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Crónicas

Crónica de Bime Live: Ruido ensimismante contra cotorras

«Dimos por finalizado el festival con la esperanza de que el próximo año las guitarras tengan mayor protagonismo y las jornadas estén mejor compensadas»

BEC, Barakaldo (Bizkaia)

Texto: Alfredo Villaescusa. Fotos: Marina Rouan

La dinámica de los festivales en recintos cerrados es muy diferente a la de los eventos al aire libre. Para empezar, uno está a salvo de las inclemencias meteorológicas, algo bastante habitual por estas fechas por el norte de la península. Y luego el plantel estelar suele variar con respecto a las citas veraniegas, con nombres más predecibles si se tiene en cuenta el calendario europeo, la verdadera temporada alta en lo que a figuras mastodónticas se refiere. Eso de no tener que preocuparse por el cielo sobre nuestras cabezas resulta muy liberador, tanto que quizás hasta favorezca que nos fijemos en detalles que en otras condiciones serían irrelevantes.

De sobra es conocida nuestra profunda animadversión hacia las cotorras, esas infectas subespecies que aprovechan los conciertos para contar la vida al vecino en ocasiones con volumen de pescadería, en un escalafón superior de retraso situaríamos sin duda a esos tipos que se colocan de espaldas al escenario, prueba indefectible de que la música te importa un pimiento. Pues bien, pocas veces nos hemos encontrado con un respetable tan maleducado como el de la primera jornada del BIME, que contó incluso con artistas contrariados preguntando directamente a la concurrencia “qué es lo que estaba pasando” y tildando el ambiente de “ridículo”.

Una mujer fatal con pelazo

Pero antes de sumergirnos en ese paraíso lenguaraz catamos lo que había en la ciudad los días anteriores, una propuesta versátil al extremo y que en esta ocasión concentró tal cantidad de actuaciones que muchas hasta superaron la tónica general del propio BIME Live. Así sucedió, por ejemplo, con los mexicanos Descartes a Kant, una genial chaladura que lo mismo mezclaba rock alternativo o punk con melodías circenses y coros a lo Ronettes, una curiosa amalgama que ellos mismos llaman “sonido bipolar-esquizoide”.

Había que ver el pedazo show que se montaba este combo capitaneado por tres pavas, una de ellas con pinta de mujer fatal y pelazo decolorado. Podrían tranquilamente sacar a bailar rock n’ roll a un distraído espectador como bajar de repente del escenario para lanzar papelitos de colores, aparte de las múltiples performances en las que adoptaban diferentes papeles. Terminaron de una manera muy democrática, cediendo el micro a la concurrencia para sondear lo que opinaban de lo contemplado, por lo que les dedicaron encendidos elogios, como que deberían tocar en el BBK Live. Pues sí, que vuelvan ya.

Después de semejante vendaval, que te planten a los sositos suecos de Agent Blå se tornaba poco menos que un despropósito, pese a que nos interesara mucho su estilo indie rock muy escorado hacia el gothic rock en la senda de Príncipe Valiente. Pero si los anteriores apelaban al fiestón y al desenfreno total, estos chavalitos de apariencia formal parece que abogaban por la reclusión y el sufrimiento vital, así nos lo transmitía una desganada vocalista que podría pararte por la calle para explicarte la palabra del Señor. Molaron, eso sí, los tonos a lo Siouxsie, o su competente guitarrista con tupé, que era el que prácticamente tiraba del carro. Agonía a raudales.

Indie con músculo y atmósferas envolventes

El jueves había en Bilbao tantos conciertos repartidos por diversas salas y garitos que casi se hubiera podido montar un festival entero. Que haya tantas opciones siempre hay que aplaudirlo, sobre todo a los que nos cansa ceñirnos a los compartimentos estancos, pero lo malo es que llegabas a sitios y veías a auténticos grupazos dejarse la piel para cuatro gatos y eso desde el punto de vista de los artistas debe ser verdaderamente frustrante, por mucho que un servidor odie las desmedidas masificaciones.

