Hay artistas que encuentran un lugar que les apasiona y no es extraño que sus giras por ese país sean tan frecuentes que ya se percibe al artista como a uno de la casa, un compatriota más al que apoyar cuando recale por las inmediaciones. Suele tratarse de una conexión que va más allá de lo meramente económico, una especie de simbiosis de espíritu que no se compra con dinero, sino que depende de una riqueza interior al margen de modas y vaivenes del momento.
Tal es el caso del hipervitalista Mike Farris, que se habrá pasado incontables veces por el País Vasco en solitario, con gran éxito de convocatoria y hasta participando en el legendario Azkena Rock Festival. De un tiempo a esta parte, ha desempolvado a los míticos The Screamin’ Cheetah Wheelies, que ya abarrotaron la sala BBK hace tres años, un espectacular gesto que volvería a repetir en 2026, certificando que su tirón no se ha resentido lo más mínimo.
La verdad es que cualquiera que haya visto a este señor en directo lo entiende perfectamente, pues no nos alcanza a recordar algún bolo suyo malo, o por lo menos mediocre. Siempre a un nivel encomiable, es una garantía muy solvente de que uno no abandonará el recinto con la más mínima sombra de duda o decepción.
Con estos antecedentes en cuenta, la céntrica sala bilbaína parecía el lugar apropiado para celebrar los 30 años del álbum ‘Magnolia’. Se había anunciado además un doble set compuesto por el citado disco en su integridad más otros clásicos de la trayectoria de los norteamericanos. Un menú completo para aficionados al blues o rock sureño muy condimentado, pero sin perder la esencia.
The Screamin’ Cheetah Wheelies
Conocidas las intenciones de The Screamin’ Cheetah Wheelies, el comienzo no albergaba demasiado margen para la sorpresa con “Backwoods Travelin’”, con un Mike Farris pletórico desde el primer momento, aunque hay que precisar que se mantuvo en ese nivel a lo largo del recital, confirmando que estábamos ante uno de los grandes vocalistas en su estilo.
“Hello From Venus” constituyó uno de los puntos álgidos del concierto a nivel de entusiasmo, como era de esperar, pero tampoco desmereció en absoluto “I Found Love” o ese “Magnolia” que también fue uno de los colofones, con Farris saltando y recorriéndose de punta a punta el escenario. Incluso bordaron piezas de carácter más reposado, como “You Are”, donde el vocalista certificó su profundo manejo del tiempo y la intensidad.
Lejos de permanecer en una torre de marfil inexpugnable, el frontman se fue acercando cada vez más al respetable, lo que sin duda posibilitó que el personal le aclamara como a uno de los suyos. El repaso a su obra mítica había concluido con los inevitables picos de emoción, que obviamente serán diferentes dependiendo de los gustos de cada cual.
Pensábamos que habría algún descanso entre medias, pero no fue el caso, puesto que Farris y compañía enlazaron la segunda parte con “Halcyon Days”, de su disco ‘Big Wheels’ de 1998, un trabajo del que también recuperaron “Boogie King” cerca del final. Hubo incluso espacio para homenajes al intercalar en una de las piezas el “Little Queenie” del maestro Chuck Berry, todo un tributo al rock n’ roll primigenio.
Los alardes vocales de Farris eran celebrados con salvas de aplausos y las palmas espontáneas que surgieron para acompañar las canciones desde luego que no tenían nada de verbenero. Era como una eucaristía, o más bien una iglesia góspel, al servicio de este predicador moderno que no pretendía convertir a nadie, sino propiciar la propia salvación en ese templo al margen de modas absurdas.
Si el comienzo ya nos advirtió que lo que presenciaríamos aquella noche sería un espectáculo de categoría, tampoco desmereció el broche tras unas dos horas con “Shakin’ The Blues”, donde Farris recordó las sensaciones vividas en su actual gira peninsular, así como lo mucho que le gustaba volver al País Vasco. De hecho, pudimos ver por redes sociales que una vez terminado el periplo optó por regresar a la capital vizcaína para tomarse un día libre antes de subirse a un avión rumbo a Oslo.
La guinda inapelable llegó con “Ride the Tide”, con esos contagiosos coros que recordaban al “Sympathy for the Devil” de The Rolling Stones y que pusieron a toda la sala a aullar como si les fuera la vida en ello. Con un colofón semejante no se antojaba probable que regresaran para unos bises, pero tampoco era cuestión de quejarse tras una suerte de concierto doble.
Tal vez ‘Magnolia’ no se trate de uno de esos trabajos que uno siempre tenga en mente a la hora de acordarse de grandes discos de la historia del rock, pero sin duda en su época ayudaría a muchos a transitar esa especie de páramo para los sonidos tradicionales que fueron los noventa. Era un aniversario de culto.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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