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Crónicas

Get Mad!

«Un ceremonial cósmico del que surgió un hijo bastardo a la manera de Frankenstein y una mente tan abierta que provocaba cortocircuitos»

Sala Changó, Madrid

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos: Alfredo Villaescusa / Jason Cenador

Los contrastes son la sal de la vida. Pasar de la risa al llanto. De la alegría inusitada a la desesperación más absoluta. Estados de ánimo que habrá experimentado cualquier víctima de un enamoramiento o de las drogas, aunque nadie asegura que ambas cosas no sean lo mismo. Dependencias emocionales de las que uno debería desprenderse para llegar a ser “puro y ligero”, como diría el gurú decadente Pablo Und Destruktion. Alcanzar el nirvana, esa utopía espiritual sin preocupaciones en la que uno consigue poner la mente en blanco y la liberación del sufrimiento material. Y los pobres de voluntad que se revuelquen en el fango.

Una senda que quizás pudo alcanzarse progresivamente en las dos jornadas que ofreció la sala Changó en el marco del ecléctico festival Get Mad!, con propuestas casi antagónicas y que a veces parecían una indisimulada prueba de aguante musical y amplitud de miras. Hay regiones del planeta en las que dicen que se pueden observar las cuatro estaciones del año en un solo día, pues algo similar se pudo percibir ese fin de semana con un reseñable concurso del público.

Catamos de primeras la oscuridad invernal de los Grave Pleasures capitaneados por el también voceras de Hexvessel Mat McNerney, un místico influenciado en esta ocasión hasta las cachas por Billy Idol y el post punk de corte más clásico. Uno sabe que se encuentra con tipos auténticos hasta la extenuación cuando en el exterior hace una temperatura que supera los treinta grados y estos señores se plantan con chupas de cuero y gabardinas en medio de un escenario plagado de niebla. La antítesis del postureo.

Los más enterados quizás sepan que su líder comenzó su carrera en el mundillo black metal y alcanzó su pico compositivo con su anterior proyecto Beastmilk y su álbum ‘Climax’, piedra angular del gothic rock contemporáneo al que casualmente dieron bastante cancha esa noche. Todo un gustazo escuchar himnos del calibre de “Genocidal Crush” o “Death Reflect Us”, imprescindibles en cualquier sesión gótica con fuste. Y no hablemos ya de las piezas del reciente disco de Grave Pleasures ‘Motherhood’, que atruenan en las distancias cortas, caso de “Be My Hiroshima”, “Atomic Christ” o “Joy Through Death”.

A pesar de alguna camiseta de Fields of the Nephilim, la amplia mayoría del respetable no era de su rollo, pero McNerney no tardó en conjurar la bomba atómica y conseguir que su onda expansiva afectara de manera positiva a los presentes. El horror nuclear nunca resultó más placentero. De lo mejorcito.

Nosotros habíamos acudido básicamente por los primeros, aunque nos sorprendieron los noruegos Aura Noir, muy influenciados tanto por el thrash europeo de la vieja escuela, tipo Kreator o Sodom, como por el puntillo esotérico de unos Venom o Celtic Frost. Unas bestias del inframundo que también poseían cierto sentido del humor como cuando dedicaron un tema a su lugar preferido, el infierno, por supuesto.

Fue casi un shock cambiar de palo de forma tan abrupta, pese a que muchos de los asistentes se encuadraran en esa onda, y resultó curioso pasar de la expectación generalizada a las melenas haciendo molinillos sin la menor explicación. Determinadas cosas siempre son así, suceden y punto. Una invocación sin complejos hacia los de abajo.

Contar en cualquier sarao con algunos nombres suele suponer una garantía de éxito, los albaceteños Angelus Apatrida son indiscutiblemente uno de ellos. Lo cierto es que al margen de Kreator, Slayer, Anthrax o los inevitables clásicos del género, nunca nos tiró demasiado el thrash metal, pero de justicia es reconocer que estos ya veteranos de la escena patria se curran mucho los bolos y no cuesta demasiado entrar al trapo de su espectáculo con una rapidez similar a la que se montaban descontrolados pogos. Todo un fiestón que se iba acrecentando por momentos y cada vez abarcaba más espacio de la sala, como si se tratara de una especie de invasión programada. Tomar Polonia no sería descabellado.

