardo de Scott, ataviado con traje y sombrero y un aire de perdonavidas similar al de su mentor Dylan. No necesitaba hablar, le bastaba con su talento descomunal, ya desataba reverencias por doquier con únicamente sentarse al piano y arrancarse con las primeras notas de “A Girl Called Johnny”, su homenaje a la poeta del punk Patti Smith.

Respecto al entusiasmo de la gente hay que señalar la actitud irrespetuosa, y hasta peligrosa, de algunos de sus acérrimos que no dudaron en empujar a los fotógrafos de la tarima donde era necesario subirse debido a la desbordante altura del escenario. Unas criaturas infectas a las que se debería poner a buen recaudo junto con los simios que lanzan objetos o los exquisitos que no aguantan una disminución de su campo de visión durante cinco minutos.

Al margen de detalles desagradables, los británicos ofrecieron un repertorio muy equilibrado, con piezas recientes tipo “Rosalind (You Married The Wrong Guy)” y hasta revisiones de clásicos pretéritos como un “Roll Over Beethoven” de Chuck Berry al estilo Beatles y recreándose en el piano a lo Jerry Lee Lewis. Alcanzaron su punto álgido obviamente con su éxito “The Whole of the Moon”, cantada a pleno pulmón por el pureteo y alargada hasta el punto de parecer por momentos el “Walk On The Wild Side” de Lou Reed.

Dejando de lado sus temas populares, el tramo que realmente los ganó para la causa fueron los diez minutazos pasados de su tremenda “Long Strange Golden Road”, con sonido de rock grandilocuente a lo Springsteen o Elliott Murphy y transformada en un in crescendo brutal con los coros ampulosos de su activo teclista y un solo de órdago de Mike Scott a la guitarra. La réplica del Hammond con su eufórico encargado aporreando literalmente las teclas fue suficiente para catalogar la velada de histórica.

Lo de hacer bises no era una costumbre muy arraigada en Mundaka, por lo que no esperábamos que volvieran para complacer al vulgo con otro de sus imprescindibles hits, “Fisherman’s Blues”, que agradó al personal por su leve poso celta. En definitiva, hubo de todo en la villa del Señor y además con una banda en un estado de forma espectacular. Grandes.

Una sorpresa resultaron del mismo modo los ignotos St Paul & The Broken Bones, con su soul de quilates de ese del que pone a las hembras a bailar como si no hubiera un mañana. Aunque el mérito principal residía en ese gordito salado que cantaba como un dios y cuyo talento era tan enorme como su tamaño, un vocalista tremendo que sentía la música por cada poro de su piel y era capaz de tirarse al suelo y golpearlo con saña cual ebrio de amor. Una sesión de copa y puro en la que se te podían caer los pantalones, las bragas o cualquier otra cosa. Lanzó al final el micro contra el suelo con pie incluido en un exceso pasional, aplaudir a rabiar sería quedarse corto.

Hemos visto ya un par de veces este año a Mamba Beat y sabemos que su moderneo dark a lo Depeche Mode o Editors es la opción perfecta para evitar que se duerman hasta las piedras a altas horas de la madrugada. No faltaron los himnos para sobrellevar el puestazo de anfetas como “Love & Hate” o su muy decente revisión del “Blue Monday” de New Order, el tema de farra por antonomasia. Su álbum ‘Paint Me In Black’ me parece de lo mejor del 2016, con eso lo digo todo. Uno de los más soberbios maridajes entre el rock y la electrónica.

Hasta aquí llegó otra edición de ese festival diferente, tranquilo, lejos de las ajetreadas urbes y de la muchedumbre que merecería conservarse con tanto ahínco como la Reserva de la Biosfera de Urdaibai declarada Patrimonio de la Humanidad que compone la zona. Una experiencia para degustar sin agobios.

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

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