Crónicas

Lendakaris Muertos: Héroes de la pandemia

«Mucho mérito tiene conseguir que una muchedumbre sentada participe activamente en un concierto en el que te impiden un derecho tan básico como levantarte»

5 junio 2021

Sala Santana 27, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa  

Por mucho que nos declaremos modernos o europeos para lo que nos conviene, lo cierto es que los tabús siguen muy presentes en nuestras sociedades. El exceso de líneas rojas amenaza seriamente la libertad de expresión, al igual que la exigencia de que un artista lleve una vida intachable al margen de aspectos controvertidos acabará vaciando los museos en un futuro próximo. Se nos vende como progreso lo que en realidad no es sino un retroceso a la tribu, una idea que desarrollaba con notable notabilidad Juan Soto Ivars en su reciente ensayo ‘La casa del ahorcado’.

Si existe un grupo atento a los cambios sociales y a la idiosincrasia propia del lugar donde se vive esos son Lendakaris Muertos, que tenían previsto el lanzamiento de un álbum titulado ‘Spain Killer’, pero la pandemia obligó a cambiar los planes. La alternativa de sacar un EP con cuatro temas sobre lo que hemos experimentado desde marzo del 2020 tampoco era mala, y más teniendo en cuenta las diversas ramificaciones de las que consta el asunto en sí, tales como los experimentos de control social que todavía sufrimos a día de hoy o esa agradable sociedad de delatores que en ocasiones repite apocalípticos mensajes que parecen de 1940.

Con el recuerdo de la última vez que les vimos en el Kafe Antzoki a pocos meses de que el mundo se fuera a la mierda, así afrontamos nuestro primer bolo de los navarros sentados, algo muy difícil de imaginar con un vocalista que en circunstancias normales suele pasarse más tiempo debajo que encima del escenario. A pesar de conseguir llevar a buen puerto un show demoledor, es evidente que las restricciones actuales respecto a conciertos pesaron mucho en un caldeado ambiente con entradas agotadas, y el único amago de contacto físico se limitó a bajar la escalera que separaba las tablas del foso de los fotógrafos.

Pero hubo cosas que siguen sin cambiar en un bolo de Lendakaris Muertos, como ese glorioso himno de la URSS que se utiliza a modo de intro que cosechó algún que otro puño levantado, así está el comunismo hoy en día. No era necesaria adscripción ideológica ninguna para que se montara a los pocos minutos un torbellino imparable con los miembros de la banda moviéndose cual poseídos con trallazos del calibre de “Cerveza sin alcohol” o “El último txakurra”, todo un test para comprobar que las gargantas continuaban elevándose hasta la estratosfera, por mucho que intenten echar abajo el sector de la música en directo desde las instituciones.

El entusiasmo contenido daba la sensación de que en realidad allí había asistentes enjaulados, cada uno en su parcelita particular, pero por lo menos las ganas de coña no se esfumaron. Eso quedó claro cuando el cantante Aitor saludó con un sonoro “Arratsaldeon” y se escucharon gritos acerca de la obligación de oficiar a la hora de la merienda. Un grupillo de punks veteranos de la esquina llamó su atención, al igual que “los chicos guapos de la primera fila”.

El festín alcanzó velocidad crucero con “Detector de gilipolleces” y “Cómeme la franja de Gaza”, que contó además con una suerte de performance íntima entre el bajista y el inquieto frontman. “Fuimos ikastoleros” desató de nuevo los ánimos con palmas a tope y el estribillo entonado a pulmón, del mismo modo que “Pasao de rosca”, otra de las fundamentales para incrementar la temperatura en el recinto. La falta de actos sociales durante la pandemia provocaba alguna situación hilarante, como cuando Aitor reconocía peña entre el respetable y afirmaba: “¿Estáis vivos? ¡No puede ser!”.

La represiva época que padecemos quedó reflejada en “Donald Sutherland” y ese ridículo afán por señalar a todo el mundo. Y uno de los momentos más emotivos tuvo lugar en “Héroes de la clase obrera”, que estuvo dedicada, al igual que el resto del concierto, a los currelas de Tubacex apaleados por el dictadorzuelo Urkullu. Había que amortizar los cuatro millones en material antidisturbios desembolsados por el Gobierno Vasco. Como siempre, para otras cosas no habrá dinero.

“Satán” impidió que decayera el ritmo trepidante, y no dudaron en enlazar el final con el riff de “Black Sabbath”, según la costumbre imperante en directo. “Veteranos de la kale borroka” volvió a desafiar la encomiable fortaleza de las gargantas que no podían parar ni siquiera las mascarillas, antes de un “Drogopropulsado” a toda mecha y un sorprendente cambio de tercio con la discotequera “Húngara Chúngara”. Muchas risas con aquella estrofa que decía “refugees welcome, sí, pero en mi casa no” mientras el bajista señalaba a alguno que tenía “dos en el trastero”. Siguió el vocalista la broma preguntando si había alguien de Ceuta, previamente a bordear el humor negro asegurando que vendían a esa gente “en Wallapop”. Ofendiditos postmodernos, abandonen la sala.

El cachondeo se dirigió entonces hacia las costumbres actuales que nos han cambiado tanto la vida y aseguraron que “si no fuera por la pandemia estaríamos todos en el camerino follando todos con todos”. En este sentido, Aitor se acordó de esa mítica frase que Johnny de Burning suele dedicar a los asistentes a sus conciertos de que “bajaría y os comería la boca a todos y todas”. Una anécdota que finiquitó el voceras diciendo que “creo que el de Burning no dice todas y casi es peor”. Damnificados por las coñas, obvien este detalle.

“Gora España” tampoco convenía tomársela muy en serio, salvo por la reacción descomunal que suscita. Y no faltaron clásicos de la envergadura de “Centro comercial” o “Urrusolo Sistiaga”, con su épica segunda parte. Se retiraron de las tablas, pero la emoción seguía en la cúspide, tal y como constataban los gritos del personal que demandaban una u otra canción. No tardaron mucho en regresar con “Ni sí, ni no, ni todo lo contrario” y “Cóctel molotov al chivato de balcón”, otra guía básica para tratar con esa avalancha de policías amateurs que invaden las calles y urbanizaciones.

Un simple toque de batería basta para que los ánimos se disparen en “ETA, deja alguna discoteca” y enlacen casi instantáneamente “Modo Dios”. “¿Quién se ha drogado hoy?”, preguntó el bajista y la respuesta fue tan abrumadora que no tardaron en iniciar “Oso panda”, con un muñeco enorme bailando por ahí como si estuviera bajo los efectos de estupefacientes. Nada mejor para mantener el subidón en esos minutos finales en los que Aitor incluso hizo una acrobacia en el aire. Su espectáculo opera a diversos niveles, que no haya duda.

Mucho mérito tiene conseguir que una muchedumbre sentada participe activamente en un concierto en el que te impiden un derecho tan básico como levantarte, por lo que podría considerarse otra proeza más de su descomunal desenvoltura en las distancias cortas. Que hasta en esta situación te monten un fiestón dice bastante de ellos. Son otros héroes de la pandemia. A la próxima que vuelen líquidos y lo que se tercie por los aires.

Alfredo Villaescusa
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Esta entrada fue escrita por Alfredo Villaescusa

2 comentarios

  • Juandie dice:

    Que mejor manera de combatir este puto virus de esta sociedad llamado "politicos" que a través de un gran concierto impregnado del mejor Punk Rock combativo por parte de una de nuestras mejores bandas como son los LENDAKARIS MUERTOS junto con esos grande temas que ostentan.

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