Gimnástica. Foto: Alfredo Villaescusa

Eso no sucedió con el indie con músculo de los alicantinos Gimnástica, que inauguraron la presentación del sello discográfico Oso Polita, auspiciado por la promotora Last Tour International, en la sala La Ribera. Hay muchos grupos hoy en día de ese palo que van de independientes y demás y no dejan de ser vulgar pop ramplón, algo que no pasa con este combo tan rodado, pese a su indudable matiz melódico. El rollo guitarrero de “Caléndula” sorprende tanto como el ímpetu que demuestran los propios componentes sobre las tablas pegando saltos, mientras que el ambiente psicodélico con letra evasiva de “Superman” ya les emparenta con nombres contemporáneos tipo Rufus T. Firefly, cuyo vocalista Víctor Cabezuelo les produce el último disco, por cierto. Muy prometedores.

El shoegaze a lo Slowdive o My Bloody Valentine de Uniforms constituye toda una rareza en el panorama patrio que agrada escuchar en directo, aunque uno tenga que venir con el cuerpo predispuesto para atmósferas envolventes y voces etéreas en la senda de Cocteau Twins. De vez en cuando les sale incluso un ramalazo siniestro ochentero como en “EDMP” y fue realmente una pena que no se explayaran con más temas. Prueba de las gratas sensaciones que dejaron en el personal es que se pidieron bises, pero no se pudieron explayar debido a las limitaciones inherentes a este tipo de bolos.

Uniforms. Foto: Alfredo Villaescusa

Cambiamos de recinto para toparnos con el rock con agallas de los locales Meridian, todo un grupazo tan cerca del metal como del indie y que puede remitir tanto a Dinero como a Foo Fighters o Muse, de estos últimos intercalaron precisamente un fragmento del “Psycho” en uno de sus temas. Todo un descubrimiento esta enérgica formación muy competente en las distancias cortas, con un bajista que no dejaba de poner posturitas de rock star y un batería descomunal que certificó su poderío con un solo aplaudido hasta reventar. Sus buenas composiciones, entre las que sobresale “Kamikaze”, obligan a seguirles la pista desde ya. Tremendos.

Y si el pabellón andaba por las nubes, recogieron con mucha dignidad el testigo los suecos The Bongo Club, que se marcaron otro bolazo antológico en el que remitieron al desenfreno guitarrero de The Hives o al indie rock de los primeros Mando Diao. Una pena que en ese momento hubiera apenas unas veinte o treinta personas en el recinto, pero eso a ellos les dio igual porque se dejaron la piel como si tuvieran delante centenares de espectadores. A pesar de la escasa afluencia, la experiencia les debió gustar porque confesaron que se habían “enamorado del sitio” y que les entraban ganas de arrancarse con “canciones épicas suecas”. Por fortuna se contuvieron y nos legaron temazo tras temazo con coros impecables como “Seventeen” o “Tell Your Friends”. Pura energía.

Las pelirrojas dominarán el mundo

Ya centrándonos en el BIME Live en sí, la primera jornada, que congregó a más de 8.000 almas, fue inaugurada por los émulos de Depeche Mode locales Unclose, que volvieron a dar otra lección de altura acerca de cómo maridar rock con electrónica a lo New Order. Una exquisitez.

Pillaron el relevo las promesas del post punk vasco Vulk, cuyo vocalista se mostró algo contrariado por las excesivas luces, por lo que se limitó en un primer momento a oficiar desde una esquina en plan autista, y encima además pidió tonos rojos, el paraíso de los fotógrafos, vamos. Siguen concentrando en sus recitales una reseñable proporción de freaks y su reputación en escena no desmerece en absoluto con esa inmediatez y sentido de peligro que solo poseen los grandes de verdad. Nunca decepcionan.

A Uniforms ya los habíamos catado el día anterior, así que no nos entretendremos demasiado, salvo para señalar que el escenario del teatro donde tocaban este año contaba con peores asientos y además hacía un frío helador. Tan flotantes como la víspera.

