Nunca conviene dar nada por sentado en el terreno de los derechos humanos y conquistas sociales porque de la misma manera que en un momento dado se avanzó como sociedad puede llegar un perturbado al poder y transformar aquel llamado país de las oportunidades en un auténtico infierno con ejecuciones sumarias, cárceles con cocodrilos para inmigrantes y un ansia desmedida por desestabilizar el equilibrio mundial en vigor desde hace décadas.
En realidad, Estados Unidos debería ser mucho más que chalados con ametralladoras tatuadas y un presidente tan peligroso como Adolf Hitler. Menos mal que tenemos en nuestro bando, en el verdadero lado correcto de la historia, a Bruce Springsteen, Tom Morello o el mismísimo Willie Nile que ocupa esta crónica, gente que nos constata que otra América es posible al margen de esa locura en la que han metido a todo el planeta estos fanáticos de los aranceles y los bombardeos ilegales que se pasan cualquier cosa por el forro.
Las visitas de Willie Nile a la capital vizcaína han sido tan frecuentes de un tiempo a esta parte que no sorprende que el neoyorquino adore tanto la ciudad. Este amigo de Springsteen, Bono y las grandes estrellas se ha trabajado el terreno a la vieja usanza, con pico y pala, tocando en cuanto tenía oportunidad, y por ello su esfuerzo se ha visto recompensado logrando una afluencia más que digna en el Kafe Antzokia un pleno domingo, lo cual ya tiene mérito.
Laura Silverstone

Abrió en esta ocasión la velada la cantautora vasca afincada en Edimburgo Laura Silverstone, que se batió el cobre sola con una acústica y piezas de corte intimista tipo “Fireworks” o “Tropical Rainy Day”, que relataban experiencias como ir a Tailandia y soportar la lluvia tres semanas seguidas. Tal vez su rollo reposado a veces se fuera un poco de las manos para los aficionados a la electricidad desbocada, pero esta suerte de nómada contemporánea poseía buena voz y por su simpatía se ganó el favor de gran parte de los asistentes. A modo de entremés, ni tan mal.
Willie Nile

Pocas cartas de recomendación existen más potentes que saber que vas a ver a uno de esos artistas infalibles en las distancias cortas, Willie Nile es uno de ellos por derecho propio. Y ojo, que no lo decimos solo nosotros, pues sus bolos son tan sonados entre los forofos del rock americano que una vez nos topamos hasta con los suecos Diamond Dogs, que andaban por la ciudad y aprovecharon para acudir a un recital suyo.
Pensar además que el tipo anda ya por las 77 primaveras contribuye a engrandecer todavía más la leyenda, al tiempo que uno se pregunta cómo su trayectoria no ha alcanzado mayor repercusión con tanto magisterio impartido sobre las tablas. Otro seguramente habría colgado los bártulos, pero este genuino rockero de los pies a la cabeza se ha mantenido imperturbable al desaliento desde finales de los setenta.

En esta gira conmemoraba los veinte años de su histórico álbum ‘Streets of New York’, pero también, como viene siendo tradicional en él, venía con disco nuevo bajo el brazo, ‘The Great Yellow Light’. Por tanto, el repertorio basculó un poco entre ambas circunstancias, la presentación de la novedad y el preceptivo homenaje, algo que se constató desde el mismo arranque con “Welcome to my Head” y “Asking Annie Out”, las dos primeras canciones de su trabajo de 2006.
Al igual que en anteriores periplos, le acompañaron como banda los asturianos Stormy Mondays, otro de esos detalles que suman puntos de cara a sus actuaciones, sobre todo por el buen hacer a las seis cuerdas del gran Jorge Otero, que nos legó varios solos magníficos a lo largo del bolo. Si a esto se le suma el ímpetu arrollador de un tipo que parece más de veinteañero que de septuagenario, poco más se puede añadir.

En “Wake Up America” aludió a la convulsa situación que se vive en su país natal y dijo que en ese sentido la mayoría estaba “durmiendo”. Y en “Wild Wild World” afirmó que únicamente bastaba con poner las noticias para darse cuenta de que vivimos en un mundo muy loco. Pero tampoco quiso que aquello se convirtiera en un monográfico sobre la actual situación política, habría también lugar para el sentimiento de hermandad y colectividad rockera en “We Are, We Are”, muy influenciada por el glam británico de los setenta.
Nos contó que su padre tenía 108 años y que se encontraba perfectamente, sin tomar ningún tipo de medicación, así que le dedicó la novedad “An Irish Goodbye”, un homenaje merecidísimo. Uno de los instantes más especiales en los shows de Nile llega cuando se sienta al piano para entonar alguno de esos cortes de poner pelos de punta, que en esta ocasión fueron la homónima “Streets of New York” y “Across the River”, procedente de su debut en solitario e inspirada por el hambre en África.

Antes de proseguir, Willie pidió cinco chupitos de whisky para acometer en condiciones el himno “Give Me Tomorrow”, que hasta presentó el título en castellano. “Children of Paradise” imprimió un ritmo antológico a la noche, al igual que “Heaven Help The Lonely”, con Nile al final poniendo poses rockeras al borde de las escaleras.
No podría faltar el magnífico homenaje al rock de “House of a Thousand Guitars”, con muchos alzando el puño cuando menciona al Boss. “Run Free” le sirve para despedirse del respetable con la multitud gritando su nombre y comprendiendo que acudir a verle es una de las mejores decisiones que uno puede tomar en la vida. Los gritos de “beste bat” animan al norteamericano a regresar a las tablas casi de inmediato, aparte de que algunos ya cantaban la melodía de la pieza que iba a tocar, “One Guitar”. Un broche inmejorable.
Un señor que sigue la estela de grandes cantautores como Bob Dylan o Bruce Springsteen debería estar en un lugar destacado de la historia de la música, aunque su condición de profeta del underground rockero no se la quita nadie. En esta época tan convulsa que nos ha tocado vivir Willie Nile encarna esa América que nos gusta, la de los artistas currantes que alzan la voz contra el poder y no se resignan a que un reyezuelo de pacotilla acabe con la libertad de expresión en un país que nació precisamente para defender ese ideal. Siempre será bienvenido en su segunda casa del norte.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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