Crónicas

Robe: Contra la humanidad

«"Sus bolos habrán perdido en componente eléctrico, pero por el contrario han ganado en intimidad"»

25 noviembre 2017

Bilbao Arena Miribilla, Bilbao.

Texto y foto: Alfredo Villaescusa

Alcanzar cierto estatus otorga unos cuantos privilegios. El más preciado de todos es sin duda hacer lo que te salga de los mismísimos sin tener que rendir cuentas a nadie. Una demostración de poder absoluto para la que es necesario una trayectoria sólida que avale posibles desmanes y decisiones polémicas que quizás no sean entendidas por la aborregada masa de turno. Ir a contracorriente nunca resultó sencillo, menos en estos tiempos de indisimulada persecución al disidente.

Roberto Iniesta seguro que sabe muy bien de qué va esto último con esta gira montada casi a capricho y con la pretensión no de llenar locales, sino de ofrecer un aforo considerable. El primer tramo de auditorios y teatros recaló en la capital vizcaína en el selecto Palacio Euskalduna en idéntica fecha al festival Azkena, y por lo que nos comentaron, las butacas vacías eran mayoría absoluta.

Y en la parte final de este periplo peninsular con regreso al “Botxo” no mejoró tampoco demasiado el panorama con un Bilbao Arena con gradas amputadas casi en su totalidad, una pista a medio gas llena hasta poco más de la mitad y esa cagada monumental de abrir escasos baños unipersonales de esos de minusválidos para el grueso del personal con colas de impresión incluso en el sector de los machos. Como iniciativa a favor de la igualdad, no estuvo mal, para que así muchos supieran las filas kilométricas que tienen que aguantar las féminas en festivales subdesarrollados y así. Algunas hasta se reían de la ridícula situación. Dejando de lado este pésimo detalle organizativo, nos congratulaba sobremanera asistir a un espectáculo donde el propio artista limite el uso de los dichosos móviles. No en vano en su parada madrileña amenazó a sus seguidores con “tirarles piedras” si persistían en su intención de grabarle, una decisión que aplaudimos hasta la extenuación y que volvía a poner el foco en comportamientos que no se deberían permitir en conciertos. Esperemos que algún día se ponga también coto a las repugnantes cotorras.

Con cierto retraso sobre la hora fijada, Robe marcó las coordenadas de un recital relajado cediendo el protagonismo en un primer momento a un solo de violín y luego un cante flamenco antes de “El cielo cambió de forma”. Sin despegarse de esa tónica, “Querré lo prohibido” no constituye ni por asomo ningún ejercicio de desmelene y “Por ser un pervertido” lo presenta como un tema sobre “amor y sexo”, preocupaciones fundamentales que han teñido sus letras en la actualidad, a años luz de la vertiente provocadora y transgresiva de antaño.

Sus bolos habrán perdido en componente eléctrico, pero por el contrario han ganado en intimidad, y el Rey de Extremadura no tiene reparo en sentarse en cuanto tiene ocasión en una especie de tablao al fondo del escenario y de esa guisa se arranca con “Donde se rompen las olas” y “Hoy al mundo renuncio”, con preponderancia de nuevo hacia el violín y la flauta y un punki con cresta de las primeras filas sin reparos en cantarla. Hace poco, Robe en una entrevista confesaba su deseo de que sus fans fueran “gente de mentalidad abierta”. Prueba evidente de que lo ha conseguido. Y es que el show de la velada era en esencia para peña muy sibarita, tal vez demasiado alejado de la electricidad, no era esa su función, sino la de regodearse en cada detalle y proporcionar un viaje sosegado sin apenas sobresaltos. El único momento cercano a lo político estuvo en “Nana cruel”, dedicada a los niños refugiados que mueren cada día en aguas del Mediterráneo y admitió que tuvo que cambiar la estrofa final para que la canción se ajustara a la realidad.

Tal vez el respetable envejecido sabía a lo que venía, por lo que apenas detectamos la presencia de cacatúas, en su lugar, se escuchaba con atención y se prorrumpía en aplausos como en la ópera, en ocasiones antes de que finalizara el tema. El repertorio invitaba al recogimiento total, e incluso a purgar penas en “La canción más triste”, con un desgarro tremendo que llevó incluso a Robe a tirar el micro de una patada y evidenció una verdad incómoda en Euskadi: el encubierto gusto por el flamenquito, algo que se admitirá tan poco como votar al PP. El descanso de veinte minutos cortó el rollo de un plumazo y no le encontramos demasiada justificación, pero regresaron Robe y compañía con “Extremaydura”, usada a modo de intro para “Cartas desde Gaia”, de las pocas concesiones que hace a la banda madre en esta gira. “De manera urgente” sirvió para incrementar la intensidad y “Puta Humanidad” descolocó un tanto con ese saxo que parecía Springsteen y esa melodía tan alegre que chirría en una letra tan triste. Los contrastes, la sal de la vida.

Y esos populares versos de Manolillo Chinato que aluden al “resurgir poderoso del guerrero” precedieron a “Del tiempo perdido”, donde se observaron katxis en alto y chicas saltando y pegando gritos. Robe anunció una canción “necesaria, como necesario era el solo de bajo” antes de fundirse en esa declaración de principios llamada “Contra todos”, con frases aplaudidas a rabiar como aquella de “Del pasado nada puedo cambiar, el futuro lo estoy cambiando ya”. “…Y rozar contigo” no deja de ser un tema para enamorados, pero se antoja un ejemplo perfecto de la travesía emprendida desde lo colectivo hasta lo íntimo, desde el nosotros hasta el yo. Una voluntaria reclusión que ya se palpaba en discos de Extremoduro como ‘La ley innata’ o ‘Material defectuoso’, de este último recupera precisamente “Si te vas…”, intuimos que más por cuestión de instrumentación  o formato que por otro tipo de razón. Por su trayectoria se ha ganado ese derecho, así que chitón.

Y si en “Por encima del bien y del mal” le apetece regodearse en melodías que podrían encuadrarse dentro de la música clásica, pues tampoco cabe protestar, como hemos dicho, el respetable andaba muy educado en ese sentido, aquí no se lanzaría kalimotxo por los aires ni nada de eso. Para los bises y la apoteosis final, Robe reservó el in crescendo de “Un suspiro acompasado”, que no impidió que un madurito bailongo nos deleitara con desactualizados movimientos del pleistoceno. Simpatizamos más con la chica que levantaba el katxi a modo de ofrenda a los dioses mientras cantaba esa letra a pleno pulmón que volvió a desatar a los flamenquitos encubiertos.

Visto lo visto, quedaba demostrado que este concierto hubiera encajado mejor en algún teatro que en un recinto de las dimensiones del Bilbao Arena, donde han tocado, entre otros, Scorpions y otros artistas con producción mastodóntica. Por otra parte, era lo suyo también terminar esta gira tan especial en un recinto de alto copete y posicionarse en contra de la humanidad. Y renunciar al mundo.

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