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Crónica de The Secret Society en Bilbao: La banda más invisible del mundo

Deberían merecer siempre un aplauso rotundo hasta que duelan las manos los que intentan preservar su personalidad en un mundo en el que dominan las copias y los algoritmos que nos libran de esa tediosa tarea de tomar decisiones, sin saber que precisamente eso sea lo que nos sitúa en la cima de la pirámide evolutiva frente a otras especies. No hablemos ya de ese pasotismo político generalizado que ha posibilitado que los mensajes más rancios se hayan colado en el panorama con una indudable fuerza que hasta asusta a cualquiera con conciencia.

El músico y activista cultural Pepo Márquez lleva cavando una trinchera frente a la lógica del mercado desde 2002, año en el que puso en marcha su proyecto de punk emocional The Secret Society. Sin venderse ni arrugarse ante nadie, consiguieron compartir escenario con figuras tan relevantes de la escena alternativa internacional como Wilco o Low, entre muchos otros. En 2022, la cabeza pensante detrás de todo el tinglado se muda a Hamburgo y en ese nuevo campamento base continúa componiendo, grabando y produciendo sus propias canciones.

Su actual gira de trece conciertos por la península en apenas dos semanas no se trataba de un acto nostálgico, ni de ningún aniversario, sino de “una forma de insistir”, según decían de cara a este periplo. Dado el carácter antisistema de este proyecto, no teníamos claro si su bolo en el piso superior del bilbaíno Kafe Antzokia arrastraría ingentes multitudes o se tornaría más bien en un placer selecto para sibaritas.

Digamos que fue un poco una mezcla de ambas cosas, pues nos sorprendió encontrarnos con una multitud predispuesta a entonar las canciones, bailar con ellas, a pesar de que no sean lo más adecuado para esos menesteres, e incluso efectuar sugerencias, lo cual ya podría dar buena cuenta de la extraordinaria implicación del respetable. Algún cotorreo se escuchaba en ocasiones por el fondo, pero corramos un tupido velo.

Para apreciar en su justa medida a The Secret Society convenía echar el freno, al ritmo vertiginoso que domina nuestra cotidianeidad y a la vida en general. Prepararse para escuchar, algo que en realidad ya no hace casi nadie, así como observar, otra costumbre bastante en desuso desde que las calles fueran invadidas por zombis alelados pegados a pantallas. En suma, ahí se intentaba crear un tipo de conexión, ya fuera espiritual, musical, personal o varias a la vez.

Con una formación básica compuesta por bajista, teclista y Pepo a la guitarra y voz fueron desgranando esos cortes que funcionan a modo de munición, sobre todo los de su último EP ‘Contra toda autoridad’. De primeras agarraron tierra firme con “Si pudiste con tanto dolor, podrás con esto”, toda una declaración de intenciones desde el mismo título, antes de asegurar la fortaleza con “La distancia más corta entre dos puntos es el medio”, pero con un nuevo enfoque, el que aparece en su trabajo más reciente.

Se definieron como “la banda más invisible del mundo” y Pepo habló de la importancia de compartir espacios comunes para aquellos apátridas que no pertenecían a ningún lugar, sino a todos a la vez. Hubo también hueco para la ironía como cuando evocó la época en la que “a los flipados de Madrid nos dio por cantar en inglés”. Menos mal que más tarde regresó el sentido común.

“Contra toda autoridad”, la canción que daba nombre a su último EP, funcionó con soltura en las distancias cortas, hasta el punto de que incluso a unas gemelas les dio por bailar. Pepo no pasó la oportunidad de agradecer al equipo técnico del Antzoki por haber solucionado un problema que “podría haber supuesto la suspensión del concierto en cualquier otra sala”, por lo que eso dotó de un carácter todavía más especial a la velada.

“Seguramente habréis pagado la entrada por esta canción”, anunció Pepo antes de “Parte de guerra”, otra delicia con letra para tatuársela por lo menos en la que cobra por completo sentido esa etiqueta de “punk emocional” con la que suelen definir su música. Pero este concierto también se distinguía por hacer presentación del disco ‘Canciones de amor y rabia’ antes de que saliera, pues estaba previsto que viera la luz antes del verano, por lo que algún avance cayó por ahí.

Recuperaron la versión de Low “Sunflowers”, incluida en el EP ‘Contra toda autoridad’, y Pepo aseguró que era la canción con la que solía dormir a su hija. La interpretación fue tan sentida que una chica exclamó: “¡Qué bonito!”. El líder tiró de malditismo y contestó: “No somos un grupo para pasárselo bomba, lo sé”. En esa senda con emociones a flor de piel continuaron con “Yo merezco”, sobre vivir sin rencor, una quimera para muchos, pero que se podía alcanzar, según explicó el cantante y guitarrista.

En un bolo tan a ras de suelo podrían realizarse peticiones, como “Microdrama moderno y urbano”, a lo que Pepo respondió: “¡Esa me gusta!”, y hasta se animó a cantar la primera estrofa, antes de desecharla por respeto al bajista alemán, que no se la había preparado. Se despidieron con “Las pistas falsas conducen al desamor”, que fue cantada y bailada como si se tratara de un auténtico fenómeno de moda, lo que había que ver.

Su desmedido amor al háztelo tú mismo punk encaja con su autodefinición de “la banda más invisible del mundo”, pero lo que no cabía negar era su rotunda capacidad para transmitir sensaciones y obligar a la gente a detener la implacable rueda de hámster por unos momentos. Admiremos la música en su verdadero esplendor, sin expectativas ni imposiciones comerciales, con el corazón desnudo. Ahí encontraremos a Pepo y compañía.

Alfredo Villaescusa

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