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A PROPÓSITO DE LA ONCEAVA EDICIÓN DEL FESTIVAL IBEROAMERICANO VIVE LATINO-SERGIO ISLAS PACHECO

31 mayo, 2011 4:44 pm Publicado por  – Deja tus comentarios

A PROPÓSITO DE LA ONCEAVA EDICIÓN DEL FESTIVAL IBEROAMERICANO VIVE LATINO

TRAS LA MUERTE DEL ROCK

POR: SERGIO ISLAS PACHECO

“Me gusta el rock, una pena que haya muerto. Ahora sólo hay revival, apenas tímida reconstrucción de lo ya sentido en un relámpago de eso indefinible que fuimos, que es como olvidarse un saco en el cine y volver a buscarlo quince años más tarde. Y encima encontrarlo, pero sólo para descubrir lo mal que nos quedaba”.

Fragmento del libro La Venganza de Killing de Rafael Bini

Hace ya unos añitos platicando con los madrileños de Sin Dios, discutíamos durante una entrevista en torno a la imposibilidad de plantear el activismo político y social dentro de la industria del rock, según cada quién comprenda ésa entelequia. Hoy más que nunca parece constatarse la necesidad de abogar por una sociedad mucho más justa y menos belicosa enmedio de un entorno geopolítico que está conduciendo al planeta al colapso de un modelo de producción que sólo ha sabido generar miseria y guerras y que como especie nos llama hacia la extinción.

En el tono de ésa charla, se hablaba de la necesidad de reconocerse integrantes de una industria tan inteligente que ha sabido en los últimos años retirar el tema monetario de la mitología rockera, hasta tal punto que incluso los grupos noruegos metaleros más oscuros, o las bandas punks más radicales hacen negocios con una pulcritud digna del capitalismo liberal, obvio, con algunas contadas excepciones. Esto, con la complicidad de muchos fans, la mayoría enceguecidos y enamorados que no han sabido distinguir que si los costos para los boletos de un concierto son altos, esto se debe a que hubo un previo acuerdo entre el agente de la banda y la promotora para impactar el caché del grupo y que todo mundo gane. Y a veces los artistas, en el colmo de la deshonestidad, se llenan la boca de proclamas antisistema, de odas a la revolución y tantas cosas, todo, desde la comodidad de un escenario rodeado de marcas que en otros países auspician las muertes de niños por la usura con que manejan el agua como sucede con la Coca Cola en India, o que con toda impunidad fomentan la esclavitud como hace Nike en Vietnam. Como si sus manos no tocaran ése dinero. O como si ellos mismos no se dieran cuenta que la misma estructura que los sostiene como artistas está fundamentada en torno a un modelo de economía capitalista.

Dicho sea esto para retomar un punto que sigue lastimando como es la despolitización del rock, dentro de un enfermizo afán por domesticarlo del todo para convertirlo en algo inofensivo, inocuo y hasta alienador. Cada vez es más raro encontrar artistas que se sientan comprometidos más allá de la retórica de moda, dentro de alguna causa o movimiento que haga una linea de frente común contra las injusticias del sistema o apoyando cuando menos a quienes con toda una vida de lucha por delante lo han sacrificado todo predicando en el desierto. La soledad del disidente jode. Y la voz silente de aquellos que pueden decir algo es aún peor. Porque se es culpable por comisión y por omisión y se hace patente que el rock hoy en día es todo menos transgresión, porque se ha buscado con todo éxito que las bandas omitan cada vez más cualquier expresión disidente y que cuando tengan que hablar de algo, esto sea sin ningún compromiso real y más bien por moda. Y no es que sea una orden o algún plan para fomentar la indiferencia social, sino que ya se vuelve habitual que los jóvenes sean cada vez más apolíticos y menos comprometidos, homo videns descritos por Sartori que basan sus percepciones en la imagen oficial dictada por los medios.

Por eso este Vive Latino da en qué pensar. Siendo con mucho el festival mas grande de México, y tal vez de toda América Latina, resulta poco grato contemplar el nulo compromiso de las bandas que apenas si se atrevieron a balbucear alguna proclama ante los numerosos medios reunidos y ante la gran ventana mundial que representa un festival de estas características, negando con ello la responsabilidad social que el régimen tiene de garantizar un porvenir a esta generación. O al menos hacerlo notar un poco. La urgencia de ventilar la gran tragedia a la que asiste México la conocemos bien quienes hemos estado de algún modo como corresponsales en sucesos que lastiman el país hundido en una sucia y absurda guerra que lleva más de 40 m il muertos. Duele que en la mayoría de los casos estos pronunciamientos hayan sido más bien pura retórica de parte de los artistas para quedar bien con la gente y no un compromiso asumido con honestidad.

Porque si bien es cierto que son contados los casos de bandas como Los de Abajo, Estrambóticos, Doctor Krápula y algunos más que se pronunciaron a lo largo del festival contra la estúpida guerra de Felipe Calderón, la mayoría simplemente se dedicó a cumplir y ya, de algunos incluso hasta se podría discutir si eso que sonaba en los escenarios de verdad era rock, ante la miserable mezquindad interpretativa y la nula pasión que manifestaban hacia la gente, chicos y chicas de pose rockera más preocupados por su música sin sentido, vacía y sin ninguna posibilidad de crear emoción, que por de verdad demostrar en algún momento la fuerza que se supone caracteriza al rock indie hueco, clonado que de tantas copias ha terminado por perder su originalidad y esencia, apuestas musicales que parecen no tener sentido en el rock, en su sentido más puro y contestatario, de nula identificación generacional al no decirle ni dejarle nada a nadie. Y que encima la mayor parte de la prensa se haya vuelto enormemente complaciente ante el fracaso de un género como el rock que parece ya no molestar a nadie. Como si esto último de verdad fuera cierto.