Tras el tedioso bolo de Mundaka, habíamos perdido la fe en esta nueva etapa con teclados pregrabados de Belako, pero lo bueno que tienen es que suelen cambiar bastante de un recital a otro. Aquella noche estuvieron realmente inspirados desde que irrumpieron con “False Step” antes de iniciar una trayectoria ascendente que cristalizó en el post punk rabioso de “Eat Me” y la contundencia sónica de “Off Your Shoes”.

Nos sigue pareciendo raro que ya no cambien los instrumentos, pero logran mantener la atención con la hipnótica “Mum” y hasta les sale algún ramalazo tecno en el que Josu y Lore se sitúan detrás de la vocalista para mover los brazos como en una discoteca. Disipan ese espejismo bailongo con la apabullante “Zaldi baltza”, que monta hasta pogos, y en “Sea of Confusion” le sale a Cris la vena feminista al explicar que el 86 que luce en su camiseta hace referencia al número de mujeres asesinadas en lo que va de año. Una declaración que finiquitó leyendo un fragmento de un artículo de la periodista Irantzu Varela.

Lo siguiente interesante llegó con las luminarias del shoegaze Slowdive, que ofrecieron un recital tan emocionante como uno de The Cure y con una inefable magia que únicamente se rompía con el cacareo generalizado de la peña a la que no le interesaba la música, para ahogarlos en el váter. Las delicadas y floridas notas de “Slomo” se nos subieron enseguida a la cabeza hasta alcanzar otra dimensión ajena a las preocupaciones mundanas. Aquello era precioso, con juegos de voces impecables y ese característico muro de ruido que aportaba la consistencia necesaria, el ingrediente fundamental para que la masa se elevara.

Casi sentimos mariposas en el estómago con “Alison”, tan bella como los enamoramientos, que diría Javier Marías, y no nos cansamos de escuchar los tonos susurrantes de Rachel Goswell, que por su elegancia e incontestable presencia escénica nuestra fotógrafa la calificó de “diva”. Nos faltaron muchos clásicos como “Machine Gun” o la piedra angular para cortarse las venas “Dagger”, que el guitarrista y voceras Neil Halstead sí la suele interpretar cuando oficia en solitario, pero es que una hora era muy poco para tan intenso catálogo. Después de esa noche no me cabe duda, las pelirrojas dominarán el mundo.

Editors. Foto: Marina Rouan

La mutación electrónica y popera de los últimos tiempos de Editors tendrá partidarios y detractores, como todo imagino. Y pese a que en estudio echemos de menos aquel influjo de antaño a lo Joy Division, en directo han sabido reinventarse con un sonido tan moderno como contundente y así confirmaron su vigencia con “Cold”, donde muchos movieron los brazos como si estuvieran en una discoteca. En esa onda, acariciados levemente por el synth pop, enfilaron “Hallelujah (So Low)” antes de abrazar el post punk de los inicios de su carrera en “All Sparks” y “An End Has A Start”, quizás los puntos álgidos del show.

Tom Smith sigue bordando cada tono y cantando como un auténtico dios, incluso con alardes vocales que desatan ovaciones por doquier, como cuando sostuvo la voz al final de “Sugar”. Ha abandonado por completo la sombra de Ian Curtis para convertirse en algo mucho más cercano a Bono de U2, con un dominio absoluto de las tablas. Las referencias a los irlandeses no se acabaron ahí, pues “A Ton Of Love” casi parecía un homenaje a ellos y rememoraron su etapa experimental en el llena-pistas “Papillon”, un himno capaz de enardecer a la peña de un plumazo.

Atinaron de pleno con el repertorio al conjugar lo pretérito con las novedades, sin olvidarse de todo aquello que deben tocar como “Munich” o “The Racing Rats”, y hasta consiguieron que proliferaran los grupillos saltando. Las cotorras enmudecieron. Impecables. Merecerían llenar estadios.

