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Crónicas

Crónica de The Darkness: Canciones para la mediana edad

«The Darkness ha envejecido, eso es innegable. No obstante, lo que tampoco se discute es su fabuloso estado de forma tras ver el concierto que ofrecieron en nuestro país. Tras los teloneros Blackfoot Gypsies, la banda inglesa demostró que sabe conjugar su estilo inconfundible con la madurez de tantos años de trayectoria, dando como resultado un show de alto nivel que, de seguro, defraudó a pocos o a ninguno.»

5 noviembre 2017

Kafe Antzokia, Bilbao

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos (Madrid): Jason Cenador.

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Lejos han dejado ya los británicos The Darkness aquella época alocada con drogas de por medio que devino en su separación. Podrá sonar a tópico, pero viven en estos momentos un renacer que aunque no se corresponda con su punto álgido en términos discográficos, sí que pueden presumir de haber sabido envejecer con dignidad. Sus directos continúan siendo apoteósicos y su líder Justin Hawkins, rehabilitado por completo de su pasado con las drogas, es representante por derecho propio de esa estirpe de vocalistas de antaño que en cuanto pisaban un escenario poco menos que temblaba el mundo.

Como era de esperar, el Kafe Antzokia anduvo a reventar un pleno domingo de resaca para recibir a unas leyendas del glam del siglo XXI. Un respetable muy variopinto, con nutrida proporción de señores mayores, se agolpó en esas vallas de contención que violaban de alguna manera el concepto del recinto con un escenario separado de las masas solamente por unas escaleras. No molan los cordones sanitarios, menos en los conciertos, donde debería prevalecer cierta espontaneidad y que las barreras entre artistas y público se traspasen si el subidón lo requiere. No hay nada más bonito que una invasión de tablao.

Calentaron el sarao los norteamericanos Blackfoot Gypsies con su conglomerado de blues, folk, rock sureño y unas pintas muy resultonas con sombreros de pluma o gorras a lo Izzy Stradlin que evocaban a The Black Crowes. En lo musical no eran tampoco ninguna maravilla, ni por asomo inventaban la rueda, pero molaba su rollo en escena con su vocalista amanerado con clase a lo Robert Plant, o ese moreno que lo mismo valía para soplar la armónica que para hacer ruido de pájaros. Sobresalían cuando aparcaban la recolecta de algodón y enseñaban las garras.

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Tal vez haya que tomarse en serio aquello que decían en uno de sus temas de que The Darkness son los últimos en su estilo, esto es, ese clásico hard rock británico tan deudor de Free o Thunder como de Queen y toda la purpurina de los setenta. Con maneras de estrellas del rock totales, echaron leña en la caldera de primeras con un apabullante “Open Fire” que por su ímpetu pudo segar de un plumazo cualquier duda de su valía en el improbable caso de que la hubiera.

Justin no defraudó con un vestuario deliberadamente hortera compuesto por un traje verde tan brillante que daba dolor mirarlo y botas camperas de color oro. ¿Puede haber algo más glam que eso? Y si de lo que se trataba era de despojarse de complejos, a buen seguro lo consiguieron marcándose la balada “Love Is Only A Feeling” casi al comienzo de su actuación, solo ellos pueden realizar una gesta semejante y salir victoriosos. Pero lo que estaba claro es que no nos íbamos a amuermar, zanjaron la posibilidad bordeando el heavy metal en “Southern Trains” y luego enlazando con “Black Shuck” de su debut, otro trallazo de los buenos.

El carismático voceras confesó que esa noche sus cuerdas vocales no se encontraban en el mejor estado, aunque en ningún momento observamos que sus capacidades estuvieran mermadas, más bien al contrario, es impresionante la mecha que tiene este hombre que lanzaba las púas hasta prácticamente el final de la sala igual que si jugara a la rana. Añadió que tocarían todo tipo de cortes esa noche, incluidas “canciones para la mediana edad”, quizás conscientes de que ellos tampoco son ahora unos chavalillos.

El enigmático bajista Frankie pilló un cencerro y lo golpeó hasta cristalizar en el rotundo riff de “One Way Ticket”, temazo capaz de echar abajo cualquier recinto. Explotan como nadie su piedra angular ‘Permission To Land” con “Givin’ Up” mientras Justin pone poses de estrellita y su compi a las cuatro cuerdas desciende las escaleras para acercarse a las masas, un tanto aletargadas a pesar de que aquella noche lo estaban verdaderamente clavando.

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Hawkins pidió efectos dramáticos en la voz para intentar recrear el inicio de “Barbarian” y solo le faltó el cráneo de Yorick para configurar una estampa cien por cien shakesperiana. En esa tesitura no sorprendió que se sentara al piano para arrancarse con “Why Don’t The Beautiful Cry?” después de amagar con el “Jump” de Van Halen. Estaba chistoso el tipo, así deben ser sus bajones. Pensamos en si era cierto aquello de que los guapos no lloran cuando Justin quiso comprobar nuestros conocimientos entonando a capella “Friday Night” y la peña respondió cantando el estribillo a pleno pulmón. Genial, ya había pasado la hora de la siesta.

Las que no desfallecieron durante todo el concierto fueron esas coristas improvisadas situadas en la escalera lateral que se sabían las canciones de principio a fin y de vez en cuando se escuchaba algún “sexy” dedicado al vocalista, que se gustó mucho a sí mismo, con su histrionismo habitual y realizando espectaculares acrobacias como cuando hizo el pino al tiempo que abría y cerraba las piernas al ritmo de la música. Brutal. Un grande absoluto.

The-Darkness-4La reciente “Solid Gold” dispone de los mimbres necesarios para convertirse en un futuro clásico y tal vez por eso preceda a piezas del calibre de “Get Your Hands Off My Woman” o “Growing On Me”. Los falsetes de Hawkins causan auténtico furor, de sobra es sabido, pero hubo un espeluznante grito que superaba la mera devoción y que hasta llamó la atención del propio Justin, así que este no se cortó en pedir al espontáneo que lo repitiera junto a él. Que no pare el show.

La única nota negativa a un bolo soberbio estuvo en el rácano bis, que como no podría ser de otra manera, fue su celebérrimo “I Believe In A Thing Called Love”, introducido por un ritmo bluesero que la peña reconoció de inmediato y los “Wow” se multiplicaron por doquier. Mandaron alzar los pulgares en el colmo del surrealismo, Justin lanzó besos cual hada madrina y se despidieron mientras sonaba por los altavoces el “Bennie and The Jets” de Elton John. ¿Puede haber algo más bonito? Toneladas de algodón de azúcar.

Es evidente que han pasado ya su etapa dorada y probablemente jamás volverán a componer un disco como ‘Permission To Land’, pero su crepúsculo de los dioses contemporáneo les está sentando divinamente, ya les gustaría a muchos semejante solidez en escena. Por algo ha admitido Justin que los conceptos normalmente asociados a ciertos años no van con él. Quizás las canciones para la mediana edad sean suficientes para mantenerlo conservado en formol. Ni viejo ni joven.

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