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Crónicas

Fuel Fandango y Ana Tijoux en Hirian: Fusión de verdad

«Esto al final, al igual que el rock, también es una cuestión de actitud»

Del 30 al 31 de octubre de 2020

Auditorio Azkuna Zentroa y Auditorio Nave 9, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Un servidor escucha la palabra mestizajeaplicada al terreno musical y empieza a correr para no parar. Esto no se debe a que uno sea un fervor defensor de los géneros puros, sino más bien a la cantidad de sinvergüenzas que prostituyen dicha etiqueta para colar un producto verbenero que en la mayoría de las ocasiones nada tiene que ver con las raíces o el buen rollito al que se apela. Un fenómeno que abunda en la actualidad gracias a esa inquisición de las redes sociales que demanda multiculturalismo y diversidad racial incluso en los sitios donde no la había en su momento. Todavía estamos digiriendo eso de exigir negros en una serie sobre Chernóbil.

Si hay un grupo que lleva el concepto de fusión en la sangre sin ningún tipo de postureo, al igual que aquellos majestuosos pioneros llamados Triana, esos son los andaluces Fuel Fandango. Lejos de sonar atrevido, diríamos que su personalísima mezcla de rock, flamenco, soul o electrónica no tiene parangón en ningún lugar del universo. Una versatilidad que no es en absoluto impostada, pues si se escuchan los diferentes elementos que componen sus canciones se notará que están incrustados en su conjunto como si siempre hubieran pertenecido a ese sitio, sin forzar la máquina. A años luz de ese engendro comercial llamado Rosalía.

Cuando uno piensa en un bolo acústico, acude con una determinada predisposición mental. No espera demasiados sobresaltos ni tampoco una energía desmedida que impida atusarse la barbilla en plan intelectual. Pero al dúo compuesto por el productor Ale Acosta y la cantante Cristina Manjón les gusta bastante eso de romper fronteras y prejuicios preconcebidos, a tenor del concierto con ímpetu in crescendo del que disfrutamos aquella noche.

Las medidas de restricción de aforo posibilitaron que las entradas se agotaran en tiempo récord, pero se trata de un combo cuya presencia es habitual en festivales veraniegos y que en circunstancias normales ya llena salas enteras. El bilbaíno auditorio Azkuna Zentroa, en el marco del festival urbano Hirian, se reveló como un espectacular enclave para una cita de estas características, respetando la separación debida entre asientos y con un sonido realmente sobresaliente. Ojalá programen más cosas ahí.

Otro mito que nos derrumbaron nada más salir Fuel Fandango a escena es que su repertorio perdería fuerza por la ausencia del componente electrónico. Nada más lejos de la realidad, pues en lo que sí que ganaron fue en poso rockero, al añadir una guitarra eléctrica a la acústica que tocaba Ale Acosta. El clásico “Trece lunas” les quedó espectacular en esta nueva reencarnación, del mismo modo que “Today” o “Por la vereda”.

La vocalista Nita sigue siendo una diosa mayestática sobre el escenario, con una clase tremenda y poniendo a los asistentes la piel de gallina cada vez que elevaba un tono. Salió además guapísima, con taconazos brillantes, el cabello recogido en un moño como si fuera una actriz de los años 20 y un vaporoso vestido granate que dejaba intuir sus delicadas formas. Dicho todo esto sin ánimo de sexualizar a nadie, sino porque alabar la belleza jamás será un pecado, por mucho que nos intenten convencer de lo contrario los petardos postmodernos.

Con un cuidado espectáculo visual con flores en el suelo,  nos proporcionaron  uno de los picos de la velada en “Not True”, que les quedó soberbia con punteos eléctricos a lo “Wicked Game” de Chris Isaak. Y los tonos de Nita volvieron a hacernos alcanzar el éxtasis, vaya intérprete más descomunal. Olé por esta señora.