Un inadaptado con una guitarra

Dijeron los organizadores que en la segunda jornada hubo más de 10.000 personas, aunque la sensación era que había bastante menos. Quizás es que no montaban tanto ruido como los millennials del día anterior, a los que la música se la traía al pairo, en su lugar, un respetable más envejecido hizo gala de la educación que faltó el viernes.

Entre el marasmo electrónico, pocas propuestas atraían nuestro interés, por lo que destacaríamos el inofensivo indie pop con destellos surferos a lo The Wave Pictures de Rolling Blackouts Coastal Fever, que tampoco inventaban la rueda, pero por lo menos eran entretenidos. Curiosos eran asimismo Unknown Mortal Orchestra, con una delirante mezcla que iba desde el pop o soul de radiofórmula hasta el funk, la psicodelia o el rock progresivo. Su cantante y guitarrista se sumergió un par de veces entre el personal, pero ni por esas nos llegaron a enganchar. Por ahí olía a marihuana de la buena, así que igual ese era el ingrediente que nos faltaba.

Ni puesto de drogas uno hubiera podido aguantar la brasa del sobrevalorado Kurt Vile &The Violators, que pudo dormir a las piedras con su folk con algún leve destello a lo Neil Young que no era ni de coña para un festival. Encima, para terminar de caer simpático, prohibió el acceso a los fotógrafos al foso, y en el colmo de la humildad hasta nos dedicó una canción que hablaba sobre él, un tipo sencillo, vamos. Por si fuera poco, recurrió al mítico truco de decir que se iba y hacer lo contrario, arrojando además al respetable infumables piezas acústicas, por lo que contribuyó sobremanera a la hora de prolongar la agonía. Para huir y no parar.

Probablemente si no nos hubiéramos topado hace poco con el libro ‘Vives en las cintas que me grabaste’ de Rob Sheffield, cuya protagonista ausente es fan de Pavement, ni siquiera prestaríamos atención a Stephen Malkmus & The Jicks, líder de la mentada banda y que por sus habilidades compositivas despertaba la admiración del mismísimo Billy Corgan de The Smashing Pumpkins. Y lo cierto es que andábamos temerosos después de la brasa anterior, pero nos cautivaron sus temas lánguidos con cierta garra a lo The Replacements. Música para freaks e inadaptados sociales que un buen día se enamoran de la típica chica que no les hace ni caso y deciden coger una guitarra en vez de andar gimoteando y dando pena por ahí.

El tipo era además un personaje que nos llamaba “motherfuckers”, se pasaba la guitarra por la espalda, efectuaba equilibrios con ella o le daba la vuelta y la mantenía un rato considerable en esa posición sin motivo aparente. Pero el señor se conservaba muy bien y tocó la fibra sensible de muchos con “Stereo”, el popular guiño a su antigua formación. Como decían en la obra de Sheffield, seguramente uno “no lo echaría de la cama”.

MGMT. Foto: Marina Rouan

Prestamos una mínima atención a MGMT por el hecho de que Berri Txarrak suelen fusionar en “Oreka” su “Kids”, pero lo cierto es que no encajan ni de lejos con la tónica del medio. Nos limitaremos únicamente a reseñar la espectacularidad de su show con columnas de inspiración griega, inflables en la tradición de Pink Floyd o una bicicleta estática en la que su vocalista pedaleaba. Las diapositivas que mostraban también había que verlas, con renos fluorescentes, vídeos de aerobic con solera o nuestra favorita: una figura recubierta de llamas con un excremento en lugar de la cabeza. Se podían aguantar cuando saqueaban los ochenta, pero en ese rollo les dan millones de vueltas M83.

La predominancia en esta edición de la electrónica nos hizo dar por finalizado el festival con la esperanza de que el próximo año las guitarras tengan mayor protagonismo y las jornadas estén mejor compensadas, porque el sábado nos aburrimos bastante. Había además una lucha encarnizada en el recinto, la del ruido ensimismante contra las cotorras. Ganó la música.

 

 

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