Los que hemos nacido a finales de los noventa estamos, como predicaba La Frontera, en "el límite del bien y del mal". Aún pudimos saborear los últimos ecos de las grandes leyendas del rock, aunque ya no como antaño, cuando aquellas agujas exhalaban melodías subversivas mientras recorrían sus surcos. The Black Keys es una de esas bandas que mantienen intacta la esencia anacrónica —en el mejor sentido de la palabra— de aquellas formaciones que conquistaron nuestros oídos.
En mi caso, llegaron a mí cuando aún era un niño, a través del tráiler de "Memorias de un zombie adolescente" (2013). Allí sonaba su inconfundible "Lonely Boy", uno de los grandes éxitos de 'El Camino' (2011), el aplaudido álbum que los consagró. Ahora, quién lo diría, un buen puñado de años después, me hallo a las puertas del Movistar Arena (Madrid) para cubrir el concierto de la agrupación de garage rock.
Al acceder al recinto sonaba “You’ll Never Do It Baby” de The Pretty Things, mientras los técnicos acicalaban la batería de Patrick Carney, a la par que otros afinaban el arsenal de guitarras de Dan Auerbach. El aura vintage ya se saboreaba antes de que el dúo subiera al escenario, con una selección de canciones que desembocó en “Harlem Shuffle” de Bob & Earl. Al ritmo de los acordes de esta pieza, The Black Keys se presentaron ante su público del Movistar Arena entre vítores, gritos y aplausos. A los pocos segundos comenzaron a sonar las primeras notas de “I Got Mine”, con un riff de lo más rockero que es una auténtica delicia para aquellos más afines a la etapa más cruda del grupo.
Llamaba poderosamente la atención el atuendo de Auerbach, que se aventuró a vestir una camiseta de la selección española que se abría paso entre la estética setentera que siempre ha caracterizado al proyecto. El arranque seguía pisando fuerte con una reconocible línea de bajo que dio la bienvenida a “Fever”, canción de sonido fresco gracias a sus marcados sintetizadores, de los que prescindieron en esta versión en directo.
Uno de los grandes momentos, en los que quienes estábamos en la grada no pudimos evitar la tentación de levantarnos, llegó con “Gold on the Ceiling”. Dan Auerbach empuñó una colosal Gibson SG Custom, jugueteando con un slide hasta ejecutar los acordes de su reconocible introducción, mientras el público coreaba la melodía con la que el teclado arropa a las seis cuerdas.
Carney derrochó toda la contundencia de sus baquetas en “Howlin' for You”, otro de los cortes imprescindibles de The Black Keys. Sin embargo, parece que no se enfrentó a su mejor noche, ya que aparentemente el batería perdió el tempo en alguna que otra canción. Esto no eclipsó un gran espectáculo que continuó con la pegadiza “Wild Child”, de su disco de 2022, ‘Dropout Boogie’. La atmósfera mutó por completo con “Weight of Love”, una auténtica travesía sonora de casi siete minutos de duración. Su connotación experimental permitió que cada músico se luciera por completo con su respectivo instrumento, generando un aura mágica.
Más allá de deleitar a su público con sus grandes clásicos, hubo tiempo para interpretar canciones inmortalizadas por otros artistas. Fue el caso de “Where There's Smoke, There's Fire”, tema original de Willie Griffin que The Black Keys versionaron en ‘Peaches!’ (2026), su último trabajo. Pero, sin duda, el tema que no figura bajo la pluma de Auerbach y que más sorpresa generó fue “I Wanna Be Your Dog”, clásico inmortal de The Stooges.
Tras abandonar momentáneamente el escenario y ser reclamados por su audiencia, regresaron con todas sus fuerzas ofreciendo un bis grandioso. “Little Black Submarines” firmó uno de esos instantes en los que se paró el tiempo, erizando la piel gracias a la quebrada voz de Auerbach, respaldada por su guitarra acústica. Poco después entraron el resto de instrumentos, provocando una inevitable oleada de saltos y gritos en la pista del Movistar Arena. Como no podía ser de otra forma, el broche de oro llegó con su gran clásico, el mencionado “Lonely Boy”, que, a pesar del paso de los años, mantiene su frescura dentro de su registro “retro”.
Con su estética setentera y un repertorio que rescata algunas de las piezas más trascendentales de su discografía, The Black Keys nos ofrecieron un auténtico banquete sonoro con el dulce néctar del garage rock como plato principal. La banda de Akron (Ohio) recordó aquellos matices que un día nos hicieron enamorarnos del rock and roll durante sus décadas doradas. Pero, lejos de ser un ejercicio de nostalgia, Dan Auerbach y Patrick Carney demostraron que las canciones que desprenden efluvios del pasado aún pueden resultar refrescantes y que, sin duda, tienen mucho más que contar.
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