“Huracán de flores” soportó con bastante dignidad la traducción al formato intimista, mientras que “Contra la pared” devino en una maravilla noctívaga y evocadora. “Yo es que sentá no puedo estar”, nos confesó la risueña vocalista con su habitual gracejo del sur, un detalle de diva bajada a la tierra que hizo sonreír a la mayoría de los asistentes. Su compi Ale tampoco lo hacía nada mal a la voz, complementando los atisbos de luz que emanaban de la prodigiosa garganta de Nita.

“La primavera” sobrecogió con la peña cantando tras sus mascarillas y por la entrega del respetable no tardaron en rememorar la vez aquella en que tocaron en un BBK Live bajo una carpa. “¡Cómo llovía!”, dijo Nita antes de que el dúo prometiera regresar a Bilbao en un futuro ya con la banda completa. “¡A sudar!”, incitó a la muchedumbre a moverse dentro de sus posibilidades con “New Life”, otra joya pulida con esmero para la ocasión que terminó en un alarde vocal impresionante. Olé y olé, que dirían por ahí abajo.

El repertorio estuvo tan acertadamente escogido que no se echó de menos en ningún momento el componente electrónico. Su popular “Toda la vida” se convirtió en un punto elevado más de la noche, no sin que antes Nita lanzara vivas a la música y pidiera que “no nos la apague nadie”. La nota curiosa la pusieron con el clásico del folklore mexicano “La llorona”, que en su día interpretaron junto a Depedro y que la vocalista calificó como “una versión de una versión”. Un ámbito en el que se movieron cual pez en el agua.

Preguntaron si el personal se podía levantar de su asiento, pero Ale Acosta concluyó que “mejor no, a ver si la vamos a liar”. Y provocaron otra mutación en “La grieta”, que en estudio es una pieza racial bastante tranquilita, mientras que en las distancias cortas optaron por destacar el componente eléctrico a la par que Nita se contoneaba y movía las manos como una figura japonesa. Noctívaga total.

“Salvaje” rompió la dinámica acústica del evento con sus bases electrónicas, que el público acompañó con palmas, antes de que se retiraran brevemente de las tablas. A la vuelta, defendieron la utilidad de este formato que les daba “mucha libertad y les permitía improvisar”, no sin antes insistir en que “la cultura es segura”. Esperemos que pronto estemos liándola pardísima”, deseó Nita previamente a ese canto a la fiesta llamado “Mi danza”. ¿Quién dijo que los conciertos desenchufados debían ser reposados?

Aprovechando las actuaciones que había en la ciudad en el marco del festival Hirian, nos acercamos hasta el auditorio de Nave 9 para catar algo de la chilena Ana Tijoux, una rapera combativa que no renunciaba a picotear en otros géneros como la canción de autor o la música tradicional típica de su tierra. Y al contrario de lo que barruntábamos, nos entretuvo bastante su rollo político denunciando el “pinochetismo”  y celebrando el camino abierto en su país hacia una nueva Constitución que sustituya a la que hay que data de la época dictatorial. Ya podríamos tomar también nosotros la misma senda y mandar a la hoguera el actual texto de connotaciones franquistas firmado bajo ruido de sables.

Si hemos de ser sinceros, esperábamos algo peor, pero su versatilidad, con momentos incluso que se acercaba al jazz, nos conquistó, aparte de contar con una banda muy competente en la que destacaba su batería pelirroja. Hubo momentos hilarantes cuando su hija, que estaba viendo a su madre desde el segundo piso, gritó algo y su progenitora le respondió que ella “era la dictadura number one”.

Muy decentes, por tanto, sus canciones para la rebelión, que tanta falta hacen en un país con toque de queda. Y eso por no mencionar el detalle de que la artista llevaba una camiseta del represaliado Víctor Jara, por lo que nada malo podría decirse de esta luchadora incansable. Me lo van a perdonar.

Dos maneras diferentes contemplamos esa noche de entender la fusión de verdad, ambas alejadas de cualquier atisbo perroflauta de moda u oportunismo. Porque esto al final, al igual que el rock, también es una cuestión de actitud. Y de ser sincero y no engañar a la gente. Que vivan las mezclas sin complejos.

Alfredo Villaescusa
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