Y que lejos queda justamente ése espíritu rockero entre la indiferencia de los artistas ante el pobre desempeño exhibido del talento presentado, con la poca exigencia del público y la grosera exhibición de comercialismo. Desde los sobrevalorados Caifanes que tienen que regresar para demostrarle a la nueva sangre de rockeros que la música que hacen queda a mucha distancia de ser popular, denotando la desgracia de una generación impedida para generar ídolos y figuras, pasando encima por decenas de grupos que sin ningún mérito están ahí como representantes de un rock en agonía, sin sentido. Mientras, la verdadera música sigue quedando marginada ante los favoritismos de siempre.

Porque ¿Cuántos grupos de calidad en México se quedaron en su casa y merecían estar ahí? ¿cuántos artistas de papel –ya ni siquiera de plástico- tocaron alguno de los tres días sin tener algún mérito musical o trayectoria que amparara su presencia, o bien, siendo nuevos y que tengan algo interesante que mostrar? ¿porqué tanta reiteración en los grupos anglo si en el panorama latino existen apuestas que valen la pena como para no depender de unos Chemical Brothers, o de unos insípidos The National? ¿De verdad vale la pena que un grupo con la trascendencia de Jane´s Addiction tenga que competir con toda injusticia para con los mexicanos Raxas, los argentinos Banda de Turistas y hasta con los brasileños Sepultura? ¿De verdad es una apuesta por el rock latino o más bien ganas de hundirlo haciéndolo ver como algo secundario? Es cierto que hay festivales que sin problema pueden sumar nombres gloriosos con artistas locales austeros en nombre y ponerlos a competir por audiencia entre escenarios, pero no aquí, donde se supone que el objetivo del festival es privilegiar lo latino, ensalzarlo.

La queja no es meramente panfletaria. Siempre he creído que si hay grupos que han sabido trascender los tiempos y se han convertido en monstruos inobjetables del olimpo rockero esto ha sido justamente porque en su tiempo de aparición encontraron semejanzas e identificación por sus letras y música con las inquietudes y dramas de la generación en la que fueron escogidos como protagonistas. Por eso The Wall triunfó, por eso The Doors, The Rolling Stones y tantos otros son imprescindibles, pues todos en algún momento tuvieron algo que decirle a la gente y cumplieron su meta aportando himnos generacionales inmortales dispuestos para la veneración eterna. Hoy en día en cambio no hay en México un solo grupo que al menos pinte para seguir una ruta que los lleve a trascender y volverse históricos, todo en un mazacote de confusión alentada por medios como la radiodifusora Reactor por ejemplo, que llaman rock a lo que sea y que la mayor de las veces no sea más que mierda insípida. Apoliticos, invadidos hasta la médula en lo comercial, obligados a creer en figuras artísticas impuestas por medio del marketing en eso que ya no es rock, todo va encaminado para que, otra vez como hace décadas, el verdadero rock siga siendo ése objeto prohibido, condenado a vivir confinado en la marginalidad y la oscuridad. Pero otra vez como siempre, entre ése nicho rockero que sabe valorar justamente la autenticidad, emociona que aún haya espacio para el respeto ante la honestidad y autoridad que les da a todos ésos grupos de auténticos rockeros el saberse parte de los sonidos de la calle.

El gran problema es también el presenciar como los grupos se asumen a sí mismos como una mercancía más en una industria que está condenada a la muerte a menos que se replantee a sí misma nuevas formas de convivencia entre el público y el artista, sobre todo en momentos en que el disco se ha vuelto mera carta de presentación y lo único rentable hoy sean los conciertos. Los grupos que se condenan a sí mismos para ser vasallos de la industria parece que no entienden que el gran mérito que tienen es justamente haber logrado fundar una banda y contribuir a que el engranaje no pare. No caen en la cuenta que no son ninguna mercancía al servicio de nadie, sino que ellos tienen la potestad sobre sí mismos, en tanto que impidan que managers, agentes, discográficas, promotores y demás fauna los corrompan y entonces si renuncien a ser quiénes son. Eso pasa, la música ha cedido ante los impulsos naturales de figurar lo más pronto posible, apostando todo hacia un esquema que ha uniformado los sonidos y los gustos. Y eso no es para nada rock, pues la historia es rica en ejemplos de gente que haciendo las cosas diferentes han sabido trascender, aplicable esto no solamente para la música sino para todos los campos.

El reto sigue siendo el doblegar a la industria mediante ésa fuerza que da el convencimiento de que se está en esto por una razón y no por una moda impuesta. Que un grupo merece respeto por el simple hecho de serlo toquen bien o mal pues su trabajo les ha costado gastar horas de ensayos y dinero en equipo y encima, nadie que los defienda. ¿Sindicatos, agrupaciones? Desconozco si sea la alternativa, pero no deja de ser un mero sueño el pensar que de verdad en algún momento se dé una unión para defenderse a sí mismos, como antes, como siempre, de los embates de un sistema inteligente que sabe que mientras adentro de los locales de conciertos la gente brama y se manifiesta, afuera las cosas siguen exactamente igual y a nadie le importa. Por eso el Vive Latino y tantos festivales más siguen en lo suyo, son negocios rentables y asegurados que no incomodan al poder y que con su permanencia en el mainstream siguen domesticando y adoctrinando en torno a conductas rockers que no representan ningún peligro. De ellos son los medios, de nosotros la calle… y el verdadero rock.

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