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Crónica de The Scaners en Bilbao: Abducción o muerte

Uno de los grandes indicativos para distinguir a un grupo especial del resto del montón es sin duda el detalle de que dispongan de una estética determinada. El ejemplo más exagerado de esto último estaría en la colosal parafernalia de Kiss en su época con maquillaje, pero también podríamos meter en este saco las eternas chupas de cuero y pantalones raídos de Ramones, que muchas veces ejercían como una especie de uniforme para dotar de homogeneidad a la banda. Crear cierta personalidad, en definitiva.

Los franceses The Scaners deberían ingresar por derecho propio en tan insigne club, pues sus cazadoras blancas con parches indican que se toman en serio lo de subirse a un escenario y las gafas de aire circense a lo Toy Dolls de su vocalista les encuadran indefectiblemente en el universo del punk. Su uso del sintetizador o de ese curioso artilugio llamado theremín podría llevar a engaño respecto a su filiación musical, aunque en realidad sus postulados reproduzcan al milímetro el espíritu de la primera oleada del 77.

La península no resultaba tierra extraña para estos oriundos de Lyon, ya se la han pateado varias veces en extensas giras, como su incursión más reciente, que acumula hasta diez fechas. Casi parecía una ironía del destino que en Bilbao recalaran precisamente en la Nave 9, el lugar perfecto para una banda tan sideral.

Los fieles no faltaron a la cita y demostraron que su mensaje cada vez posee más adeptos por estos lares, algo seguramente por el boca a boca y por el arma más infalible que tienen en estos momentos, un directo apabullante de los que dejan con el culo torcido. Un visto y no visto ideal para descargar la tensión acumulada a lo largo de la semana y recordar lo que mola un concierto al grano, sin zarandajas de ningún tipo ni excesivas palmas de poperos.

Un bolo de The Scaners podría asemejarse en cierta manera a un viaje a la velocidad de la luz, si parpadeas, fijo que ya te has perdido un tema. Por este motivo casi ni fueron sentidas las tres primeras piezas, “The Dries”, “Brutal City” y “X Ray Glasses: On!”. A partir de “No Return”, la cosa se empezó a animar, y no habría vuelta atrás, como pronosticaba precisamente dicho tema.

Respecto a la última vez que vimos a nuestros “marcianos favoritos”, como se definieron al comienzo de la velada, habían incorporado a una nueva guitarrista que insuflaba todavía más vida a la banda por sus enérgicas poses. Y tampoco debería caer en saco roto la labor del batería, con una pegada digna de Marky Ramone y uno de los responsables del espectacular ímpetu que alcanzan en las distancias cortas. De hecho, hasta había “one, two, three, four”, en consonancia con el evangelio de los de Forest Hills.

“Zero Gravity” remitía a la herencia de Devo, otra de las influencias importantes de la banda, pero no había que llamarse a engaños, esto era punk del 77 en esencia y ahí lo constataba el poco más de un minuto a toda pastilla de “Satellite Rain” o la no menos espídica “We Want to Talk to Your Leader”, de su imprescindible debut. Cualquiera les tose en su género.

“Kommunication” les sirvió para juguetear con el theramín, pero esa es la única licencia que se permiten en un show incesante en el que se atropellan unas canciones con otras y apenas hay esos discursitos innecesarios que no interesan a nadie. El que esperara brasas inmisericordes, se había confundido de sitio.

Aguantar a semejante tralla durante mucho tiempo se antojaba complicado, por lo que empezaron a dosificar el combustible a partir de “Abduction”, otro misil que surcaba el aire en poco más de un minuto. Y sin darnos tiempo para recuperar fuerzas “Spacecraft” iba del mismo modo a idéntica velocidad de crucero que desafiaba todo lo que habíamos contemplado en la mayoría de conciertos.

Un breve parón para repostar y de nuevo pillaron los mandos para rematar la sesión con “No Place In Space”, con poso industrial a lo Aviador Dro, pero muy pasados de vueltas, eso sí. “Mars Attack” incrementó la intensidad antes de que se despidieran definitivamente con “Levitation Train 2077”, un proyectil sonoro de considerable magnitud. Que nos quiten lo bailao, que decía aquel.

Quizás los más sibaritas pudieron quejarse de que habían estado poco tiempo en el escenario, aunque convendría precisar la prodigiosa hazaña que implica aguantar a un ritmo tan endiablado, sin recurrir a sucias tácticas de jetas para comerse tiempo. La incursión en el espacio exterior se había tornado muy satisfactoria, cada vez más vida inteligente acudía a la llamada y se sumaba al culto que proclamaban estos franceses. Los revolucionarios del futuro solo tienen un pensamiento en la cabeza: Abducción o muerte.

Alfredo Villaescusa

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