Recrear una época determinada de la historia de la música no resulta una tarea sencilla. Si se quiere hacer con fuste, claro, y que no parezca la enésima copia cartón piedra de Black Sabbath o Led Zeppelin, por citar un par de referencias imitadas hasta la saciedad con mayor o menor fortuna. En ocasiones la devoción por un periodo concreto llega a tal punto hasta se consigue incluso reproducir el espíritu que imperaba por aquel entonces, una precisión únicamente reservada a los verdaderos artesanos del sonido.
Los británicos Uncle Acid & The Deadbeats podrían ser de estos últimos por su voluntad de clavar el contexto reinante a finales de los sesenta, ese ambiente de experimentación que inició Cream y luego daría lugar al primigenio heavy rock que los responsables de “Paranoid” y tantos otros himnos llevarían a sus más altas cotas. El halo ocultista de Coven también andaba por ahí, una faceta que explorarían los de Kevin Starrs en ‘Nell’ Ora Blu’, una suerte de banda sonora y homenaje al cine de terror italiano.
Pese que el rollo stoner suele poseer bastantes fans, lo mismo procedentes del metal que del hard rock, no estaba claro si una propuesta tan sibarita encontraría su hueco en la siempre concurrida agenda de conciertos de junio. Aunque en un principio el bilbaíno Kafe Antzokia no presentara un aspecto a reventar, al final se acabó congregando una cantidad considerable de gente para tratarse de un día entre semana, y encima peña muy motivada, lo cual constituye una auténtica alegría en tiempos con tantas distracciones a mano.
Dirty Sound Magnet
Los suizos Dirty Sound Magnet invitaron sin duda a desconectar, pero había que pillarles el punto. Un servidor no se lo halló demasiado a su peculiar mezcla de blues rock, progresivo y una pizca de stoner, pero para gustos, colores. No había un motivo particular para esto último, al igual que tampoco lo hay para los que prefieren Genesis o King Crimson a Pink Floyd. La música es así.
Lo que sí que valoramos fueron esas atmósferas eléctricas recargadas a lo Radio Moscow o algunos memorables in crescendos, como el que se marcaron en su pieza más popular, “Mr. Robert”. Dijeron que regresarían a mediados de noviembre a la capital vizcaína con un show de dos horas como cabezas de cartel. Uff, eso ya para los muy cafeteros.

Uncle Acid & The Deadbeats

Conseguir hoy en día que en un concierto apenas haya cotorras o chorras con móviles que necesitan registrar cada segundo debería ser para darse con un canto en los dientes. Supongo que aquí influye la capacidad de una banda para arrastrar a los fieles a su universo, un inframundo con pentagramas y oscuro como un tizón en el caso de Uncle Acid & The Deadbeats.
“Mt. Abraxas” sirvió de percutor para que todo el mundo se entregara a un sólido y constante movimiento de cabeza, sin tampoco romperse el cuello, pero similar a un flujo constante, cual olas chocando contra un malecón. “Waiting for Blood” guió a la mayoría en el descenso a los infiernos antes de que “Death’s Door” incitara a agitar la cabellera a los que todavía no lo estaban haciendo. Vale que quizás no se trate del movimiento más cool hoy en día, pero sigue siendo un rasgo de autenticidad para distinguir a los forofos de los aficionados de infantería que podrían estar ahí del mismo modo que en cualquier otro sitio.

Las luces rojas y penumbra del escenario, aparte de suponer un suplicio para fotógrafos, proporcionaban un aire luciferino al recital, como de la noche en la que Mefistófeles y Fausto sellaron su pacto. Había también cierta atmosfera de sacristía, pero no por el olor a incienso, sino a porro. Parece mentira que este simple gesto todavía siga perturbando a las fuerzas vivas como si estuviéramos en 1950 o 1960, pero uno es de los que opinan que cuando algo molesta, hay que hacerlo el doble.
“Don’t Let It Control You” fue una bañada, con una batería atronadora, probablemente de lo mejor del bolo. Y “Pusher Man” mantuvo la intensidad con un riff tan espeso que hasta se podría cortar con cuchillo, no menos contundente se tornó “Melody Lane”, previamente a que “Dead Eyes of London” provocara algunos contoneos por su aire a Queens of the Stone Age o Eagles of Death Metal. Esta era la única innovación que cabría esperar durante la noche.

“Slow Death” bajó de un plumazo las revoluciones, evocando el hipnotismo fantasmagórico de David Lynch, o el de su última obra cinematográfica, vaya. Una vez reposados, el personal pilló con ganas “I’ll Cut You Down”, hasta el punto de que se produjo un intento de pogo. Y los ánimos siguieron en progresión ascendente con el bis de “No Return”, donde una chica incluso se arrastró por las escaleras, quizás poseída por el espíritu de Iggy Pop. La faceta psicodélica de The Stooges era otra de las grandes referencias de la noche.
Fue un ritual pesado y oscuro, tal vez no apto para todo el mundo, pero sí para aquellos que siempre quisieron ir más allá de la superficie, hacia ese terreno sombrío donde algunas cosas carecen de explicación y se producen extrañas coincidencias. Ese lugar donde hasta un demonio se enamora, como bien nos enseñó “N.I.B.” de Black Sabbath.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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