La peña daba vueltas en una suerte de ritual y alguno hasta se animaba a lanzarse desde las alturas, algo apabullante para el que nunca les haya visto en acción, circunstancia que no era el caso de este servidor. Repasaron su reciente ‘Cabaret de la Guillotine’ en “The Hum”, donde se subió una black metalera a agitar la peluca, y tampoco faltaron los que ya pueden considerarse himnos en su rollo, caso de “Give ‘Em War” o “You Are Next”, con el recinto casi al completo convertido en un pogo de dimensiones descomunales. Vaya tralla. Para dejarte como nuevo. Un revitalizante en toda regla.

Místicos y modernillas post rock

Muy diferente mutó el ambiente en la segunda jornada del Get Mad! en la sala Changó, con una notable preponderancia de fans del progresivo y chicas modernillas post rock con sus tatuajes y sus bolsos de alguna marca o motivo molón en el circuito underground. Que la tónica había cambiado por completo respecto al día anterior lo certificaron los guiris Pigs x 7, unos chalaos con pinta de playeros comandados por un vocalista místico que había que verlo moverse a medio camino entre los luchadores de sumo y los ejercicios aeróbicos para fumados. Porque su stoner rock en la senda de Kyuss desde luego que tenía mucho cuelgue y parecía producto de una ingesta desmedida de peyote, pero al mismo tiempo poseía una apabullante personalidad capaz de invocar hasta a dioses milenarios. Quiero su mierda.

En otra onda más seria se movían las estrellas del post rock local Jardín de la Croix, un grupazo a la altura de vacas sagradas del género tipo Toundra, Mogwai o cualquier otra figura internacional. Lejos de limitarse a ejercer de convidados de piedra, viven en plenitud su experiencia en el escenario con los inevitables momentos de bordear el éter, marasmos ruidistas al borde del abismo o tappings que se pasan entre ellos cual brasa incandescente. Otro ejemplo para dar en los morros a los pacos que todavía piensan que hoy en día no se hace nada que merezca la pena. Pura delicatesen.

Pero los que de verdad dieron un golpe sobre la mesa fueron los alemanes The Picturebooks con su mezcla de hard rock y blues tradicional que desentonaba en la velada y, quizás por eso, epataron tanto a la concurrencia. Aquí no se trataba de exquisiteces para mover la cabeza ligeramente con la mano en la barbilla, esto era algo mucho más sucio, no apto para remirados, música de carretera, garitos turbios, whisky chorreante y hembras ligeras de ropa, tápense los ojos. Había que ver además tocar a la bestia que tenían a la batería que daba golpes con tal saña que hasta volaban cosas. A su vera, un cantante hippie con aspecto de gustarse a sí mismo aportaba la nota elegante ante semejante menú potente y grasiento. Una hamburguesa de ternera de alta calidad.

Su sonido slide se clavaba hasta el tuétano y lo cierto es que muchas de sus canciones servirían de banda sonora para el acto sexual, al tiempo que evocaban asimismo parajes desérticos y locomotoras. Con tal panorama, no sorprendió que conectaran con un respetable ávido en realidad de disfrutar y no tanto de degustar. Unos maestros en las distancias cortas que anunciaron además que volverían en abril. Para no perdérselos.

Y volvimos a deleitarnos con la precisión sibarita de Crippled Black Phoenix, supergrupo de culto que etiquetan con el delirante concepto de “stoner prog” o “freak folk”. Curiosos eran, desde luego, algo que se barruntaba simplemente al observar sus descomunales pedaleras. La voz anduvo un tanto baja durante cierta parte del recital, lo que deslució en un primer momento su interpretación, aunque progresivamente fueron remontando hasta alcanzar picos de intensidad reseñables incrementados por la colaboración de una vocalista femenina que les daba un aire a lo The Velvet Underground.

Música de trance total, a veces parecía incluso que estabas viendo a Anathema, caso de “Human Nature”, con la fémina a las voces oficiando a un nivel espectacular mientras sus compis reincidían en los ritmos para entrar en comunión. La niebla incrementó la sensación de ritual iniciático y al terminar uno de sus guitarras se llevo la mano al corazón, como verdaderamente emocionado tras el bolo. Mucha crema.

Y hasta aquí dio de sí este ceremonial cósmico en el que se juntaron propuestas a cada cual más dispar y de ahí surgió un hijo bastardo con remedos a la manera de Frankenstein y una mente tan abierta que provocaba cortocircuitos en congéneres con el cerebro licuado por las redes sociales. En eso consistía la locura.

 

 

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1 comentario

  • Juandie says:

    Todas las bandas en sus diferentes estilos musicales estuvieron a la altura en especial los grandísimos ANGELUS APATRIDA que en directo con su Thrash Metal siempre son garantía de caña y éxito. Hace dos meses justos los ví en directo a los manchegos y madre mía.

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