No son pocas las bandas que conocieron la fama en un momento concreto de los ochenta o noventa, se disolvieron de la noche a la mañana, y un buen día decidieron que era hora de volver a subirse al escenario. Pese a la sinceridad de algunas propuestas, siempre conviene coger este tipo de cosas con pinzas, pues uno no sabe si se topará con un espectáculo digno o la enésima tomadura de pelo tipo The Sisters of Mercy.
En el caso de los británicos Transvision Vamp, jugaba a nuestro favor que se encontraba todavía al frente la enérgica frontwoman Wendy James, antaño sex symbol y portada de revistas, así como el bajista original Dave Parsons. La decisión de no acreditar fotógrafos hacía presagiar todo lo peor, aparte de un detalle de mal gusto hacia esa prensa musical que en el pasado encumbró a la propia James. ¿Tanto tenía que esconder?
A pesar de tratarse de unas leyendas de finales de los ochenta, la bilbaína sala Santana 27 no estaba ni mucho menos a reventar. Tal vez no se realizó la suficiente promoción por estos lares y el cartel con una foto de los tiempos de Carracuca no parecía el mejor reclamo para acudir a un bolo a priori con más interrogantes que certezas.
Transvision Vamp
A veces hay que dejarse llevar y no fiarse demasiado de las apariencias. Así sucedió con estos renovados Transvision Vamp que han conseguido reunir a una formación de lujo, con reputados miembros vinculados a Nick Cave and the Bad Seeds o Thurston Moore, entre otros. Eso sí, en directo el volumen pudo estar más alto y también se echó en falta una mayor interacción del resto de componentes con la cantante.
En cuanto a esta última, ya en el arranque con “Trash City” supimos que por lo menos la voz se conservaba en un estado bastante aceptable, con toda aquella personalidad que le llevó a despuntar en épocas pasadas. Lo de la apariencia era otro cantar, aunque hay que tener cuenta que casi ninguno teníamos las mismas pintas, ni seguramente idénticos gustos estéticos, a los veinte que a los cuarenta. La sociedad actual evidentemente tiene un problema con las personas mayores, en especial con las mujeres, a las que siempre se juzga con lupa microscópica en este aspecto. Pues no, la veteranía debería seguir siendo un grado.
La velada siguió tirando de grandes temas como la versión de Holly and the Italians “Tell That Girl to Shut Up” o el hit “I Want Your Love”, que sigue atronando como hace más de tres décadas. Imaginamos que en su época moza Wendy James se movería más, porque esta vez estuvo bastante estática, con la melena recogida en un moño y camiseta XL, una indumentaria más para bajar a comprar el pan que para subirse a un escenario, dicho sea de paso.
El repertorio resultó imbatible, con todas las canciones que uno esperaría escuchar, aparte de algún corte de la trayectoria de Wendy en solitario que no desentonaba en absoluto en el conjunto. Uno de los puntos álgidos se vivió con la acelerada “The Only One”, antes de la cual la vocalista prometió aprender más castellano en su próxima visita.
La cita se elevó todavía más con “Born to be Sold”, lema que lucía James en su larga camiseta, o “Revolution Baby”, que desempolvaba de un plumazo esos ritmos glam tan característicos de T. Rex. “Landslide of Love” era otra de las que no podía faltar en este repaso a los grandes éxitos de su trayectoria, un breve remanso romántico antes de que se elevaran los ánimos con “Baby I Don’t Care”, que seguía partiendo la pana en 2026.
Apenas habían alcanzado una hora, pero tuvieron la decencia de regresar para unos bises que contaron con la extensa “Velveteen” como cierre inapelable y un tanto frío, deberían haber recurrido a un tema más directo y no tan divagante, pero bueno. Fue mucho mejor de lo que esperábamos.
Lo cierto es que no acudimos con expectativas elevadas, la actitud habitual a la hora de afrontar el concierto de unos supervivientes de una época dorada, pero nos sorprendió el estado más que aceptable de la voz de Wendy James, así como la plena vigencia de sus himnos. Esperemos que a la próxima dejen hacer fotos a los profesionales, no había nada que esconder.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.




