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Crónicas

Porretas + Nalga: Y sigue ardiendo Madrid

«A pesar de las ausencias y de que algo más de cancha a su última obra se hubiera agradecido, los de Hortaleza demostraron que en las distancias cortas continúan gozando de un carisma inigualable»

13 abril 2018

Sala Azkena, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Algunos cuando quieren encontrarse a sí mismos se van a la montaña o a los bosques esperando que la pura naturaleza les aporte cierta tranquilidad de espíritu. Los nihilistas, por el contrario, hallan en unas birras y unos porros el más infalible antídoto contra las comeduras de cabeza y otros problemas que atenazan a los simples mortales. Lejos de la insustancialidad del campo y los paisajes, la jungla urbana se antoja el hábitat perfecto en el que perderse y “afeitar el cuerpo hasta desaparecer”, como diría el gran gurú fantasmagórico Pablo Und Destruktion. Por eso mismo, los bares castizos de palillos y servilletas en el suelo deberían reverenciarse como auténticos templos gastronómicos en los que no caben ofendidos ni demás especímenes contemporáneos. Rabo de toro y a cascarla. Y dentro de ese microcosmos los barrios ocuparían un lugar fundamental, especialmente en una capital como Madrid, donde para muchos de sus habitantes salir del centro y de su zona de confort equivale a una incierta travesía al fin del mundo.

Nalga

Si una banda enarbola sin complejos ese orgullo del extrarradio serían los incombustibles Porretas, a los que ni siquiera la desaparición de uno de sus fundadores ha mitigado las ganas de subirse a un escenario más de tres décadas después de que cogieran los bártulos por primera vez. Y nada mejor para demostrar que están vivos y con ganas de parranda que editar recientemente una segunda parte de su recordado disco de versiones ‘Clásicos’, centrado en esta ocasión más en la canción melódica. Uno no estaba seguro del tirón que gozarían los de Hortaleza por el norte, pero superaron con creces la prueba de fuego al lograr congregar a una decente congregación de fieles, en su mayoría veteranos, pero muy entusiastas. Nada que ver con esas despreciables viejas cotorras que acuden a los conciertos solo para figurar o pasar el rato y deleitar al resto con su insustancial cháchara. Vade retro.

Abrieron la velada los muy entretenidos Nalga, que se enorgullecen de sonar “como el culo” y están capitaneados por el ex MCD Koldo a la voz, un tipo que de verdad sabe en qué consiste eso de subirse a las tablas. Exhibieron descaro en “Corazón borracho” y en “Por cojones no” aludieron al inconsistente juez Llarena por su caza de brujas contra el independentismo. Y en “De mala hostia” el inquieto voceras bajó las escaleras para cantar a escasos metros de los presentes y pedir “Nalga vida al punk”. Enormes. Un contundente sopapo en la cara de los biempensantes.

Con los ánimos tan caldeados, la irrupción de Porretas transformó el recinto en un fiestón por todo lo alto desde el comienzo con “Hortaleza”, aunque debido a un problema técnico tuvieron que parar un rato. Una vez solucionado el inconveniente, pillaron carrerilla con “Si nos dejáis”, “Joder, qué cruz” y “Si los curas comieran chinas del río” y las gargantas se calentaron de un plumazo. De principio a fin se recitó asimismo “El abuelo”, con algún espontáneo a punto de invadir el escenario.

Y el ska se desató en “Tripis” antes de echar mano de la nostalgia en su himno “Última generación”, que contó de nuevo con un par de colgados a cada lado del escenario a modo de gárgolas. En teoría se suponía que era la gira de presentación de ‘Clásicos II’, pero el primer tema que sonó de su último lanzamiento fue el “Resistiré” del Dúo Dinámico a toda pastilla, según se puede escuchar en estudio. El recuerdo a Rober presidió “Y aún arde Madrid”, su emotivo homenaje a los Burning y a la ciudad que les vio nacer, que prácticamente enlazaron con el “Insurrección” de El Último de la Fila, con bastante más garra que la original.

Porretas

El “Ay qué agustito pa’ mis orejas” de Raimundo Amador se lo pudieron haber ahorrado, o sustituirlo por el “Libre” de Nino Bravo, “El Rompeolas” de Loquillo,  “Putney Bridge” de Ramoncín o casi cualquier otro tema de su primera parte de ‘Clásicos’. Lo cierto es que nos quedamos con ganas de escuchar en directo muchos más cortes de su material más reciente, pero con un catálogo tan plagado de himnos resultaba casi imposible hacer una mala elección en lo que respectaba al repertorio.

Sin aflojar ni por asomo, “En mi barrio” fue otra de las inevitables glorificaciones al extrarradio antes de acordarse en “Atrapa a un ladrón” de los manguis de pedigrí para los que siempre existió impunidad absoluta en este país, al igual que para los terroristas de Estado. Atropellándose unos cortes con otros, uno de los puntos álgidos de la velada estuvo en “La C.I.A.”, con serios intentos de asalto al escenario una vez más. Y no era para menos con esos punteos y esa velocidad endiablada que incitaban al descontrol.

Bastó una mención al Athletic para que se desatara el jolgorio antes de “La del fútbol”. Y “El Bode” dijo que todavía se les quedaban cosas en el tintero, pero que “aquí hay unos horarios”, por lo que se vieron obligados a despedirse. Ni siquiera había sonado “Antimilitar” y todavía faltaban unos cuantos himnos mayúsculos. Pese a que disfrutamos más de la selección natural de los conciertos en salas, deseamos por un momento que se encontraran en algunas fiestas veraniegas al aire libre.

Por suerte, hubo tiempo de regresar para unos bises, cuya elección se podría hasta intuir con “Si lo sé, me meo” y “Marihuana”, que se convirtió en un espectacular karaoke colectivo con pogos y saltos por doquier. Y en la mejor tradición ramoniana, había que poner la guinda con el ejercicio de autoafirmación y hermandad absoluta de “Porretas”, no sin cierta lástima por el hecho de que no se pudieran extender.

A pesar de las ausencias y de que algo más de cancha a su última obra se hubiera agradecido, los de Hortaleza demostraron que en las distancias cortas continúan gozando de un carisma inigualable por el que se les podría perdonar casi todo. Pasan los años, las décadas, y sigue ardiendo Madrid en la memoria. Que sea por una larga temporada.

Alfredo Villaescusa
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